El arroyo corría bajo la luna, apenas un hilo de agua helada. Mar dormía a pocos pasos, envuelta en un manto improvisado, con el rostro sereno después de tantas horas de dolor. Su respiración pausada contrastaba con a la tensión que atenazaba Lucas. Sentado en la orilla, extendió su mano sobre el agua, el aire se volvió gélido al instante y la corriente se endureció con un crujido, cubierta por una capa de escarcha negra. Las venas de sus brazos brillaron bajo la piel, tatuajes vivos que trepaban hasta su muñeca, runas que ardían de frío.
Lucas los miró con rabia y repugnancia. Cada marca era un recordatorio: no de libertad, sino de cadenas.
“No eres un niño. Eres un arma”
La voz de su maestro resonó como un látigo en su memoria. Se vio otra vez arrodillado sobre el suelo de piedra, los nudillos sangrando forzado a repetir juramentos que no eran suyos.
Apretó los dientes.
— Puedo cargar con la muerte. Con la culpa. Con la sangre que dejé atrás — susurró entre dientes clavando la mirada en el agua helada—. Pero no verla caer.
Las palabras desgarraron el silencio. Y entonces, el arroyo respondió.
Por un instante, entre la escarcha gris, surgieron hebras luminosas. Vetas de hielo blanco, puras, finas, como grietas de luz que atravesaban la oscuridad. Se dibujaron apenas un par de segundos brillando bajo la luna, antes de deshacerse de nuevo en la corriente.
Lucas contuvo el aliento. El agua sin embargo, no le devolvió el reflejo. Lo que vio fueron los ojos rojos de Nézereth, ardiendo como brasas en la oscuridad. Apartó la mirada con un estremecimiento, como si esa visión lo hubiera desgarrado por dentro.
Se quedó allí, respirando hondo, dejando que el frío se le clavara en los huesos. Finalmente, cerró los ojos y apoyó la mano en su pecho, justo donde aún ardían las marcas negras.
— Lo prometo — dijo en voz baja, firme, como una sentencia—. Mientras respire, la llama no se apagará. Aunque me cueste la vida.
El viento se levantó entre los árboles, como si hubiese escuchado su promesa. El hielo comenzó a quebrarse lentamente, liberando agua bajo sus pies.
El bosque aún dormía. Solo el murmullo del arroyo y el canto lejano de algún ave nocturna rompían el silencio. Mar abrió los ojos, despacio, sintiendo la rigidez de los músculos.
Por un momento pensó que había soñado todo: la batalla, la confesión de Lucas, el peso de sus palabras. Pero al girar la cabeza, lo vio. Sentado contra un tronco, con los brazos cruzados, los ojos cerrados en una vigilia que no parecía descanso. Había sombras de cansancio en su rostro, y sin embargo, una calma extraña le rodeaba. Ahora estaba de pie junto al agua, el eco de las palabras de Lucas se clavaba en su pecho como hierro candente: “Mientras respire, la llama no se apagará, aunque me cueste la vida” Con a la respiración entrecortada y las manos encendidas en un fuego frágil, que se apagaba y renacía en oleadas desordenadas.
— No voy a dejar que mueras por mí… — susurró.
Una rama crujió bajo sus pies. Lucas se giró, no parecía sorprendido. Solo cansado. Mar se acercó hacía él, y se sentó en el tronco. Sin decir nada, tomó su mano helada entre las suyas. El hielo le quemaba, pero no la soltó.
— No quiero verte desaparecer — dijo Mar, con la voz rota pero firme—. No quiero que tu vida se apague por mi debilidad. Tengo que ser más fuerte.
Lucas la sostuvo en silencio. El fuego iluminaba su rostro en claroscuros, y en sus ojos había un peso antiguo, inamovible.
— No cargues con eso — respondió al fin, en un murmullo grave— Ese es mi destino. Mi castigo.
Mar frunció el ceño.
— ¿Castigo?
Él inclinó la cabeza, con una sonrisa amarga apenas dibujada.
— Por lo que fui. Por la sangre que dejé atrás. La escarcha que viste…no es un don. Es mi condena. Soy un pecador, Mar. Y protegerte es lo único que me queda para pagar lo que hice.
Mar negó con la cabeza, dando un paso más cerca, hasta que sus frentes quedaron a un suspiro de distancia
— No eres un pecador para mí — susurró—. No eres un castigo. Eres la única razón por la que sigo creyendo que puedo hacerlo. El peso de la culpa, llevado en soledad, no redime: destruye…no quiero caminar detrás de ti ni delante. Quiero hacerlo a tu lado.
Lucas sintió un golpe seco en el pecho. Había escuchado juramentos antes, miles de veces. Había pronunciado otros tantos. Pero ninguno había sonado así: sencill y humano.
Mar bajó la vista un instante, como si le costara desnudar el alma, y susurró:
— Enséñame a sostener la llama, para que tu vida no tenga que extinguirse en mi lugar.
El aire cambió. Por un instante, un parpadeo apenas, las runas negras cubrían el brazo de lucas brillando con un resplandor pálido, como escarcha blanca bajo la luz de la luna. Un destello tan breve que cualquiera habría creído que fue un espejismo. Pero no lo fue. Ambos lo vieron y lo sintieron.
Lucas apartó la mirada con un estremecimiento, cerrando el puño como si quisiera sofocar esa chispa imposible.