El Nuevo Cazador
—¿Así que esa mujer te dijo que no intentaras descubrir tu pasado? —preguntó Rikhart mientras el grupo avanzaba por un sendero embarrado, rodeado de árboles que parecían cuchillas negras bajo la neblina.
Kiru había relatado lo ocurrido con la extraña mujer del cabello celeste. Su voz sonaba inquieta, como si cada palabra aún le pesara.
—Así es —respondió finalmente—. ¿Qué opináis?
—Pues que no le hagas caso —dijo Erika con franqueza, apartando una rama con cuidado—. Seguro que era una loca. ¿Qué tiene de malo querer saber quién eres?
—Lo sé... —Kiru bajó la mirada, sus botas hundiéndose en el lodo—. Pero no parecía que mintiera.
El silencio se extendió entre ellos, roto solo por el murmullo distante del bosque. Hasta que Kiru volvió a hablar:
—Rikhart, ¿tú sabes qué son los Portadores de la Llama Primigenia?
Rikhart arqueó una ceja, sorprendido por la pregunta.
—He oído historias... —gruñó, frotándose la barbilla—, pero nunca me importaron demasiado. Ya sabes... lo único que me ha interesado es ser el mejor en lo mío.
Kiru suspiró, decepcionado. Pero Rikhart notó el peso en sus palabras y decidió esforzarse.
—Solo sé que... los llamaban dioses —añadió con voz grave, rascándose la nuca con cierta incomodidad—. O semidioses... algo así.
Kiru levantó la cabeza con la mirada expectante.
—B-bueno, eso escuché de niño. Y ya sabes... los niños escuchan muchas tonterías.
—¿Recuerdas algo más? —insistió Kiru, como si necesitara aferrarse a cada detalle.
—Solo que eran varios. Y que vivían en un reino lejano. Eso decían.
—Sí, yo también escuché esas leyendas —intervino Erika, adelantándose un poco y volteando hacia ellos—. En las Ciudades Libres no gusta hablar de dioses exteriores, pero se dice que todos ellos murieron en una gran guerra hace siglos.
Rikhart soltó un suspiro, aliviado de que Erika le quitara el peso de la conversación.
—¿Dioses exteriores? ¿Cuántos dioses hay exactamente? —preguntó Kiru.
—Depende a quién le preguntes —dijo Erika con un gesto ambiguo—. Algunos creen en uno solo, lo llaman Dios o la OmniAlma. Es al dios en el que creen las ciudades libres, como en Velanthir. Pero más allá del Manto Gris, todavía hay creencias antiguas.
Kiru la observó, intrigado.
—¿Y tú? ¿Crees en ellos?
Erika se encogió de hombros, mirando la niebla como si buscara algo en ella.
—No lo sé. Pero estoy segura de que existieron. Hay ruinas y reinos caídos... señales de guerras que nadie podría haber hecho. Incluso dicen que en el bosque del Manto Gris, hace muchos años, existía un gran reino.
Kiru quedó en silencio. Las palabras se le clavaron como una espina. Quiso responder, pero entonces...
Una figura emergió de la niebla.
Un hombre encapuchado, envuelto en atuendos oscuros, que parecía beber la luz nocturna del bosque. Su sola presencia hizo que el aire se tensara...
—¿A-administrador? —balbuceó Kiru, tensándose—. ¿Cómo supo que estábamos aquí?
El hombre no respondió. En cambio, lanzó un saco de monedas que Kiru atrapó al vuelo. El peso del oro se sintió contundente en sus manos.
—Guau... ¿De verdad tanto? —murmuró Kiru. Pero su expresión cambió al recordar a la bestia—. Espera un momento... ¡Nos dijiste que era una presa fácil! ¿Por qué nos mentiste?
El Administrador inclinó apenas la cabeza, dejando entrever una sonrisa torcida y afilada como un filo oculto.
—A mi juicio, así era... Desprovista de conciencia, mero amasijo de carne colérica. Fácil presa para un cazador...
—¡JA! El viejo anticuado tiene razón —intervino Rikhart, soltando una carcajada áspera—. Hay bestias mucho peores... guerreros experimentados, otros cazadores de élite...
—¿Otros cazadores? —repitió Kiru, ladeando la cabeza.
—Cierto es —asintió el Administrador—. Todo ser puede tornarse en botín, si hallase quien pague por su recompensa. De ahí este signo —añadió, tocando con dos dedos enguantados la capucha que ocultaba sus ojos.
Rikhart sonrió con sorna, acercándose al administrador.
—Bueno, viejo... dime, ¿cuánto cobras por ser el administrador de Kiru, eh? —preguntó mientras le pasaba un brazo por los hombros, como si fueran viejos camaradas.
—Diez por ciento —respondió el hombre con su sonrisa habitual... justo antes de que su brazo se deshiciera del peso de Rikhart con un movimiento tan sutil y veloz que apenas pareció real.
El joven cazador parpadeó, sorprendido por su agilidad, pero mantuvo la compostura, esbozando una media sonrisa.
—¡Perfecto! Entonces ya tienes dos cazadores bajo tu mando —declaró Rikhart con desparpajo, sacando su viejo contrato de su chaqueta y rasgándolo sin titubear—. Hazme un contrato, viejo. Me llamo Rikhart Varmhold.
—¡¿Rikhart?! —exclamó Kiru, viendo los restos del contrato volar en el aire como cenizas.
—¡Eh! ¿Y quién te ha invitado a unirte al equipo? —protestó Erika inflando las mejillas.
El Administrador los observó en silencio durante unos segundos... hasta que su sonrisa se abrió como una grieta oscura en la penumbra.
—Muy bien, mozo... Mas a vos haré exigir la mitad de cuanto ganéis en vuestras cacerías, un cincuenta por ciento. Y habréis de compartir botín y fatigas con Kiru.
—¡¿QUÉ?! ¡¿A qué viene eso, fósil decrépito?! —Rikhart apretó los dientes con la rabia ardiendo en su mirada... mientras Erika le sacaba la lengua con gesto burlón por detrás.
El Administrador no respondió. Solo lo miró. Esa mirada, fría e inmutable, pesaba más que mil palabras.
Rikhart apretó los puños... y, tras unos segundos, soltó el aire con un gruñido resignado.
—¡Bah! Me da igual. Acepto el contrato. Total... juntos acabaremos con cualquier cosa que respire —dijo girando la mirada hacia Kiru con una sonrisa desafiante, casi salvaje.
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Editado: 09.04.2026