Portadora de las llamas del origen

Capítulo 16 – Dónde el fuego no se apaga

El aire seguía impregnado de brasas invisibles, aunque ya no quedara ninguna a la vista. Todo en la habitación parecía suspendido, como si incluso el tiempo dudara de dar el siguiente paso. Mar permanecía inmóvil, sentada sobre el borde del lecho, con la espalda ligeramente encorvada y los brazos cruzados sobre el vientre como si intentara sostener algo que se desmoronaba por dentro. La proyección había terminado, pero su eco seguía latiendo en sus oídos, en su pecho, en la piel.

No entendía nada. Y sin embargo, lo sentía todo.

No había palabras que bastaran para nombrar el nudo que le apretaba el estómago. No era solo confusión. Era una forma de duelo. No por alguien. Por sí misma. Por la versión de Mar que existía antes de escuchar aquella historia. Aquella que creía que su vida tenía un principio reconocible, un rostro materno en el recuerdo, un pasado sencillo, sin fuego ancestral ni guerras escondidas entre sombras. Todo eso ahora ardía. Se consumía lentamente en su interior, sin emitir llamas, pero quemando igual. Quiso moverse, hablar, encontrar algún gesto que la hiciera sentir presente, anclada, pero el cuerpo le pesaba como si el fuego proyectado la hubiera atravesado de verdad. No había heridas visibles, pero sí una grieta invisible que le recorría el alma de arriba abajo, una línea caliente, irregular, como si algo se hubiera roto en silencio y aún no supiera cuánto costaría recomponerlo.

Aaron había hablado con la calma de quien lleva demasiado tiempo esperando ese momento. Con la seguridad de quien conoce los nombres de todas las piezas, incluso las que ella nunca supo que faltaban. Pero Mar no se sentía heredera de nada. No se sentía elegida. No sentía fuerza, ni gloria, ni luz. Sentía vértigo. Un vértigo espeso, profundo, como si cada palabra pronunciada la hubiese acercado un paso más a un abismo que no sabía cómo evitar. Y lo peor era que algo dentro de ella no quería evitarlo. Algo —una chispa temblorosa y antigua— deseaba mirar hacia ese fuego interior y recordar, aunque doliera.

Se inclinó hacia adelante, cruzó los brazos sobre las rodillas y apoyó la frente, buscando algún refugio que no encontraba. No lloró. No porque no quisiera, sino porque las lágrimas no sabían por dónde salir. Todo en su interior era bruma caliente y preguntas sin forma. ¿Quién era, ahora? ¿Qué parte de ella era real? ¿El fuego? ¿El olvido? ¿La niña que creció sin saber de dónde venía, o la que, según Aaron, había sido sellada y robada de sí misma?

Nada tenía sentido. Y sin embargo, algo en su pecho seguía latiendo. No con miedo, ni con fe. Con una fuerza primaria que no pedía permiso para existir. Una vibración suave, que no hablaba en palabras, pero que se hacía sentir. Como si el fuego no necesitara ser comprendido para encenderse.

Y eso era lo que más la inquietaba. Que, a pesar de todo el desconcierto, del dolor, del vacío que la atravesaba como un filo invisible, una parte de ella... ardía.

Y no quería apagarse.

Un leve crujido interrumpió el silencio. La puerta se abrió con suavidad, y Anna asomó la cabeza. No dijo nada. Solo la miró.

Mar no levantó la vista. Seguía con la frente apoyada en las rodillas, el cuerpo hecho un ovillo contenido, como si intentar erguirse implicara desmoronarse. Anna cruzó la habitación en silencio y se sentó a su lado sin pedir permiso. Dejó que pasaran unos segundos —o tal vez un minuto entero— antes de hablar, con la voz baja, apenas un susurro que parecía temer romper el aire.

—Tampoco lo creía… ¿sabes?

No hubo reacción inmediata. Mar respiraba con esfuerzo, como si hasta el aire se le negara.

—Cuando dijeron que el fuego podía nacer en alguien como tú, pensé que era imposible. No porque dudara de ti —añadió enseguida—. Dudaba del mundo. De que la magia aún supiera elegir bien. De que algo tan antiguo pudiera haberte estado esperando todo este tiempo.

Mar alzó la cabeza apenas unos centímetros. Sus ojos no sostenían la mirada, pero brillaban con un desconcierto vulnerable. Anna suspiró, bajando la vista hacia sus propias manos antes de continuar:

—Y luego te vi. Allí. Rodeada de escarcha. Cuando todo debía haber desaparecido contigo… tú ardías.

El silencio que siguió no fue vacío. Era denso. Vivo. Cargado de todo lo que no podía decirse con palabras.

—No tienes que entenderlo hoy —añadió Anna, más suave aún—. Pero no digas que no eres parte de esto. No después de lo que hiciste. No después de lo que vi.

Mar tragó saliva, sintiendo cómo las palabras de Anna se deslizaban por las grietas invisibles que la recorrían, intentando, sin prisa, comenzar a cerrarlas.

—¿Y si no puedo...? —susurró—. ¿Y si todo esto me queda grande?

— Arderemos juntas — Anna ladeó la cabeza y la miró con una mezcla de compasión y firmeza.

Después se inclinó hacia ella. Sus dedos, cálidos, buscaron con delicadeza el brazo de Mar, y su frente se apoyó contra la suya, en un gesto sencillo y silencioso. No había promesas. Solo presencia.

Y en ese contacto, el mundo se contuvo. El aire desapareció por un segundo. El tiempo también. Solo quedaban ellas, frente con frente, respirando en la misma frecuencia. Y entonces, Mar lo vio.

No en la habitación. No en el presente. Sino en una visión que le llegó como una memoria ancestral. Un paraje nevado, bañado en bruma plateada. El frío no dolía. Era limpio. Y en medio de ese silencio primitivo, apareció él. Un lobo inmenso, de pelaje oscuro como la medianoche y ojos como brasas encendidas, emergió entre la niebla. Su caminar era majestuoso, firme. Cada paso parecía resonar en la tierra como un eco antiguo. No había amenaza. Solo poder y calma.



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En el texto hay: magia, enemytolovers, romantasy

Editado: 11.08.2026

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