Portadora de las llamas del origen

Capítulo 11 - El precio del fuego

El bosque se plegó sobre sí mismo como si quisiera tragarse la guerra.
A pocos metros, la pesadilla tomó forma: centauros contra sombras envueltas en un halo de escarcha. El aire, antes caliente por las llamas, se volvió antinaturalmente frío. No era un frío común, se notaba como un frío que muerde y no suelta, un frío que tiene memoria.

—¿Nos habremos dormido? —susurró Anna, con la incredulidad atragantada en la garganta.

Mar no llegó a responder. La primera oleada las alcanzó como un látigo de agujas invisibles. No era hielo corriente, era hielo negro, vivo, que se adhería a la piel y quemaba por dentro. Les robó el grito.

El suelo se abrió en un crujido y, desde las raíces, brotaron espinas de escarcha. Crecieron con chasquidos secos, alzándose como barrotes de cristal. La prisión se cerró con el sonido de un vidrio aprendiendo a respirar.

—¡Mierda! —la voz irrumpió como un disparo—.

Unai gritó con una voz que no habían escuchado nunca, como un rango de guerra.

Entonces lo vieron. El torso humano de Unai, musculoso y brillante; bajo él, la poderosa mitad de un caballo de pelaje beige y crines oscuras. Majestuoso, pero aterrador. A su lado, Lucas; su mitad inferior era negra como la noche, con mechones blancos que brillaban bajo el hielo. Un ser tan sobrenatural como precioso y parecían que estaban perdiendo.

El enemigo aprovechó su distracción: del suelo surgieron trenzas de escarcha que se enroscaron en torno a sus cuerpos como serpientes de cristal. Cada vuelta apretaba y cortaba. La sangre brotaba roja sobre el hielo negro. El sonido era insoportable: carne contra invierno.

Lucas rugió. Su cuerpo se arqueó con violencia, y la escarcha negra que lo reclamaba respondió a su rabia. Un estallido oscuro brotó de sus manos, no controlado, pero sí devastador: los barrotes cercanos se quebraron como vidrio bajo un mazo. El enemigo alzó la mirada con una chispa de sorpresa.

Unai no se quedó atrás. Con un bramido telúrico hundió los cascos en el suelo, y la tierra respondió. Raíces retorcidas surgieron bajo la escarcha, empujándola hacia arriba. Por un instante, el círculo se agrietó y se abrió un claro. El aire vibró con su fuerza.

—¡No nos subestimes! —gruñó el enemigo, hablando a su escarcha y reforzando las ataduras con más oscuridad.

La escarcha volvió a cerrarse, castigando sus intentos de libertad. Sangraban, jadeaban… pero habían demostrado que podían resistir. Habían detenido al enemigo, aunque solo por segundos.

El aire dentro de la prisión se volvió irrespirable. Cada exhalación era vapor helado; cada jadeo, cuchillas en los pulmones. La sangre, al caer, se congelaba en cicatrices carmesí sobre la escarcha.

Cuando Mar dio un paso una astilla la rozó en el brazo: la piel se volvió blanca al instante, con un ardor de frío que subió hasta el hombro. El dolor la partió en dos. Y con él, un eco. Una visión se coló sin permiso: una cabaña ardiendo, una niña gritando, nieve cayendo como ceniza.
¿Era ella?

—Vaya, vaya… —una voz emergió del corazón de la escarcha.

El hombre que apareció era alto, flaco, con la elegancia rota de quien ha olvidado comer. Una túnica gris azulado, marcada con símbolos antiguos. En el pecho, desnudo, dos líneas negras paralelas tatuadas como una sentencia, son sonrisa se asemejaba a un corte.

—Así que eras tú… la portadora de la llama. —Su voz era un veneno lento—. No lo pareces.

A Mar le temblaron las rodillas.

—¡Os dije que os quedarais en casa! —bramó Unai, forcejeando con la voz ronca de dolor.

El enemigo giró el cristal oscuro entre sus dedos, como si jugara con una pieza de ajedrez.
—Esto se pone interesante… tú vendrás con nosotros.

El círculo bajo los pies de Anna se quebró, liberándola. Mar por lo contrario no.

—¡No lo hagas, Mar! —gritó Lucas, clavando en ella unos ojos que suplicaban y ordenaban a la vez.

El corazón de Mar cambió de ritmo, con miedo y furia

—Está bien… pero suéltalos. —Levantó las manos.

El hombre delgado esbozó una sonrisa apenas perceptible y, al instante, la escarcha respondió. Las espinas volvieron a cerrarse sobre Lucas y Unai, apretando con una violencia que hizo crujir el hielo y arrancó un gesto de dolor a ambos. La sangre comenzó a deslizarse entre las grietas heladas, tiñéndolas de un rojo intenso. Mar sintió que algo se quebraba dentro de ella. Verlos luchar era una cosa; contemplarlos inmóviles, soportando aquel dolor sin poder hacer nada, era otra muy distinta. Apretó los puños con rabia, incapaz de quedarse quieta mientras una sensación ardiente empezaba a despertar en lo más profundo de su pecho.

—¡He dicho que los sueltes!

La voz se quebró… y se transformó en algo más. No fue un grito humano sino un rugido ancestral que le abrasó la garganta, como si miles de voces se hubiesen encendido dentro de ella al mismo tiempo. El aire vibró, la tierra se abrió en grietas diminutas, y la escarcha chilló como si hubiera sentido miedo.

El rugido la atravesó a ella también, asustándola. Lo sintió nacer desde un lugar que no reconocía, un calor que no era solo suyo. El fuego no obedecía. Se expandía con furia, como si hubiese estado demasiado tiempo esperando despertar.



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En el texto hay: magia, enemytolovers, romantasy

Editado: 11.08.2026

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