Portadora de las llamas del origen

Capítulo 20 - Cicatrices que no arden

El claro había recuperado una quietud aparente, pero el aire seguía impregnado por la memoria del combate. Lucas no dijo nada al principio. Solo observó las heridas abiertas sobre la piel de Mar, como si cada una le doliera a él también.

Se arrodilló frente a ella, sacando un pequeño frasco de cristal oscuro que llevaba atado al cinturón. Con un gesto lento, lo abrió, dejando escapar un aroma a menta y corteza quemada.

—Va a escocer —murmuró, con una dulzura que contrastaba con la crudeza de lo vivido.

Mar no respondió. Mantuvo la mirada baja, aun temblando, mientras Lucas impregnaba una gasa con el líquido. Luego, con manos firmes pero cuidadosas, comenzó a limpiar las quemaduras. El contacto le arrancó un gemido, pero no se apartó. Se aferró a la voz de Lucas, a sus manos, a la seguridad silenciosa que irradiaba.

—¿Eso que hiciste...? —susurró al cabo de un rato—. Esa escarcha… No era como la de Nézereth. Pero tampoco era normal. ¿Qué era, Lucas?

Él se detuvo. El silencio se volvió más denso, como si el bosque también aguardara respuestas. Mar alzó la mirada. Y él, tras un largo instante, asintió despacio, como quien acepta una carga demasiado vieja para seguir callada.

El silencio volvió a instalarse, esta vez más denso, más cargado. Mar alzó la mirada. Lucas la sostuvo durante unos segundos, y luego asintió con lentitud, como quien acepta una carga que ya no puede postergar.

—No era mi intención que la vieras —empezó—. Ni hoy, ni así.

Apoyó los codos sobre sus rodillas, y durante un momento pareció más joven. Más humano.

— Nacía con una herencia que no pedí. Mi sangre está ligada a Nézereth, a su estripe. Desde niño me entrenaron para servirle…para obedecer sin dudas, para destruir todo lo que amenazara su dominio. Incluidas las llamas.

Mar contuvo el aliento. Lucas la miró de reojo, buscando miedo en sus ojos. Pero encontró otra cosa: asombro, duda… y una silenciosa invitación a continuar.

—Cuando era niño no me enseñaron a soñar — su voz era grave, áspera —. Me enseñaron a clavar cuchillas hasta sangrar, a recitar el nombre de Nézereth hasta perder la voz. Esa fue mi cuna: la servidumbre.

Calló un instante, bajando la vista hacia la gasa que aún sostenía.

— Pero me negué y le traicioné. Hice lo que nadie esperaba: elegí no destruir. Elegí proteger.

Sus manos temblaron un segundo sobre la piel de Mar antes de recomponerse. Cerró el frasco de medicina y se lo guardó en el cinturón.

— Cuando escapé, no lo hice en silencio. Dejé cuerpos atrás. Hermanos de sangre, compañeros de guerra. Quizá merecían mi lealtad, quizá no. Nunca lo sabré. Y esa duda pesa más que cualquier cadena.

Mar lo observaba en silencio, como si cada palabra estuviera reconstruyendo algo dentro de ella.

—¿Y qué pasó después?

Lucas ladeó la cabeza, como si recordara algo muy lejano.

— La escarcha negra…esa misma que viste, no desapareció conmigo. Se quedó. Pero cambió. Ya no responde a él. Ni a su oscuridad, ahora es mía. Es una escarcha libre, como yo. Y aún así, sigue siendo hielo. Y el hielo siempre duele, incluso cuando protege

Mar parpadeó.

—¿De… mí?

Lucas asintió.

—Sí. Sabíamos que la llama seguía viva, aunque apagada. Se decía que resurgiría antes de cumplir los dieciséis años.

Sus dedos rozaron su hombro con ternura, limpiando una última herida. Mar se tensó apenas.

—¿y si fallas? — preguntó, apenas un susurro.

Lucas no respondió de inmediato. Y por primera vez no apartó la vista.

— Si fracaso…me matarán. — la frase fue dura, desnuda, sin adornos—. Esta misión es mi redención, y mi condena. Si no cumplo, mi sangre saldará la deuda.

Se incorporó, pero antes de alejarse, se inclinó una última vez para colocar su palma sobre la frente de Mar. Una leve pulsación de energía cálida le recorrió la piel, sellando las heridas con un cosquilleo leve. Cuando retiró la mano, el gesto fue casi una caricia.

Mar cerró los ojos, sintiendo ese calor distinto, humano. Y por primera vez desde que todo había comenzado…supo que Lucas cargaba no solo con la misión de protegerla, sino con el precio de morir si fallaba.

Y esa certeza, más que asustarla, la ancló a él.



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En el texto hay: magia, enemytolovers, romantasy

Editado: 23.08.2026

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