Velanthir, La Ciudad Libre
—Qué te parece... ¿Olvido? —propuso Erika con una sonrisa que pretendía ser inocente—. Es un buen nombre, ¿no crees? Ya sabes... porque no recuerdas nada.
El chico soltó un bufido breve, casi un gruñido sin detener el paso.
—El ingenio no es lo tuyo, por lo que veo.
—¡Espera, espera! —continuó ignorando el comentario—. ¿Y si te llamo... Cenizo? —se rio agitando las manos como si acabara de inventar una genialidad—. Por toda esa ceniza donde te encontré. ¡Jajaja!
Él se detuvo en seco. Cerró los ojos un instante, apretando la mandíbula como quien invoca toda la paciencia del mundo. Luego se agachó hasta quedar frente a ella y le sujetó ambos hombros.
—Mira... Erika —dijo, recordando su nombre con un leve titubeo—. ¿Qué tal si, en lugar de inventar nombres horribles... ¿¡TE CONCENTRAS EN LLEGAR A ESA CIUDAD DE UNA VEZ!?
El eco de su voz resonó en el bosque. Un grupo de pájaros, ocultos en las ramas, salió volando en un estallido de alas. Pero Erika ni parpadeó. Seguía con la misma expresión alegre, como si los gritos simplemente le pasaran de largo.
—Ya, pero mientras tanto... Puedo llamarte de otra forma, ¿no? —preguntó con una naturalidad casi insultante.
El chico se llevó una mano a la cara, soltó un suspiro dramático y estiró el cuello hacia atrás.
—Esto va a ser un viaje muy largo...
Entonces, un crujido repentino quebró la calma. Segundos después, un gruñido grave y húmedo.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó él, incorporándose con alerta instintiva.
Erika, sin pensarlo, se pegó a su espalda, sujetando la tela que cubría el cuerpo del chico con fuerza.
—No lo sé... pero eso no es un comerciante. Lo sabría —dijo en voz baja, temblorosa.
Un tronco se partió en dos como si fuera madera podrida, bajo el peso de aquella criatura.
Un engendro bípedo, mezcla grotesca de hombre y bestia, de al menos dos metros de altura.
Su cuerpo estaba cubierto de un pelaje sucio y espeso, músculos tensos como cuerdas de acero y unos ojos inyectados en sangre, donde hervía una locura primitiva.
Gruñó. Y cargó.
—¡ERIKA, HUYE! —gritó él, y por un segundo, en su mirada, hubo miedo... pero no por sí mismo.
—¡No! ¡No te dejaré aquí! —replicó ella, cerrando los ojos con fuerza, aferrándose aún más al chico como si pudiera anclarlo al mundo.
El monstruo saltó con una velocidad imposible con el peso de su cuerpo cayendo como una roca viva sobre ellos.
Por un instante, el tiempo pareció romperse.
¡CRACK!
Cuando Erika abrió los ojos... estaba sola. O eso pensó, hasta que alzó la mirada.
La criatura estaba suspendida en el aire, completamente noqueada con el cuerpo volando como un muñeco tras haber recibido una brutal patada ascendente en la mandíbula.
Y allí estaba él: el chico, con una pierna aún alzada, envuelto por un aura apenas perceptible de motas negras.
Un segundo después, la bestia se estrelló contra el suelo con un estruendo que hizo temblar la tierra. Los árboles vibraron.
Tres segundos más tarde, el chico aterrizó con agilidad felina.
—Guau... —exhaló Erika, con los ojos como platos, sin parpadear—. ¿Cómo... has hecho eso? —preguntó, con una mezcla de asombro y miedo.
El chico miró su propia mano. Pequeñas chispas negras, vivas y erráticas, crepitaban en la yema de sus dedos como si quisieran escapar de su piel.
Luego, desvió su mirada hacia el cuerpo inerte de la criatura, que empezaba a deshacerse en cenizas, como si un hechizo invisible borrara su existencia.
—La verdad... no tengo ni idea —respondió, sin apartar la vista.
—Es como si lo llevaras dentro. No lo has pensado... simplemente lo has hecho—. Erika sonaba casi reverente—. Cualquiera diría que eres un experto en esto.
La forma de la bestia terminó de colapsar... y lo que quedó fue más perturbador que el propio monstruo.
Las cenizas se deshicieron en el aire, revelando lo que había bajo ellas: un anciano.
Su piel estaba seca y agrietada, marcada por heridas viejas y profundas, como si hubiera sido despellejado vivo. Apenas un espectro de lo que alguna vez fue una persona... pero humano al fin y al cabo.
—Está... muerto —murmuró el chico, agachándose para tocar la piel del cadáver con cautela. El tacto era áspero, casi pétreo—. ¿Qué demonios era esto?
—Creo que sé lo que era. Nunca he visto uno, pero... los comerciantes hablan de ellos —dijo Erika, bajando instintivamente la voz, como si temiera que algo pudiera escucharla.
El chico se irguió y la escuchó con atención por primera vez.
—Hay una ciudad al otro lado del bosque, en dirección contraria a la que vamos. Se llama Varkhalem. Fui allí una vez con mis padres, cuando era más pequeña. Era una ciudad inmensa, llena de edificios enormes y gente de todo tipo... un reino rico. Pero con el tiempo, algo cambió. Empezaron a creer en nuevos dioses, empezaron a ocurrir cosas extrañas... No sé bien qué pasó, pero ahora es un lugar al que nadie quiere ir. Dicen que está maldito.
—Y ahora su gente... se convierte en esto —añadió el chico, mirando el cadáver.
Erika asintió, apretando los labios.
—Pero no te preocupes. La ciudad a la que vamos no es así. O... bueno, al menos no lo era hace una semana —intentó bromear, pero su risa fue falsa.
—Tranquila —respondió el chico, dándole una suave palmada en la cabeza—. Yo también quiero llegar cuanto antes. Puede que encontremos pistas sobre Varkhalem allí.
—¡Sí, eso es! —exclamó Erika, recuperando su energía habitual mientras retomaban el camino.
✦ ✦ ✦
A kilómetros de allí, una neblina espesa cubría un paraje muerto. Entre la bruma se alzaba un castillo de piedra antigua, cuya silueta recortaba el cielo como un colmillo negro.
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Editado: 09.04.2026