El sonido del picaporte la sacó de sus pensamientos. Mar apenas se incorporó cuando vio aparecer a Lucas y Unai en el umbral de la puerta. Ambos traían el rostro serio, pero había una calma curiosa en sus ojos.
—¿Estás bien? —preguntó Unai con su voz grave, aunque contenía una nota de preocupación sincera.
Lucas no dijo nada. La observó unos segundos, como si leyera en su silencio más de lo que ella podía expresar con palabras.
Mar asintió con un movimiento lento. Anna, que se había despertado antes que ella, seguía sentada cerca, observando la escena con atención.
—Quiero entrenar —dijo Mar de pronto, con una firmeza inesperada incluso para ella misma. Su voz era tranquila, pero algo en su interior vibraba, como un fuego contenido esperando dirección.
Lucas entrecerró los ojos, sorprendido. Fue Unai quien sonrió primero.
—Eso no me lo esperaba a estas horas.
—No quiero volver a sentirme así —añadió Mar—. Perdida. Inútil. Si este fuego está dentro de mí, necesito saber cómo controlarlo.
Lucas se acercó un paso, sin dejar de observarla.
—Entonces empezamos hoy.
Minutos después, se encontraban en un claro apartado, donde la tierra abierta y el cielo nublado ofrecían el espacio perfecto para no ser interrumpidos. Anna se sentó sobre una roca cercana, abrazando sus rodillas, decidida a no perderse ni un instante.
Lucas avanzó unos pasos y empezó a revisar ele espacio con una concentración excesiva, pero algo que, a ojos de Mar, parecía simplemente un claro entre los dos árboles. Tocó el suelo, observó las ramas más bajas, midió distancias invisibles con la mirada, como si el entorno pudiera fallar en cualquier momento.
— ¿Siempre haces eso?
Lucas alzó la vista, sorprendido.
— ¿el qué?
— Mirar como si el sitio fuera a atacarte — dijo ella, cruzándose los brazos.
Durante un instante, él pareció desconcertado. Luego bajó la mirada al suelo, como si se viera desde fuera.
— Supongo que…sí.
Mar esbozó una pequeña sonrisa.
— Relájate. Si un árbol decide rebelarse, prometo avisarte.
Lucas dejó escapar una exhalación breve, casi una risa, y por primera vez desde que habían llegado parecía aflojar un poco los hombros.
— No eres muy tranquilizadora.
— No es mi especialidad.
El silencio que siguió no fue incómodo. Mar se apoyó en una piedra cercana, balanceando el peso de un pie al otro, mientras Lucas dejaba de moverse y volvía a colocarse frente a ella, esta vez con una calma distinta.
— Hoy trabajaremos los básico — explicó entonces —.No se trata de lanzar fuego sino entenderlo, intentar sentirlo.
Mar asintió. Aún tenía en la palma la marca espiralada. No sabía si aquello era un sello, una cicatriz o un símbolo, pero ardía con cada emoción intensa. Cerró los ojos.
—Imagina que sostienes una esfera entre tus manos —dijo Lucas, con voz serena—. No pienses en encenderla. Piensa en lo que significa. ¿Qué te enciende a ti, Mar?
Ella respiró hondo, concentrándose. No buscó una respuesta racional. Su interior respondía al calor de sus propias emociones. Y en ese instante, una chispa nació entre sus palmas. Azul al principio, casi tímida. Luego, a medida que Mar encontraba su centro, se volvió anaranjada, viva, creciente.
Lucas asintió, satisfecho.
—Bien. Ahora juega con ella. Siente su ritmo. Es tuya, no para destruir, sino para comprenderte.
Mar movió lentamente las manos, haciendo girar la llama entre sus dedos, como si danzara al compás de un latido invisible. Por primera vez no tenía miedo del fuego. Era como si una parte olvidada de sí misma despertara y supiera exactamente qué hacer.
—Ahora lánzala —ordenó Lucas—. Como si fuera una extensión de ti.
Ella se colocó en posición, separó los pies y retrocedió una mano, como si preparara un golpe. La bola de fuego salió disparada hacia Unai, que aguardaba a unos metros.
Él alzó la mano con rapidez, y la tierra bajo sus pies comenzó a vibrar, dispuesta a erguirse como un escudo. Pero antes de que pudiera invocar toda su fuerza, algo sucedió.
Anna, con el corazón acelerado, reaccionó sin pensar. Sintió un calor extraño recorrerle el pecho y estallar en sus brazos. De sus manos brotó una onda luminosa que partió la bola en pleno vuelo, dispersándola en cientos de brasas inofensivas que se apagaron en el aire.
El silencio se hizo espeso. Anna temblaba, con los ojos muy abiertos. Sabía que esa fuerza no era suya.
Entonces, la voz grave resonó dentro de ella, clara como un trueno contenido:
—Yo velaré por ti, aunque aún no me llames.
Anna retrocedió un paso, apretando los labios. La reconocía. Era la misma voz que había escuchado en aquel encuentro imposible, la sombra con forma de bestia que la había observado desde lo más profundo de sí misma.
Su respiración se volvió rápida, casi asustada, aunque una parte de ella —pequeña pero firme— sabía que no estaba en peligro.