Las Llamas Del Origen
El pasillo de la entrada a la academia parecía no tener fin. A cada paso, los muros de piedra se estiraban como si se burlaran de su percepción. Y, sin embargo, allí dentro, el espacio se estiraba como si se tratara de un sueño.
Rikhart entrecerró los ojos y tragó saliva.
—¿Qué demonios...? —murmuró con voz grave—. Llevamos andando más de un minuto y ni se ve el final. ¿Qué sentido tiene un pasillo así?
El silencio pesaba como plomo. Ninguno respondió.
Fue entonces cuando, a lo lejos, una luz se insinuó. Primero como un resplandor tenue... luego, como la promesa de una salida.
—Vaya... debería quejarme más seguido —soltó Rikhart con un suspiro, llevándose la mano a la cara con fingido fastidio.
Avanzaron hasta cruzar el umbral. Y entonces, el aire les robó el aliento.
La sala era colosal, un océano de piedra y conocimiento. Estanterías que rozaban las alturas se erguían como torres infinitas, en ellas reposaban volúmenes encuadernados en cuero gastado, pergaminos amarillentos y códices cubiertos de polvo ancestral.
Las filas se extendían en todas direcciones, como un laberinto sin fin.
Figuras jóvenes, enfundadas en túnicas azules y gorros de estudiantes, se movían en un silencio casi religioso, sosteniendo libros con sutileza casi señorial.
El trío se detuvo, abrumado por la inmensidad.
Erika abrió los ojos con asombro puro, la boca entreabierta, sin poder pronunciar palabra.
Rikhart arqueó una ceja al notarla.
—¿Qué pasa, niña? ¿Nunca has visto libros? Es algo muy sencillo, ¿sabes? —gruñó, aunque su propia mirada lo traicionaba.
—¡Ja! No disimules. Tú también estás con la boca abierta —replicó Erika, sin apartar los ojos de las estanterías que parecían no tener fin.
Kiru, ajeno a la discusión, se aproximó a un muchacho que no aparentaba más de catorce años.
Su túnica impecable lo marcaba como aprendiz.
—Disculpa... ¿Sabes cómo podríamos contactar con la mujer que responde cualquier pregunta?
El chico se giró lentamente.
Sus ojos, fríos como la escarcha, recorrieron a Kiru con un destello de desdén.
No dijo una sola palabra. Simplemente volvió a girarse y continuó colocando libros, con movimientos lentos y precisos, como si ellos no fueran nada.
Rikhart apretó los dientes.
—Vaya... mucho saber, pero poca educación... —Masculló, apoyándose con descaro en la estantería. Su mano se deslizó hacia el mango de una de sus katanas.
—Déjalo, Rikhart —intervino Kiru sin alterarse con una débil sonrisa—. Si me hubiera encendido cada vez que ayer alguien hubiera evitado hablarme... Entonces Velanthir estaría ardiendo.
El silencio volvió a reinar, espeso como humo.
Y entonces, una voz femenina emergió.
—Habéis venido a buscar respuestas. A la Gran Oráculo de Velanthir. ¿Me equivoco?
La voz resonó en cada rincón, grave y profunda, como si los libros mismos hablaran.
Rikhart se tensó al instante. Soltó la estantería con brusquedad y carraspeó, incómodo ante la voz.
—Así es —respondió Kiru, firme, alzando el rostro hacia las alturas—. Tenemos dinero, si eso supone un problema.
Una risa suave y etérea flotó en el aire como un soplo helado.
—Ya lo sabía, Kiru. Acercaos. Por el pasillo central.
Los tres intercambiaron una mirada. Ninguno había pronunciado el nombre de Kiru antes.
El aire se volvió más denso, como si algo invisible los rodeara. Pero obedecieron.
—Una Oráculo... —susurró Kiru para sí—. Veremos si puede responder a lo que busco.
El pasillo los condujo hasta unas puertas de vidrieras antiguas. Sobre el cristal, relieves de constelaciones y lunas parecían brillar con luz propia.
Se abrieron sin que nadie las tocara, como movidas por una voluntad ancestral.
Un murmullo se filtró desde el interior, semejante al sonido de hojas arrastradas por el viento.
Entraron. Las puertas se cerraron tras ellos con un golpe seco que resonó en el corazón del lugar.
El interior estaba envuelto en sombras líquidas... hasta que, de pronto, cientos de velas azules cobraron vida a la vez.
El resplandor fue espectral, proyectando sombras danzantes que parecían moverse con intención propia.
Ante ellos se alzaba una cámara sin ventanas. El aire olía a pergamino, cera y algo más... algo arcano.
Estanterías repletas de grimorios y códices se apiñaban en las paredes, cubiertas por polvo añejo.
Sobre el suelo, un círculo de runas ardía con fuego azulado, y en el centro, aguardaba ella.
Estaba sentada sobre el mismo suelo, con las piernas recogidas bajo un kimono azul noche que se extendía como un lago oscuro. Cada hilo del tejido parecía bordado con estrellas, formando constelaciones que titilaban suavemente.
Su cabello, negro como la obsidiana, caía en cascadas hasta perderse en el suelo. Y sus ojos... dos abismos azules profundos que atrapaban la mirada con una quietud antinatural.
—¿Es usted la...? —empezó Kiru con su voz resonando apenas sobre el silencio expectante.
—Oráculo, sí —respondió la mujer, sin mirarlo aún, mientras jugueteaba con una esfera luminosa que flotaba sobre sus dedos. Una luna en miniatura, girando lentamente, proyectando destellos plateados sobre su piel tatuada—. Puedes preguntar lo que desees, y te lo responderé con certeza. Pero recuerda esto, Kiru: el conocimiento tiene un precio. Esta academia no se construyó por arte de magia—. Añadió, con una sonrisa afilada.
Su tono era suave, casi melódico. Kiru asintió sin vacilar. Tomó el saco de monedas que llevaba colgado al hombro y lo lanzó frente a ella. El cuero golpeó el suelo con un sonido opaco.
—¿Será suficiente? —preguntó, firme.
La Oráculo lo contempló en silencio, mientras la pequeña luna seguía orbitando sus dedos.
Luego dejó que la esfera se desvaneciera con un simple gesto y, luego, sonrió. No con calidez, sino con curiosidad.
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Editado: 09.04.2026