La oscuridad la envolvía, pero no era una noche cualquiera. El cielo ardía. A lo lejos, una casa en llamas lloraba chispas al viento, y la nieve caía teñida de gris, como si el invierno hubiera sido consumido por la ceniza. El calor no reconfortaba: abrasaba. Las paredes crujían como huesos rotos.
Corría. Sus pies desnudos golpeaban el barro caliente. Dentro de la casa, una niña lloraba. Mar la reconocía. Era ella. O al menos, una versión olvidada de sí misma.
Quiso gritar, pero no tenía voz.
Y entonces, en medio del humo, apareció aquella figura. Hecha de luz cálida, de cabello largo y piel resplandeciente. Su sonrisa no era triste. Era… resignada.
—Mamá… —susurró Mar sin aliento, con el pensamiento, con el alma.
La figura no respondió. Caminó hacia ella y, con una ternura que desarmaba el alma, colocó la palma sobre su pecho.
—El fuego… no destruye si sabes escuchar su voz.
Del centro de su mano surgió una chispa que se hundió en la piel de Mar. No dolió. Fue como despertar. Como respirar por primera vez.
—¿Por qué me dejaste...? —preguntó Mar, con lágrimas en los ojos.
Ella la abrazó. No con los brazos, sino con todo su ser.
—Serás fuego… cuando llegue el momento.
Una llamarada cubrió el mundo.
La imagen se desvaneció, y despertó.
El sol aún no había salido del todo. La habitación estaba sumida en una penumbra desconocida. No era su cuarto. Las paredes, de un tono gris pizarra, estaban cubiertas por estanterías que no recordaba haber visto nunca.
Se incorporó lentamente sobre un colchón ajeno, temblando. La piel le ardía, como si el fuego del sueño hubiera cruzado la frontera del inconsciente. Las sábanas, ásperas y desordenadas, estaban chamuscadas en las puntas.
Una brisa helada entraba por la ventana entreabierta. Mar buscó algo familiar con la mirada, y entonces lo vio: una chaqueta sobre el respaldo de una silla. Era de Lucas. Estaba en su habitación. Pero no sabía cómo había llegado hasta allí.
La mano derecha le ardía. Al abrirla, descubrió una pequeña quemadura con forma de espiral. Parecía… un sello.
Se acercó al espejo. Y lo vio: el colgante. Siempre lo había llevado. Siempre había estado ahí. Pero ahora brillaba. Una llama diminuta danzaba en su interior, como si se hubiera encendido mientras dormía.
—Mar… —dijo una voz a su espalda.
Se giró. Era Lucas.
Estaba en el marco de la puerta. Su expresión era serena, pero sus ojos —esos ojos verdes intensos— brillaban de un modo distinto. Sabía algo.
—Ya ha comenzado, ¿verdad? —preguntó ella, sin necesidad de explicación.
Él asintió.