Portadora de las llamas del origen

Capítulo 17 - Lykar el guardian del fuego

Mucho antes de que los clanes fueran fundados y que la magia tuviera nombres y reglas, el mundo era una llama desordenada. No existía el tiempo, solo la danza entre la luz y la sombra. Y de esa danza surgieron las primeras criaturas. Eran la voluntad nacida del corazón de los elementos.

El Umbral no era un reino vacío ni una simple frontera entre mundos, era una tierra antigua, nacida de la magia primigenia, un lugar donde las fuerzas que dieron vida al mundo seguían.

Al norte se extendían llanuras heladas, donde las tormentas nunca desparecían y el hielo cubría el horizonte hasta donde alcanzaba la vista. Al oeste se alzaban las montañas antiguas, hogar de Eldros y de los dominios de piedra que guardaban la memoria del mundo.

En el sur ardían las tierras por los volcanes dormidos, los bosques de ceniza y valles donde Lykar había dejado sus huellas. Más allá de los caminos conocidos se encontraban los territorios de sombra vigiladas por Noctyra, lugares donde los secretos permanecían ocultos y la oscuridad observaba en silencio.

En el corazón de aquel mundo se abría la Gran Fisura, una herida tan antigua como la propia creación. Separaba el mundo real del Umbral y mantenía ambos destinos unidos por un equilibrio tan frágil como necesario.

Durante siglos, los cuatro guardianes velaron por aquella frontera, conscientes de una verdad que nadie se atrevía a ignorar: si la gran fisura llegaba a romperse, ambos mundos compartirían el mismo destino.

El fuego, impaciente y eterno, fue el primero en alzarse. Y en su estallido no se crearon ni ciudades ni imperios sino dieron forma a un guardián.

Lykar.

No era un lobo como los que hoy habitan los bosques. Su cuerpo era sombra viva, forjada de brasas antiguas y cenizas inmortales. Su pelaje era como la noche tras el incendio: oscuro y denso. Sus ojos brillaban como carbones encendidos, no con furia, sino con conciencia. Lykar no rugía. Latía, como un eco que sólo aquellos destinados podían oír.

Fue creado para custodiar el fuego sagrado: la llama que no destruye ni caliente sino la que FOTALEZE vínculos.

Caminaba por las tierras vírgenes donde aún no existían nombres y tampoco mapas- Allí donde el fuego debía proteger en lugar de consumir, Lykar dejaba su huella. Las leyendas antiguas hablan de su paso por las montañas rojas, donde tocó la roca y nació la obsidiana. De su encuentro con el mar, donde hundió su hocico en las aguas y la niebla se impregnó de brasas. De su caminar por el desierto blanco, donde su aliento despertó los espejismos que aún hoy nos enseñan lo que deseamos y tememos. Durante siglos, los cuatro la vigilaron, manteniendo un equilibrio tan frágil como necesario, pues sabían que el día en que aquella cicatriz se rompieran ambos mundos quedarían a la merced del mismo destino.

Cuando llegó el silencio — una fuerza tan antigua que ni siquiera lso sabios se atreven a nombrar— no trajo ejércitos ni guerras, sino algo más terrible. Allí por donde pasaba, los nombres se desvanecían, las historias perdían su significado y los recuerdos se quebraban hasta convertirse en polvo. No combatía con acero, ni con fuego; sino con olvido. Y al romper el vínculo entre las criaturas y sus legados fue arrancado poco a poco aquello que les daba forma y propósito.

Los guardianes resistieron cuanto pudieron, pero ni siquiera ellos era inmunes a la fuerza capaz de borrar la memoria del propio mundo. Eldros se retiró a las profundidades de la tierra, donde el latido de la piedra aún conservaba fragmentos de lo que había sido. Vaelor desapareció entre corrientes invisibles, perdido en cielos que con el tiempo olvidaron incluso su nombre. Noctyra se refugió en el corazón de las sombras, allí donde la oscuridad es tan antigua que ningún recuerdo logra alcanzarla. Y Lykar permaneció más tiempo que ninguno, contemplando como las últimas brasas de aquella era se apagaban una a una mientras el mundo comenzaba a olvidarlos.

Pero el silencio no logró destruirlos.

Los guardianes se desvanecieron de la memoria de los pueblos, y desaparecieron de las leyendas más recientes, pero siguieron existiendo, ocultos en el recuerdo y el sueño, aguardando más allá del tiempo. Porque sabían que llegaría el día en que nuevas almas volverían a escuchar sus voces y cuando eso ocurriera, los antiguos vínculos despertarían una vez más.

Y aún así, entre todos los guardianes, fue Lykar quien permaneció más cerca del mundo. Su esencia no era poder, era vínculo; los vínculos pueden debilitarse, pueden ser olvidados o incluso romperse, pero nunca desaparecen por completo.

Las leyendas cuentan que fue herido en la cima de una montaña cuyo nombre se perdió mucho antes de que nacieran los primeros clanes y que mientras el mundo se estremecía bajo el avance del Silencio, se negó a abandonar aquello que juró proteger. Dicen que contempló el olvido cara a cara sin retroceder, que soportó su peso cuando otros habían huido y que, al comprender que la batalla no podía ganarse, eligió preservar la última chispa que aún podía salvarse.

Y entonces, selló su último pacto.

No lo encerraron en piedra, ni en una jaula forjada por magia. Lykar fue sellado en el porvenir, en una llama que todavía no ardía y en un corazón que aún no había nacido, confiando en que algún día el mundo volvería a necesitar aquello que él representaba.



#1729 en Fantasía
#354 en Magia
#5613 en Novela romántica

En el texto hay: magia, enemytolovers, romantasy

Editado: 11.08.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.