Portadores De La Llama I

CAPÍTULO 8

El rostro tras la máscara

La mañana despuntaba sobre Velanthir como un filo de luz cortando la niebla.

El murmullo del despertar se extendía entre calles adoquinadas: toldos de tela deshaciéndose de la humedad, comerciantes desplegando sus puestos y carretas chirriantes cargadas de grano y carbón.

El aroma a pan recién horneado se mezclaba con el hedor metálico de la forja y el olor agrio de las bestias de carga.

Entre todo ese caos matutino, tres figuras recorrían las arterias de la ciudad: dos cazadores y una ladronzuela que conocía cada sombra mejor que la luz.

Preguntaban, tanteaban, buscando un nombre que sonaba como un eco prohibido:

Saethar.

Un hombre delgado, cabello verde y un parche en el ojo.

—Esto es increíblemente aburrido... —gruñó Rikhart, rascándose la nuca con gesto exasperado—. Nadie suelta prenda, y los que parecen saber algo se largan como ratas en cuanto oyen el nombre.

—Bienvenido a Velanthir —resopló Kiru, igual de cansado—. La ciudad donde, si no tienes monedas, te patean el culo sin remordimientos...

Pero entonces Kiru se detuvo un instante, como si una chispa hubiera cruzado su mente.

—Erika... ¿Y si preguntamos a Lettiel? Quizá ella sepa algo...

—Sí... puede ser buena idea —respondió Erika, aunque antes clavó una mirada severa en Rikhart—. Pero compórtate, ¿eh? Ese sitio es como mi hogar. Por eso os llevé a una taberna distinta anoche.

Rikhart abrió los ojos como platos, llevándose la mano al pecho en gesto teatral.

—¿¡Pero por quién me tomas, renacuaja!? ¿Por un animal?

—Eso mismo —replicó Erika, con la misma frialdad que un filo.

Kiru soltó una carcajada breve, antes de girarse hacia ellos:

—Vamos. No hay tiempo que perder.

Mientras avanzaban, siguieron interrogando a todo aquel que pareciera mínimamente accesible: campesinos con manos agrietadas, mercaderes inquietos, mendigos con mirada perdida. Pero siempre recibían lo mismo: evasivas, silencios y miradas huidizas que parecían gritar algo que nadie se atrevía a poner en palabras.

Hasta que, inesperadamente, una voz infantil rompió la monotonía:

—¡Claro que lo conozco! Es el señor que a veces viene a casa para hablar con mi mamá.

Kiru apenas registró la frase, respondiendo por inercia mientras se alejaba:

—Sí, sí, ya lo sé, disculpa las molesti... —Se detuvo en seco, girándose con asombro—. ¿¡QUÉ!?

El niño, de no más de ocho años, tenía el cabello castaño despeinado y ropas humildes, remendadas en varias costuras. Su rostro irradiaba esa inocencia que solo sobrevive en quienes aún no han probado la crueldad del mundo.

—Sí, si queréis podéis esperarlo en mi casa. Mi mamá no se va a enfadar —añadió con despreocupación.

—Joder... Si me dicen que el único que nos daría información sería un mocoso, no me lo creería —farfulló Rikhart, maravillado, justo antes de que Erika le estampara una patada en la espinilla—. ¡AAH! —chilló, doblándose del dolor.

Erika se agachó hasta la altura del niño, suavizando el rostro con una sonrisa dulce.

—Dime, amigo... ¿Puedes contarnos cómo es ese tal Saethar? Es amigo de estos dos, pero yo aún no le conozco.

Los ojos del pequeño brillaron con intensidad:

—¡Claro! Me cae muy bien. Siempre me trae regalos para alegrarme el día. Es mi mejor amigo, aunque lo vea poquito...

Justo entonces, un perro marrón de tamaño mediano irrumpió corriendo, ladrando mientras se acercaba.

—¡Budky! ¡Te dije que te quedaras en casa! ¡Otra vez te has escapado! —dijo el niño, abrazando al animal con fuerza.

El perro jadeaba pero en cuanto sintió el contacto del niño, relajó la postura y le lamió la mejilla con devoción.

—Alaa, qué bonito... Yo solo tuve un gato hace años —comentó Erika, inclinándose para acariciar al animal.

Su mano se hundió entre el pelaje sin problema.

Kiru, por su parte, puso los ojos en blanco al recordar de dónde venía su nombre.

—Es muy bueno, podéis tocarlo si queréis —ofreció el niño, sonriente.

Pero cuando Kiru y Rikhart dieron un paso adelante, el perro se revolvió como una bestia salvaje, enseñando los colmillos con un gruñido gutural que heló el aire.

Ambos se apartaron de un salto, instintivamente tomando una posición de combate.

—¡Eh, niño! ¡Controla a esa cosa! —bramó Rikhart, retrocediendo un par de pasos.

—Lo siento... nunca se pone así, no sé qué le pasa. Conmigo es muy bueno —respondió el niño, frotando su mejilla contra la del perro con un cariño inocente.

—Sí, y conmigo también —añadió Erika con una sonrisilla traviesa, lanzándoles una mirada que rezumaba sorna.

Kiru se agachó, manteniendo una distancia prudente.

—¿Cómo te llamas, chico?

—Lucien —respondió él, sin titubear.

—Bien, Lucien... ¿De verdad te cae bien ese Saethar? —preguntó Kiru, con la mirada fija en sus ojos, buscando la mínima señal de engaño.

—¡Sí! Me trata como si fuera su amigo de toda la vida. Aunque... —El niño bajó la voz, mirando hacia un lado— he notado que no se lleva bien con los demás. Y cuando habla con mi mamá, ella intenta ocultarme una cara triste... Pero yo no soy tonto.

«Es extraño... No parece estar mintiendo, pero hay algo que no cuadra. ¿Por qué se llevaría tan bien con un niño, pero causaría rechazo en los demás? Los pueblerinos palidecen al oír su nombre... Es miedo puro...», pensó Kiru, llevándose la mano a la barbilla.

—¿Dónde está tu casa, chaval? —preguntó Rikhart sin rodeos, cruzando los brazos.

—¡Justo esa de ahí enfrente! —respondió Lucien con una sonrisa amplia, señalando una casa al otro lado de un canal artificial que reflejaba el cielo gris como un espejo sucio.

La fachada de la casa lucía humilde, con la pintura descascarada y un farol apagado que pendía de una cadena oxidada.

—¿Queréis pasar a esperarlo? —añadió el niño, tan alegre que parecía inmune a sospechas—. Suele venir por las noches.




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