Portadores De La Llama I

CAPÍTULO 4

Sombra Entre Los Árboles

La noche aún era joven en Velanthir.

A las afueras de la ciudad, en los márgenes del bosque del Manto Gris, los árboles se sacudían inquietos y una bandada de cuervos alzaba el vuelo, espantada por algo que se avecinaba.

—¿Qué pasa? —escupió el chico con descaro y aires de superioridad—. ¿Te tiemblan las patas ahora que ves que no voy de farol? Quizá no seas tan descerebrado como pensaba...

El monstruo rugió con tal fuerza que la onda sonora azotó las copas de los árboles, deshojándolos. Y sin más, cargó contra él como una avalancha.

—¡E-Está loco! ¡Esa cosa lo va a aplastar! —balbuceó Kiru, con el sudor helado recorriéndole la frente.

Pero el muchacho no se movió hasta el último instante.

Entonces con una agilidad inhumana se deslizó bajo el vientre de la criatura llevándose consigo las katanas que en su momento había clavado en su cola para impulsarlas hacia el cielo y, con un salto preciso, las atrapó en pleno aire..

Giró sobre sí mismo y aterrizó sobre el lomo de la bestia con la facilidad de un acróbata.

—¡JAH JAH JAH JAH JA! ¡Menudo chucho más idiota! —bramó entre carcajadas mientras hundía ambas hojas en la columna del monstruo.

El alarido resultante estremeció la tierra, moviendo las piedras.

—Increíble... —murmuró Kiru, boquiabierto—. No solo es rápido, si no que también pelea con una estrategia precisa. Igual que Erika cuando me lanzó aquel petardo para distraerme. Tengo tanto que aprender...

Desde la distancia, Erika observaba con el corazón desbocado, con la mirada fija en esa silueta que desafiaba a la bestia con tal desparpajo.

«¿Ese chico... también tiene poderes como Kiru?» pensó un con un nudo en la garganta.

—¡JAH JAH JAH JAH! ¡Mira cómo sangras, chucho! ¡Te vas a quedar seco! —gritaba el desconocido, enajenado, mientras apuñalaba una y otra vez, salpicando de sangre el suelo y su propio torso desnudo.

Kiru, fascinado y poco después aterrado, apenas pudo reaccionar cuando algo llamó su atención.

—Oh, no... —susurró, antes de salir disparado con velocidad felina.

Logró interceptar la cola del monstruo justo antes de que esta pulverizara al espadachín. La sostuvo con todas sus fuerzas, clavando los talones en la tierra.

—¡¿Eh?! ¿Y tú quién demonios eres? —gruñó el muchacho al notar que alguien había frenado el golpe.

—¡Eso no importa! ¡Tenemos que acabar con esto ya! —replicó Kiru, tensándose hasta que los músculos de sus brazos ardieron.

El chico soltó una risita ronca, ladeando la cabeza.

—Eso no hacía falta que me lo digas...

Pero la bestia se revolvió con furia, y con un coletazo brutal lanzó a Kiru por los aires, estrellándolo contra varios troncos. El impacto hizo temblar el bosque; la sangre le brotó de la boca al caer de rodillas.

—¡Aagh! Mierda... es aún más fuerte de lo que pensaba... —jadeó, mirando su mano teñida de rojo.

El espadachín lo miró de reojo, esbozando una sonrisa burlona mientras se tambaleaba tras haber caído al suelo por los movimientos de la bestia.

—Eh, tranquilo, gatito... ¿Te dolió? —ironizó con tono casi amistoso, aunque la chispa de locura seguía en sus ojos—. No era mi intención, ¿sabes?

La criatura se le acercaba lentamente mientras del hocico goteaba sin cesar saliva mezclada con sangre a partes iguales. Ya estaba casi encima, a apenas dos metros.

El muchacho adoptó una pose extraña, una katana oculta tras su espalda, preparado para desatar el contraataque.

—Creo que podemos dejar esto en... un empate, ¿no crees, perrito? —murmuró con una sonrisa torcida.

Y justo en ese instante...

—¡EEEEH, BESTIA! —la voz de Erika retumbó desde los árboles.

El espadachín y la bestia se giraron un instante.

Allí estaba ella, fuera de su escondite, con el rostro pálido pero decidido, intentando llamar la atención de la criatura.

El monstruo detuvo su embestida. Su cabeza giró lentamente hacia ella con los ojos inyectados en sangre.

Pero tras un segundo, volvió a centrar la vista en el muchacho del cabello blanco, como si lo reconociera como su verdadero rival.

«No... tú me vas a mirar», pensó Erika con el corazón encogido, mientras desataba todos los petardos que llevaba al cinturón.

Sus manos temblaban, pero sus ojos ardían con resolución.

Kiru, aún adolorido en el suelo, levantó la vista y la vio en la distancia.

—¿¡Erika!? ¡¿Qué estás haciendo?! —exclamó con la voz rota, forzando su cuerpo a levantarse.

El espadachín albino soltó una carcajada desquiciada, sin apartar la vista del monstruo.

—Tienes agallas, niña... pero si quieres salir viva será mejor que te esfumes.

Entonces, la oscuridad del bosque se quebró.

Una explosión ensordecedora iluminó el cielo como si la luna se hubiera convertido en sol.

El rugido de la criatura resonó hasta en las murallas de Velanthir, los árboles se sacudieron y las aves que quedaban huyeron en masa.

Solo Erika se había cubierto los ojos a tiempo, pudiendo ver con claridad la silueta del monstruo retorciéndose, cegado y desorientado.

Aprovechó ese instante y corrió hacia la criatura.

Con un grito ahogado, se aferró a su pata y hundió su daga en la carne del titán, apretando los dientes con furia para no soltarla.

El primero en recuperar la visión fue el espadachín. Sus pupilas se dilataron... y soltó una carcajada histérica.

—No me jodas... —murmuró, con voz ronca y eufórica—. ¡Joder, chica! ¡Creía que yo era el más loco aquí, pero me estás robando el título! ¡JAH JAH JAH JAH!

Recogió sus espadas del suelo y las alzó hacia el cielo.

—Hasta aquí llegaste, chucho... —espetó con tono firme, con los ojos destilando demencia.

La bestia, tambaleante, parpadeó. Su visión regresaba y lo primero que vio fue la figura del chico saltando por los aires.




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