Portadora de las llamas del origen

Capítulo 3 - La mirada del desconocido

Desde su asiento, Anna no dejaba de observarla. Apoyaba la barbilla sobre las manos, sonriendo con esa expresión suya, como si supiera algo que Mar aún no había descubierto. Cada vez que se acercaba, su mirada se volvía más insistente, como si pretendiera atravesar su fachada con una sola ojeada. Mar comenzaba a sentirse nerviosa.

Anna se sentó a su lado sin decir una sola palabra. Sacó sus cosas con la misma tranquilidad de siempre y las colocó sobre el pupitre, como si nada en el mundo tuviera prisa. Entre ellas se tendió una tensión silenciosa, difícil de interpretar. Mar intentó concentrarse en clase, pero su mente no dejaba de repasar la forma en que Lucas la había mirado aquella mañana.

Durante toda la jornada, él no participó. Mantenía la mirada al frente y respondía a los demás con frases breves, medidas, como si cada palabra estuviera calculada. Nunca iniciaba una conversación. Aunque su actitud parecía tranquila, algo en ella despertaba una alerta sutil, constante.

Mar no lograba comprender por qué esa mirada suya le había dejado una marca tan profunda. Sus ojos —verdes como un bosque antiguo y húmedo— no parecían simplemente mirar: parecían descomponerla, descifrarla, leerla sin permiso. Aquella intensidad era desconcertante. Una parte de ella sentía una atracción inevitable, como si su cuerpo reaccionara antes que su mente. Pero otra, más racional, más atenta, le advertía que algo oscuro se escondía en él. Algo que aún no podía comprender.

Cuando sonó el timbre, exhaló con alivio. Siete horas de clase le habían parecido una eternidad. Anna se le acercó con su sonrisa traviesa de siempre.

—¿Y bien? ¿Has hablado con él? —inquirió, sabiendo perfectamente la respuesta.

—¿Estás de broma? Apenas se relaciona. Y… me impone.

—El más guapo siempre carga con un aura de misterio —dijo Anna, riendo con complicidad.

Recogieron sus cosas y salieron del aula. Apenas abrieron la puerta, un chico rubio apareció de golpe frente a ellas.

—¡Ey, perdón! No era mi intención asustarte… —se excusó con una sonrisa encantadora, llevándose una mano a la nuca.

Mar se quedó en silencio. Sus ojos azules, brillantes como el mar iluminado por el sol, la atraparon sin esfuerzo. Irradiaba una calidez tan palpable que por un momento olvidó dónde estaba.

—¡Estoy aquí! —la voz de Lucas interrumpió el instante. Su tono era relajado, pero la expresión seguía siendo ilegible—. ¿No puedes esperar ni cinco minutos?

Ella volvió a mirarlo. Y ahí estaba otra vez. Esa sensación que la inmovilizaba. Esa mirada que amenazaba con arrastrarla a lo más profundo de sí misma.

—¡Entonces ya está! ¡Gracias, Mar! —dijo el rubio, guiñándole un ojo con descarada naturalidad.

Lucas lo golpeó en el hombro.

—Idiota. ¿Qué dijimos?

Ambos se alejaron unos pasos, hablando en voz baja. Mar no alcanzaba a oír lo que decían, pero sabía que hablaban de ella.

Anna la observó con los ojos muy abiertos.

—¡Dios! ¿Tú lo has visto? Esa mirada, ese chico... Es la primera vez que se nos dirige. No me digas que no te ha descolocado.

Mar no respondió. La misma pregunta zumbaba en su cabeza como un eco persistente: ¿Cómo sabía mi nombre?

—¿Y si pasamos la tarde juntas? —propuso Anna, aún embelesada—. Me vendría bien desconectar.

Asintió. Ella también lo necesitaba.

—Podríamos ir al nuevo centro comercial, el de la calle principal —sugirió Mar.

Anna chasqueó los dedos.

—¡Perfecto! Comida, tiendas y chismes.

Mar avisó a sus padres por mensaje, explicando que no volvería a comer. Minutos después, ya estaban subidas en la moto.

El centro comercial era inmenso. Cuatro plantas conectadas por pasillos abiertos, decoradas con luces suaves y faroles de cristal que colgaban entre plantas trepadoras. Una fuente central cambiaba de color al ritmo de la música ambiental. El lugar desprendía una energía vibrante, casi mágica.

Anna caminaba a su lado, entusiasmada.

—¡Es gigante! —exclamó, tomándole la mano.

Pidieron algo de comida rápida y salieron a los jardines exteriores. Se sentaron bajo un árbol, riendo de cualquier tontería. El aire era fresco, pero el sol todavía templaba la piel. El entorno se sentía como un jardín botánico secreto: senderos de piedra, bancos de madera y flores que desafiaban la estación con sus colores vivos.

Mar se recostó en el césped y sacó su cuaderno.

—Siempre me sorprende el nivel de detalle de tus dibujos —comentó Anna—. ¿Qué es esto?

—El sueño que te conté. La tercera noche seguida… Pensé que si lo dibujaba, podría entenderlo mejor.

Anna lo hojeó con atención.

—¿Te resulta familiar? ¿La cabaña, el entorno?

Mar negó con la cabeza.

—Nada. Pero siento que no es solo un sueño. Es... distinto.

Anna cerró el cuaderno con cuidado.

—Puede que no sea casualidad. Pero está claro que algo quiere decirte. Vamos a distraernos, anda. ¡Hora de compras!



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En el texto hay: magia, enemytolovers, romantasy

Editado: 18.07.2026

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