Los Ojos De La Presa
Las puertas de la Academia se abrieron con solemnidad, dejando escapar un murmullo de aire antiguo.
Tres figuras emergieron desde las sombras de aquel lugar que olía a incienso y secretos. Sus pasos resonaron sobre las losas mojadas, cargados de revelaciones que pesaban más que el acero.
Pero, desde lo alto de un tejado, alguien los observaba. Silencioso. Paciente. Y esta vez... no era Kaelis.
«Vaya, vaya... Así que era cierto. El bastardo de Kael ha vuelto.»
La silueta pertenecía a Kaor, recién llegado a Velanthir, ahora envuelto en una túnica negra que ocultaba su cuerpo por completo. Su capucha proyectaba una sombra perpetua sobre su rostro.
«Tranquilo, Kaor... No es el momento. Déjale creer que es libre. Déjale creer que tiene el control.»
Su sonrisa emergió bajo la tela: una mueca torcida retorcida por una emoción oscura que nada tenía que ver con la cordura.
«Cuando se aleje de estas tierras... entonces empezará el juego.»
El pelirrojo invisible se agachó, tensando los músculos como una bestia contenida. Sus ojos, dos brasas enfermizas, ardían con expectación.
«Prepárate, chaval. No lo sabes aún... pero yo te abriré los ojos. Por las buenas... o por las malas.»
Con un giro ágil, desapareció entre los tejados, dejando tras de sí el crujido fugaz de las tejas y el susurro de su capa.
En la calle, el aire olía a lluvia y hierro.
Rikhart fue el primero en romper el silencio, con la desfachatez que lo caracterizaba.
—Entonces... ¿Eres el maldito creador de los humanos, eh? —tronó su voz cargada de sorna—. ¡Y yo pensando que sería el líder del grupo! Pero así me lo pones imposible, chaval... —remató con una carcajada que resonó en los callejones de Velanthir.
Kiru no rio. Sus ojos estaban clavados en sus propias manos, como si las acabara de descubrir otra vez.
—Ni yo sé qué significa eso —susurró; su voz sonó hueca, distante, como si hablara desde otro mundo—. Tengo aún más preguntas que antes.
Rikhart, incapaz de tolerar la solemnidad, se encogió de hombros con un gesto teatral.
—Pues tiene fácil solución: cazamos unas presas, llenamos los bolsillos y dejamos que esa mujer nos aclare las cosas —dijo, llevándose una mano al mentón en una falsa pose filosófica—. Aunque ahora que lo pienso... ¿cómo debería llamarte? ¿"Mi señor"? Nah, suena muy humano...
Kiru levantó la mirada, ya anticipando lo que venía.
—¿"Mi dios"? No, demasiado sectario... —prosiguió Rikhart, sonriendo con todos los dientes—. ¡Ya sé! Te llamaré...
No llegó a terminar. Kiru se movió como un relámpago y lo atrapó por el cuello amistosamente.
—Corta el rollo ya, Rikhart. No he cambiado. No tenéis que mostrar respeto ni temor.
—¡AGH! ¡Me estás asfixiando, Dios mío! —graznó el cazador entre carcajadas, intentando zafarse—. Perdón por mi ofensa, su Santidad... —añadió con una exagerada reverencia cuando Kiru lo soltó.
Kiru alzó el puño en un gesto amenazante que era más cálido que agresivo, mientras Rikhart retrocedía con los brazos en alto, fingiendo pánico.
—¡Oh, no! ¡El castigo divino! —exclamó, en tono burlón.
Pero entonces, la voz de Erika cortó la comedia como un cuchillo.
—Entonces... —dijo, su tono tembló como una cuerda tensa—. Si lo que dijo Kaelis es cierto... ¿significa que si recuperas tus recuerdos... se perderán los de ahora?
El sonido del agua goteando desde un canalón llenó el silencio.
Kiru se giró lentamente. Su rostro se endureció con un peso invisible.
—Erika... No dijo que perdería la memoria. Solo dijo que... todo de mí desaparecería... creo...
—Eso es lo mismo —susurró ella, bajando la cabeza.
Rikhart, incómodo, se agachó un poco y avanzó hasta quedar junto a ella, intentando sonar alegre:
—No tiene por qué ser eso. Quizá se refería a sus pertenencias físicas... sus armas, su ropa...
—¿Hasta sus amigos? —disparó Erika, clavándole una mirada que lo atravesó como una flecha—. No ayudas nada.
Se apartó, alejándose con pasos cortos, pero cada uno sonaba como un portazo en el pecho de Kiru.
Este lo fulminó con la mirada, y Rikhart solo levantó las manos en gesto de inocencia, esbozando una sonrisa incomoda.
—Espera, Erika —dijo Kiru, saliendo tras ella.
La joven se detuvo con la capucha cubriéndole el rostro.
—Si Kaelis tuviera razón... no te preocupes. No pienso averiguar mi pasado. No lo necesito realmente... si os tengo a vosotros —dijo con suavidad, apartando a la multitud con pasos decididos hacia ellos—. Además, ¿cómo podría olvidarme de vosotros dos? Es evidente que no podría hacerlo.
—¿Y si lo recuperas por accidente? —replicó Erika, con una voz quebrada—. ¿Y si te olvidas de nosotros?
Kiru se quedó inmóvil. Cerró los puños con fuerza, bajando la mirada un instante. El silencio pesó... hasta que, al alzarla de nuevo, sus ojos ardían con resolución.
—Entonces lucharé con todo lo que tenga. Lucharé por no olvidaros. Erika... ¿cómo podría olvidaros?
Erika se quedó petrificada, con los labios temblando, hasta que giró sobre sus pasos y corrió hacia él lanzándose a su cintura en un fuerte abrazo.
Kiru la abrazó de vuelta con una ligera sonrisa que deslumbraba comprensión.
Los transeúntes los observaban. Algunos con rabia, otros con desprecio, y unos muy pocos con cierta ternura.
Rikhart, al ver aquellas miradas, desenvainó ambas katanas y las lanzó con una precisión absoluta. El metal vibró al clavarse en la piedra a ambos lados de la calle, rozando a varios curiosos.
—¡Largaos... YA! —rugió, con una sombra oscura en el rostro que lo volvía irreconocible.
El callejón quedó vacío en cuestión de segundos. El eco del acero aún temblaba en el aire.
Erika finalmente soltó a Kiru, y este no tardó en mostrar una expresión preocupada y seria.
#1131 en Fantasía
#658 en Personajes sobrenaturales
#296 en Joven Adulto
aventura epica, terror fantasia oscura misterio suspenso, fantasía osura
Editado: 09.04.2026