EL Chico que Cayó del Cielo
Más allá de los bosques perpetuamente envueltos en bruma, donde la luz apenas lograba filtrarse, se alzaba un castillo de proporciones colosales.
Las torres, delgadas y altísimas, se recortaban contra un cielo sin estrellas, apenas visibles entre nubes tan densas que parecían aplastarlo todo bajo su peso.
Era una estructura tan antigua que sus murallas no parecían construidas, sino nacidas de la misma piedra de la montaña.
En su interior, el gran Salón Real se extendía como la boca de una caverna, vasto y silencioso. Las antorchas, en ascuas rojizas, no ofrecían calor ni claridad; el único movimiento era el del viento colándose entre vitrales rotos y cortinas raídas, produciendo un susurro que se perdía en la inmensidad del techo abovedado.
En el trono, elevado sobre una escalinata gastada por el tiempo, reposaba una figura solitaria. No se sentaba con la dignidad de un monarca, sino con el desparpajo de un intruso que se había adueñado del lugar: una pierna apoyada sobre el reposabrazos, el cuerpo ladeado, la espalda hundida en el asiento. Solo la penumbra permitía distinguir su silueta, recortada contra las sombras.
—Señor... —La palabra rebotó en las paredes, repetida por ecos que parecían venir de otra época.
Un mensajero, aun a gran distancia, aguardó la respuesta con la rigidez de quien sabe que un solo error podría costarle más que la vida. Su voz, grave pero temblorosa, atravesó el silencio:
—Hemos detectado... el regreso de tres antiguos portadores de la Llama Primigenia.
Por un instante, el aire se volvió más frío. Las sombras parecieron arrastrarse un poco más cerca.
Entonces, desde el trono, algo brilló: una sonrisa, blanca y afilada como una hoja recién desenvainada.
—¿Y bien? —murmuró, con una voz suave, casi perezosa, pero con una amenaza latente que helaba la sangre—. ¿A qué esperáis...? Enviad a nuestros mejores hombres. Que me los traigan. Y por favor... tratadlos con cortesía.
—Faltaría más, mi señor —respondió el emisario, inclinándose en una reverencia tan profunda que casi tocó el suelo, antes de desaparecer entre los portones de piedra que se cerraron con un golpe grave y final.
El salón volvió a quedar en silencio. La figura en el trono ladeó la cabeza, sus dedos tamborileando lentamente sobre el reposabrazos. Una risa breve y contenida se escapó de su garganta.
«Así que... están despertando...»
✦ ✦ ✦
Mientras el mundo conspiraba en palacios de piedra antiguos y torres que rozaban el cielo...
...en lo profundo de un espeso y frondoso bosque de árboles interminables, unidos por ruinas cubiertas de musgo tragadas por siglos de abandono, donde alguna vez, quizás, floreció una civilización ya borrada de la memoria.
Un chico olvidado incluso por sí mismo respiraba por primera vez en siglos.
Ajeno a intrigas, criaturas acechantes o temores lejanos, buscaba sentido entre las ruinas que lo envolvían.
—Nada... nada de nada, joder —masculló, su voz rompiendo la quietud—. ¿Qué sentido tiene despertar bajo un techo roto, entre cenizas, en una iglesia hecha polvo que encima está perdida en un maldito bosque? —gruñía, dejando escapar de entre sus dedos un puñado de aquellos granos grises que se deshacían como huesos pulverizados—. Agh... nada de esto tiene sentido. Y si intento recordar... ¡AAGH!
Su grito se ahogó en un gesto violento: ambas manos a la cabeza con uñas clavándose en su cuero cabelludo.
—Lo sabía... como si tuviera una aguja en el maldito cráneo—. Escupió, golpeándose la sien con los nudillos.
Pero entonces, algo se movió:
Un crujido leve, hojas agitadas más allá de las ruinas.
Se quedó inmóvil. Los músculos se tensaron como si su cuerpo supiera algo que su mente ignoraba. Sus ojos, afilados, buscaban la fuente del sonido.
—¿Qué? Juraría que escuché algo... —murmuró con la mirada fija en los muros—. ¿Quién anda ahí? —alzó la voz, forzando seguridad—. ¡Soy un forastero perdido! ¡Me vendría bien algo de ayuda!—. El sarcasmo apenas disimulaba la tensión que le recorría la espalda.
Entonces, sin previo aviso, algo estalló a su derecha, como un pequeño petardo. Instintivamente, giró la cabeza hacia el ruido.
Y en ese preciso instante, una figura emergió como una flecha desde los matorrales, daga en mano, corriendo a toda velocidad. Una silueta pequeña.
Demasiado pequeña.
Una niña.
«No puede ser... es un vagabundo. Seguro que no tiene nada. Pero si no le ataco yo primero...»
La idea pasó como un relámpago por su mente, empujada por la adrenalina.
Pero él la vió. Y algo en sus músculos se activó antes de que pudiera pensarlo: un grito breve, un impulso salvaje, y de un salto inhumano ascendió con una ligereza imposible hasta lo alto del campanario derruido.
—¡¿Q-QUÉ?! —la niña se quedó clavada en el suelo con la boca abierta—. ¡¿Cómo... hiciste eso!? —preguntó, dejando caer la daga como si el peso la hubiese vencido.
—¡¿Estás loca?! ¡Me podrías haber matado de un infarto! —respondió él, colgado de uno de los arcos, con los dedos engarfiados en la piedra desgastada—. Espera... ¿Cómo he hecho eso? —susurró para sí, desconcertado—. ¿Esto... es normal? ¿Siempre pude...?
—¡Eh! ¡Baja de ahí! ¡Tengo preguntas! —le gritó ella, dando un paso a la torre sin atreverse a acercarse más.
«Sí, claro... Me encantaría bajar, pero son como diez metros de caída.»
—¡No me metas prisa, fuiste tú la que me asustó! —le respondió en voz alta, todavía con el corazón acelerado.
Ella cruzó los brazos, intentando pensar en una manera de hacerlo bajar, mientras él, aún agitado, levantaba la vista.
Y entonces lo vió. Desde esa altura, la niebla se abría como un telón rasgado: un mar de bosques interminables, ruinas cubiertas de musgo, torres desplomadas y casas que el tiempo convirtió en esqueletos de piedra. A lo lejos, varias fortalezas ennegrecidas vigilaban el horizonte, como sombras petrificadas de un pasado muerto.
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Editado: 09.04.2026