Portadora de las llamas del origen

Capítulo 7 - Lluvia de estrellas

Esa noche, Mar había hablado con una voz suave, casi reverente, como si compartiera un secreto que no se debía romper con palabras vacías.

—Esta noche hay lluvia de estrellas —dijo, sin esperar una reacción efusiva. Aún recordaba aquella noticia fugaz en la radio, lanzada con indiferencia por el locutor, pero para ella había sido como una señal. Algo en su interior le había susurrado que esa noche no sería como las demás.

—¿Subimos a la azotea? —añadió, y una sonrisa, limpia y sincera, le brotó sin pedir permiso.

Anna sostuvo su mirada unos segundos antes de asentir. Ese gesto fue suficiente. Lucas y Unai, tras cruzar una breve mirada entre ellos, los siguieron sin decir nada. Había en el aire una quietud extraña, como si el mundo contuviera el aliento.

Subieron los escalones en silencio. Cada pisada resonaba suavemente en la escalera de piedra. Al abrir la puerta del último piso, una bocanada de humedad nocturna los envolvió. El cielo se alzaba sobre ellos, despejado y vasto, salpicado de estrellas que palpitaban como si escucharan. El viento del norte barría las últimas nubes, dejando al desnudo el firmamento.

Se apoyaron en el muro que bordeaba la azotea, contemplando en silencio la ciudad que yacía a sus pies. Solo el rumor lejano del tráfico recordaba que el tiempo seguía su curso. Entonces, una estrella cruzó el cielo: veloz, brillante, efímera.

—¿Pedimos un deseo? —susurró Anna, entrelazando sus dedos con los de Mar. Sus ojos brillaban con esa luz infantil que rara vez mostraba. Mar la miró, sintiendo que el universo dependía de ese instante.

Asintió. Cerraron los ojos al unísono.

Y Mar pidió. No amor. No éxito. No certezas. Pidió fuego. Pidió vértigo. Pidió una vida que la quemara por dentro.

Cuando abrió los ojos, la estrella ya se había desvanecido, pero el deseo ardía aún en su pecho como una chispa recién nacida.

Ninguna habló. Cada una estaba envuelta en su propio hechizo. Entonces Lucas, con pasos algo torpes, rompió el silencio. Se acercó a Mar con una pequeña bolsa de papel en las manos. No la miró directamente; su gesto era tenso, casi inseguro.

—Felicidades —murmuró, apenas audible.

—¿Qué es...? —preguntó Mar, alzando la vista, pero él no respondió. Solo le tendió la bolsa, con la mirada fija en el suelo.

Ella la tomó y, con delicadeza, deslizó el papel. Un leve suspiro escapó de sus labios.

Era el top. El mismo que había estropeado semanas atrás. Nuevo, perfectamente doblado, envuelto en papel de seda blanco. La emoción la sorprendió de forma inesperada.

—¡Anna! —la llamó, sin poder evitarlo, y le mostró el regalo.

Anna soltó una risa cómplice.

—Ese top te quedaba de muerte —comentó, descarada, sin importarle que Lucas estuviera a menos de un metro.

Mar volvió la mirada hacia él. Lucas aún fingía observar el cielo, pero el rubor en sus mejillas lo delataba. Sonrió, sin poder evitarlo. Algo dentro de ella se agitó, cálido y desconocido.

—Gracias, Lucas —dijo, con una sinceridad que la desarmó incluso a ella misma.

Unai, que hasta entonces se había mantenido al margen, giró hacia ella con su sonrisa fácil.

—¿Y qué pediste? —preguntó.

—Si lo digo, no se cumple —respondió Mar, guardando el secreto como si fuera un talismán.

A lo lejos, el campanario rompió el silencio con sus campanadas. Dos de la madrugada. ¿Cómo podía haberse desvanecido el tiempo tan deprisa?

—El tiempo no existe cuando estás con quien debes estar —musitó Anna, como si le hubiera leído el pensamiento. En su voz había dulzura, pero también una pizca de melancolía.

De pronto, se puso en pie.

—Dadme un segundo —pidió, con una chispa traviesa en los ojos.

—¿Dónde vas? —preguntó Mar, pero Anna ya había cruzado la puerta.

La brisa nocturna acariciaba la piel con suavidad. Mar respiró hondo. Todo parecía en calma. O casi todo. Porque en su pecho, esa chispa seguía danzando.

Minutos después, la puerta volvió a abrirse. Anna regresó con una tarta entre las manos. Dos velas con forma de número uno y seis brillaban como centinelas diminutos en la oscuridad.

—Cumpleaños feliz... —empezó a cantar, desentonando a propósito.

Unai se unió y deshizo aún más la melodía. Mar rió, avergonzada y emocionada.

Se acercó, sopló las velas con una sonrisa amplia…

Y en ese mismo instante, la ciudad entera se apagó.

Un segundo después, una explosión quebró la noche.

Y con ella, la realidad.



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En el texto hay: magia, enemytolovers, romantasy

Editado: 18.07.2026

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