Cenizas Y La Ruina
«Recuerdos... Eso es todo lo que tengo. No... ni siquiera eso. Solo un fragmento roto que aún no logro comprender...»
De las profundidades más sombrías de su mente emergían lentamente visiones turbias. Imágenes fugaces, distorsionadas, que se retorcían intentando tomar forma.
Una catedral ancestral, de muros altísimos y arcos que rozaban el cielo, envuelta en llamas de un blanco cegador, con destellos dorados que parecían obra de un dios. El fuego devoraba la piedra como si fuera madera seca, rugiendo con un hambre sagrada.
En el centro del incendio... él.
Su cuerpo, roto y ensangrentado, yacía bajo los escombros del campanario desplomado. El aire estaba saturado de calor y cenizas; cada aliento era un castigo.
Sus párpados apenas lograban mantenerse abiertos, y lo último que alcanzaron a ver fueron aquellas llamas puras y majestuosas.
Las cenizas caían lentamente, flotando como copos de nieve espectral. El tiempo se detenía, y la catedral se consumía en una agonía sin fin.
¿Estaba herido?
La memoria de sus cicatrices se desvanecía en la nada.
¿Sintió rabia? ¿Furia? ¿Desesperación?
No lo sabía. Todo lo que quedaba era un recuerdo borroso... un destello fugaz de un ser que alguna vez fue.
¿Cuántos siglos o milenios habían pasado desde aquel último aliento? ¿En qué rincón del tiempo quedó atrapado ese instante?
Solo una verdad se mantenía inmutable: aquella figura, perdida en la tormenta dorada, fue devorada por el pasar de los siglos.
Hasta ahora.
El cielo actual estaba cubierto de nubes plomizas, tan densas que ahogaban la luz del día. Una niebla espesa reptaba por el suelo, tragándose formas y distancias.
La catedral, ahora un esqueleto de piedra, se alzaba como un cadáver colosal, un monumento en decadencia. El campanario permanecía inclinado, desafiando las leyes que aún no lo derribaban. La torre del reloj colgaba rota, sus engranajes oxidados expuestos como huesos abiertos al viento.
La iglesia no conservaba techo; su estructura arquitectónica se desmoronaba bajo el peso de los siglos y la conquista implacable de la naturaleza. Raíces retorcidas trepaban los muros, como garras de la tierra reclamando lo que una vez fue símbolo de poder. El viento se colaba entre las rocas, silbando notas huecas, como si susurrara en un idioma muerto.
Y entonces, entre la ruina de esa estructura, algo se movió.
Una figura emergió lentamente, rompiendo la inmovilidad del lugar. Su silueta parecía humana, aunque sus movimientos eran torpes, como si despertara de un sueño demasiado largo.
Apenas levantaban el polvo, y aun así, su mera presencia alteraba la quietud.
El lugar, que había permanecido sordo y ciego durante siglos, parecía observar otra vez.
«¿Dios... ¿Cuánto tiempo he estado aquí?»
La pregunta le atravesaba la mente, apenas un pensamiento formado.
«Mierda... no siento nada. Ni frío, ni calor, ni dolor... ¿Qué me pasó? ¿Dónde estoy? No... espera... ¿Quién... soy?»
Sus manos, temblorosas como si no fueran suyas, tantearon el suelo cubierto de un polvo grisáceo y fino, que se agitaba con cada movimiento como si fuese la piel misma del lugar. Giró la cabeza lentamente, los párpados pesados como piedras, y por primera vez en muchísimo tiempo, abrió los ojos buscando una respuesta a su propia existencia.
—¿Qué es esto...? —susurró, frunciendo el ceño, mientras dejaba que los dedos se hundieran en aquella materia descompuesta que se sentía como tierra seca—. ¿Dónde estoy... realmente? —agregó, alzando la vista hacia el cielo velado que se colaba por el techo roto del campanario.
La niebla lo devoraba todo; no había horizonte, no había luz que atravesara esa mortaja.
Un latigazo de dolor le partió la cabeza en dos.
—E-este lugar... ¡AAAAH! ¡Mi cabeza! —gritó, llevándose las manos al cráneo, como si pretendiera arrancar de raíz un recuerdo que se resistía.
Se obligó a detenerse, jadeando, y una risa breve y rota se escapó de sus labios.
—Vale... vale... mejor no intento estrujarme más el cerebro... —Su voz intentó ser ligera, pero su respiración aún temblaba.
Entonces, una realización absurda lo golpeó.
—Espera... ¡¿Estoy desnudo?! —la exclamación resonó en las paredes vacías.
Se observó, sorprendido, y encuentró un cuerpo joven, firme, sin la más mínima cicatriz. Ninguna marca de batalla, ninguna señal de antiguas heridas. Como si toda una vida de violencia hubiera sido borrada.
Exploró el lugar, y en un rincón polvoriento halló unos trapos desgarrados por el tiempo. Sin pensarlo dos veces, se los puso de forma improvisada, dejando al descubierto parte de su torso.
—Muy bien... no sé quién soy, ni cómo me llamo... —dijo mientras se rascaba la cabeza, notando cómo la confusión empezaba a convertirse en una extraña calma—. Y para colmo, tampoco sé dónde demonios estoy. Pero, al menos, sé hablar... y tengo algunos conocimientos básicos... ¿Será algún tipo de amnesia? Bueno... al menos sé qué significa "amnesia" —añadió, con una media sonrisa irónica.
Estiró los brazos y las piernas, sintiendo cómo sus músculos respondían con una elasticidad y firmeza casi inhumanas.
—Bien... si no puedo recordar, tendré que conformarme con investigar... —susurró, resignado.
Entonces, empezó a caminar por los pasillos ruinosos de la iglesia. El eco de sus pasos desnudos sobre la roca rebotaba entre columnas agrietadas, vitrales rotos y altares derrumbados.
Nada respondió. No había símbolos que reconociera, ni voces, ni señales de vida. Solo piedras y polvo. Una calma simplemente inquietante.
Hasta que, en la distancia, más allá de los muros antiguos, entre el manto impenetrable de niebla... se movía una figura.
Tal vez una sombra.
Avanzando lentamente a través de matorrales...
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Editado: 09.04.2026