Mar se despertó con la sensación de no haber descansado en absoluto. El recuerdo de la noche anterior no había desaparecido con el sueño. Seguía ahí, adherido a su piel como una segunda capa, como si el fuego que había visto no se hubiera apagado del todo, sino que hubiera aprendido a esconderse. Durante unos segundos permaneció inmóvil, observando su mano. Nada, ni rastro de la llama Y, sin embargo, la sentía.
Se incorporó con lentitud, obligándose a apartar la idea antes de que tomara forma de nuevo. Anna no podía recogerla aquel día, así que la noche anterior se había obligado a poner la alarma. No podía permitirse llegar tarde: no tenía vehículo, y el camino desde su piso hasta la escuela era largo. Se vistió con rapidez. Eligió un top negro, pantalón verde militar y botas del mismo estilo. Dejó su cabello suelto, permitiendo que sus ondas se movieran libres con cada paso. Coincidió con Aaron en la entrada del edificio; parecía tener la misma rutina que ella. Le saludó con un gesto y salió al frío de la mañana.
Se colocó los auriculares, encendió su iPod y emprendió el trayecto habitual, atravesando las calles hasta llegar a la avenida principal.
Entonces ocurrió.
Un escalofrío le recorrió la columna. El aire se volvió denso, inmóvil. El mundo a su alrededor pareció detenerse. Las aceras, los árboles, los escaparates: todo fue devorado por una llamarada invisible. Parpadeó. Estaba de pie en un campo, descalza, con la nieve cayendo, cubierta de ceniza. Una casa ardía no muy lejos. Los gritos de una niña desgarraban el aire. El viento avivaba las llamas como si quisiera alimentarlas.
No era un sueño. Lo supo en lo más profundo de sus huesos. Aquello ya lo había vivido. No una, sino muchas veces.
—¡Espabila o morirás!
La voz la golpeó como un trueno familiar y, acto seguido, algo la empujó con fuerza en la espalda. Cayó hacia adelante. Volvió a parpadear y, como si el mundo se reordenara a su alrededor, la ciudad regresó. El semáforo, los coches, el murmullo lejano de los transeúntes.
Y justo entonces, un coche se abalanzó hacia ella.
El claxon sonó con furia. Mar saltó al otro lado de la calle, jadeando. Las manos le temblaban. El corazón latía desbocado, aún atado a las llamas que había sentido segundos antes.
Se giró. Una figura cruzaba la calle en dirección opuesta. No era humana. Su silueta era la de un lobo enorme, cubierto de sombras densas, con ojos que centelleaban como brasas en la penumbra. Se deslizaba entre los coches con una elegancia sobrenatural. Su cuerpo no proyectaba sombra, ni hacía ruido al pisar.
Se quedó paralizada.
¿Había estado ahí todo el tiempo?
No podía explicarlo, pero una parte de ella lo reconocía. No por el aspecto, sino por la sensación que le dejó al pasar: una mezcla de protección, fuerza y algo antiguo, ancestral. Como si ese ser hubiese estado vigilándola desde siempre.
Miró en todas direcciones. Todo había vuelto a la normalidad. Demasiado rápido.
Respiró hondo. Algo dentro de ella le pedía atención. No debía ignorarlo, esta vez, no.
Finalmente llegó al instituto, sumida en sus pensamientos. En la entrada, Lucas y Unai estaban apoyados en la reja de la puerta principal. Sus miradas se cruzaron.
—No dejes que las llamas te alcancen —dijo una voz conocida, rompiendo su pensamiento.
Mar se giró, buscando el origen. ¿Unai? Levantó la vista, asustada y curiosa a la vez. Sus ojos, azules como el mar, la observaban, intensos y por un instante, cargados de temor.
—¡Buenos días, Mar! ¿Cómo estás? —Su voz recuperó la calidez habitual, y su sonrisa borró cualquier rastro de tensión. Pero algo en ella no olvidaba lo que había escuchado.
—¿Llamas? —preguntó, incapaz de contener su duda.
Unai levantó una ceja, miró a Lucas y no respondió. La campana del instituto sonó justo a tiempo para interrumpir el momento.
—Vamos, llegaremos tarde —dijo, avanzando rápidamente, como si nada hubiera pasado.
Lucas le dio un leve toque en la espalda.
—Vamos —añadió, caminando junto a ella hacia el aula.
Cuando llegaron, Anna miraba por la ventana. Al escuchar la puerta, se giró y levantó la mano para saludar con su energía de siempre.
—¡Buenos días! —exclamó, agitando los brazos con entusiasmo. Al ver que Mar entraba con Lucas, su sonrisa se ensanchó hasta los extremos.
Durante toda la mañana, Anna intentó sonsacarle el motivo por el cual habían entrado juntos. Mar le repitió, una y otra vez, que había sido casualidad, aunque ella misma empezaba a dudarlo.
Lucas no parecía interesado en socializar, pero algo dentro de Mar le decía que debía hablar con él. Como si su silencio ocultara respuestas que ni siquiera él entendía del todo.
—Recuerda que mañana es la pijamada —le dijo Anna, volviendo a su entusiasmo habitual—. No hay escapatoria. Mascarillas, peli de terror y palomitas quemadas.
—Por supuesto —le guiñó un ojo.
—¿No te apetece hacer algo más? ¿Una salida, una mini celebración? —preguntó con esperanza.
Mar negó con la cabeza.