—¿Qué está pasando conmigo? —preguntó Mar, con la voz entrecortada, mientras el grupo se reunía en la habitación. Anna permanecía a su lado, aún inquieta por la herida ya cerrada. Frente a ellas, Lucas, Unai y el nuevo centauro —cuyo nombre aún desconocía— las observaban con gravedad contenida.
Unai fue el primero en romper el silencio:
—Has despertado el primer lazo. Las Llamas del Corazón.
—¿Lazo…? —murmuró Mar, con la palma ardiendo, aún marcada por la espiral incandescente.
—No todas las llamas son iguales —añadió Lucas—. Hay cuatro. Cada una ligada a una parte de ti misma: el corazón, el vínculo, lo salvaje… y el recuerdo.
—¿Y qué significa que yo…?
No pudo terminar la frase. El chico del tercer piso, Aaron, dio un paso al frente. Su presencia desentonaba con la del resto, no por su apariencia —vestía como siempre, de forma sencilla, casi anacrónica— sino por la sensación de distancia que lo envolvía, como si no perteneciera del todo a ese tiempo.
Cuando habló, su voz tenía un peso distinto. Sonaba antigua, como si acarreara siglos de historia.
—Has oído esta historia antes… aunque no la recuerdes —dijo, con una mezcla de respeto y tristeza en la mirada al posarla sobre Mar.
Cerró los ojos.
El aire pareció tornarse más denso, como si una corriente invisible recorriera la habitación, y entonces, sin levantar la voz, comenzó a narrar.