El Eco de Varkhalem
La noche caía sobre Velanthir como un manto negro.
Las antorchas de las murallas chisporroteaban con luz débil, apenas capaces de ahuyentar las sombras que se deslizaban entre los callejones.
Los mercaderes recogían sus puestos con prisas, mientras rateros y borrachos se multiplicaban como insectos al olor del dinero fácil y del alcohol.
El murmullo de la Ciudad Libre no disminuía: en Velanthir la oscuridad no apagaba la vida, solo la transformaba.
Kiru y Erika llevaban horas caminando entre calles atestadas preguntando a campesinos, charlatanes y mendigos por cualquier rastro del pasado del muchacho. El resultado había sido el mismo de siempre: silencio comprado a precio de oro y ellos no tenían ni las monedas ni el tiempo que esa ciudad exigía.
—Agggh... —Kiru se llevó la mano a la frente con rabia, dándole una patada a una piedra—. Todo el maldito día perdido. Ninguno de estos podridos campesinos quiere abrir la boca sin que les pague.
Erika se encogió de hombros con una sonrisa traviesa.
—¿Ahora entiendes porque robo en el Manto Gris? —dijo, cruzando las manos tras la espalda.
Kiru le lanzó una mirada seca.
—Que sean unos avariciosos no justifica robarles. Y mucho menos asesinarlos... no creas que eres una santa.
—¡Oye! —protestó ella, frunciendo el ceño—. Yo no he matado a nadie. No sé por qué lo das por hecho.
—Bueno... estuviste a punto de matarme a mí —replicó Kiru, señalando su costado con el dedo—. Y todavía llevas esa misma daga bajo la capa.
—¡Es por protección! —saltó Erika, alzando la voz—. Y además, para tu información, sí que he herido para robar... pero nunca he llegado a matar. Si alguien quedaba malherido, pues... me daba igual. Nunca muestro la cara cuando... trabajo, así que nadie me reconocería.
Kiru guardó silencio, desviando la mirada hacia el empedrado húmedo.
En su mente recordó la imagen de aquella noche: la emboscada, la chispa, la daga bajando en la penumbra.
—A propósito, Erika... —dijo tras unos pasos, con un tono bajo—. Cuando intentaste herirme... ¿usaste un petardo para distraerme?
Los ojos de la chica brillaron al instante.
—¡Ah, sí! —contestó animada, levantando la capa con orgullo para mostrar varios cilindros atados al cinturón—. Los vende un mercader de pirotecnia. Funcionan de maravilla para despistar. ¿Quieres uno?
—No, lo que me intriga no es el juguete... sino cómo es que una niña conoce estas cosas. ¿Dónde aprendiste a usarlos así?
Poco a poco la sonrisa de Erika fue muriendo en sus labios al mismo ritmo que cambiaba su postura, cada vez más decaída, perdiendo la mirada en un punto incierto del suelo. Para ella, el bullicio de la calle parecía quedar en un segundo plano mientras sus pensamientos iban ganando más protagonismo antes de responder en un murmuró.
—Oh... Bueno... —murmuró—. Aprendí sola, con el tiempo. Vi cómo lo hacía un ladrón experimentado y lo copié. No es tan difícil aprender a sobrevivir... cuando no te queda otra opción.
El tono no era de queja ni de lamento: sonaba a resignación. A costumbre.
Kiru la observó de reojo, percibiendo en esa calma un trasfondo más duro de lo que ella dejaba ver.
«Maldición... me voy a arrepentir de esto.»
—Vamos —dijo al fin, suspirando mientras rascaba su nuca—. Cuéntame por qué empezaste a robar...
Erika levantó la vista de golpe, sorprendida. Su expresión, por un instante, pareció la de una niña pequeña a punto de confesar un secreto.
—¿Lo dices en serio?
Kiru asintió, sin apartar la mirada.
Ella respiró hondo antes de pronunciar palabra. Toda expresión previa en su rostro fue menguando hasta apagar la chispa traviesa que caracterizaba sus ojos. Cuando habló se podía notar en su voz, apenas audible, un pequeño temblor involuntario.
—Está bien... Verás, tía Lettiel... —hizo una pausa, presionando los labios hasta quedar una fina comisura—. En realidad, es la única persona cercana que me queda. Y ni siquiera es mi tía de verdad.
Kiru guardó silencio.
—La conocí el mismo día que perdí a mis padres... —empezó Erika, con voz baja—. Estábamos de vacaciones en el reino de Varkhalem.
El simple nombre hizo que Kiru se tensara como un resorte.
—¿Varkhalem...? ¿La ciudad de la que provienen esas... cosas? —preguntó con cautela.
Erika asintió suavemente, con una sonrisa melancólica que parecía doler más que las lágrimas.
—No te preocupes, Kiru. Eso fue hace cinco años. Para cuando aparecieron esos monstruos... lo más probable es que mis padres ya estuvieran muertos.
Y entonces, los recuerdos volvieron: claros y crueles, como si hubiera ocurrido ayer.
⟡ ⟡ ⟡
—Tranquila, cielo, volveremos en una hora, ¿vale? Esta estupenda muchacha se encargará de ti mientras tanto —dijo su madre, depositando un beso rápido en su frente.
Una más joven Lettiel, puso las manos en los hombros de Erika para tranquilizarla mientras le dedicaba una sonrisa cálida cada vez que sus miradas se cruzaban.
—Si eres buena con esta buena chica —añadió su padre, guiñándole un ojo —te prometo que volveremos con un regalito. ¿Qué te parece aquella bufanda roja que te gustó tanto en el mercado?
Los ojos de la pequeña Erika brillaron como faroles.
—¡Si, papá! ¡Volved pronto, porfa! —dijo, abrazando con fuerza su pierna.
Su rubia madre rio, acariciándole con ternura el cabello justo antes de despedirse y finalmente ambos partieron, alejándose entre la multitud.
Erika agitó la mano en la entrada de aquella taberna hasta que sus siluetas desaparecieron entre la marea de gente.
—Vamos, vamos, cielo —dijo Lettiel entonces, con voz cariñosa—. Te prepararé un jugo con el toque especial de la casa.
—¡Si, por favor! —respondió Erika con entusiasmo infantil.
#1131 en Fantasía
#658 en Personajes sobrenaturales
#296 en Joven Adulto
aventura epica, terror fantasia oscura misterio suspenso, fantasía osura
Editado: 09.04.2026