El apagón fue absoluto. Como si el mundo, de pronto, hubiese contenido el aliento.
Un segundo después, el cielo rugió.
Una explosión desgarró la noche. A lo lejos, una columna de fuego se alzó con furia, devorando el horizonte. El suelo tembló bajo sus pies, y una onda de calor los alcanzó como el eco de una guerra ancestral. El firmamento, apenas instantes antes salpicados de estrellas, se transformó en un lienzo de humo y ceniza.
El silencio cayó como una losa. Estáticos. Atemorizados. Ninguno de ellos sabía si seguía respirando.
—¡Mar! ¡Anna! ¡A casa, ya! —gritó Unai, con una voz desconocida, más firme, más autoritaria… más letal.
—¡Lucas, acompáñalas! ¡Nos vemos donde siempre!
No hubo vacilación. Con una agilidad imposible, Unai se impulsó por la barandilla y desapareció en la oscuridad como si fuera parte de ella.
Lucas no dijo nada. Solo empujó a las chicas con urgencia hacia las escaleras. Su rostro era una máscara de tensión.
—¿Qué está pasando? ¿Qué tiene que ver Unai con todo esto? —gritó Mar, el pulso desbocado.
No obtuvo respuesta. Solo el peso de un silencio más denso que la explosión.
En cuestión de minutos estaban de vuelta en el piso. Lucas las introdujo dentro y cerró la puerta con un portazo seco.
—No os mováis de aquí —ordenó. Y se fue.
Se quedaron inmóviles. Todo parecía irreal, como si hubieran atravesado un velo invisible. Anna, intentando encontrar un asidero, encendió el televisor. Las noticias parpadeaban en la pantalla:
Explosión en el distrito 15. Se sospecha una fuga de gas masiva. Se desconoce la fuente. Las autoridades investigan.
Se miraron. Los labios entreabiertos. El corazón, aún atrapado en un puño invisible.
—Eso ha sido... junto al instituto —murmuró Anna.
—¿Tú crees que… ellos…? —preguntó Mar, con voz hueca.
Anna se encogió de hombros, pero Mar lo sabía. No sabía cómo explicarlo, pero sentía que Unai escondía algo, Lucas igual. Algo dentro de ella lo había sabido desde el primer día.
Anna se levantó de golpe. Su mirada brillaba con una resolución afilada.
—¡Me importa un carajo lo que haya dicho ese tipo! ¡Vamos tras ellos!
Se dirigió al perchero y sacó su chaqueta de motorista, lanzándole a Mar uno de los cascos.
—¿Estás mal de la cabeza? ¡Nos ordenaron quedarnos aquí!
—¿Y desde cuándo obedezco órdenes? —replicó, con una sonrisa desafiante.
Mar tragó saliva. Respiró hondo. Algo la empujaba a seguirla. Tomó su mochila y, sin pensarlo demasiado, metió dentro una linterna, un spray de pimienta y una navaja afilada.
—Mar, ves demasiadas películas —bromeó Anna entre risas.
—Y tú naciste para desafiarlas todas —le respondió.
El portal estaba envuelto en penumbra. La bombilla de siempre seguía fundida. Afuera, el cielo ennegrecido lloraba ceniza, las estrellas habían desaparecido.
El rugido de la moto de Anna desgarró la madrugada. Eran las cuatro. Ningún otro motor cruzaba la ciudad. Solo ellas... y las ruinas de lo que una vez fue.
—Conozco un atajo. Si vamos por las calles principales, la policía nos detendrá —gritó Anna, sobre el rugido del viento.
Mar asintió, aferrándose a su cintura. Anna aceleró, y la moto se volvió un rayo, cruzando la ciudad envuelta en ceniza.
Y entonces, sucedió algo. Un escalofrío recorrió la espalda de Mar. Cerró los ojos por un instante. Apenas un parpadeo.
Y escuchó una voz.
“Aún no es tu momento. No te acerques.”
Los abrió de golpe.
Y lo vio.
Una figura corría entre los tejados. Ágil. Silenciosa. No era humana.
Era un lobo.
Una criatura hecha de pura sombra, cuyas patas no dejaban huella y cuyos ojos ardían como brasas vivas. Su pelaje era humo y oscuridad. Su andar… elegante, feroz, eterno.
Lykar.
No sabía cómo lo supo, el nombre le vino de manera fugaz a la cabeza. Él era real. Y la estaba mirando. La estaba advirtiendo.
—¿Lo viste...? —susurró Mar.
—¿El qué? —preguntó Anna, sin apartar la vista de la carretera.
Mar negó en silencio. Pero algo dentro de ella ya había cambiado.
El aire se volvía más denso a cada metro. El humo lo cubría todo. Anna señaló con el mentón:
—Conozco un claro en el bosque, cerca de aquí. Dejamos la moto y seguimos a pie.
Así lo hicieron. Se adentraron en la espesura, aferradas la una a la otra. El olor a chamuscado las envolvía.
El bosque estaba en silencio, demasiado. Ni insectos, ni viento de hojas. Solo sus pasos hundiéndose en la hojarasca. Anna caminaba con la linterna encendida, más firme de lo que en realidad sentía. Mar la seguía de cerca, respirando rápido.