Descenso A La Locura
La tarde moría lentamente sobre Velanthir cuando los tres llegaron al límite de los acueductos.
El cielo, teñido de un rojo enfermizo, se reflejaba en el lago artificial donde confluían todos los ríos del sector. Aguas quietas, inmóviles como un espejo muerto, custodiadas por decenas de bocas negras que se abrían en las paredes de piedra conduciendo a los acueductos.
El silencio era tan espeso que hasta el zumbido de un insecto habría sonado como un grito.
—¿Es aquí, Erika? —preguntó Kiru con la mirada fija en las aguas.
—Sí... si aquella mujer decía la verdad —respondió ella, insegura, con los dedos apretando contra su ropa.
—Entonces no hay tiempo que perder.
No hubo más palabras.
Los tres cruzaron la primera boca visible. El aire cambió de inmediato: pesado, húmedo, con un olor a moho y sangre vieja que se pegaba a la piel. Cada paso los hundía más en la oscuridad, donde el silencio tenía ecos que no les pertenecían.
El túnel era tan estrecho que apenas cabía una persona a la vez. El techo bajo los obligaba a agachar la cabeza, y el sonido del agua goteando desde las paredes se mezclaba con el curso de canales angostos que corrían bajo sus pies, alimentando las entrañas de la ciudad.
Erika sacó una pequeña caja de cerillas y encendió una. La llama débil tembló en la penumbra, iluminando apenas sus rostros.
—No es mucha luz... pero servirá por ahora —murmuró, intentando sonar firme.
—Bien pensado, enana. Ya empezaba a agobiarme no viendo una mierda —gruñó Rikhart, algo más aliviado.
Kiru no reaccionó. Caminaba primero, el rostro serio, la mirada fija al frente como si nada más existiera. Ni siquiera giró cuando Erika habló.
—Tranquilo, Kiru... Lo detendremos. Vamos a parar a ese monstruo —dijo Erika en voz baja, acercándose un poco a él.
—Sí... —respondió sin mirarla, apenas un susurro—. Lo haremos.
☽ ☽ ☽
Pasó más de media hora de búsqueda. Túneles interminables, todos iguales, retorciéndose como vísceras de piedra. El aire se volvía más pesado, como si las paredes se cerraran poco a poco.
—Esto es inútil... —murmuró Kiru, deteniéndose un instante, con el pecho subiendo y bajando como un fuelle roto—. Llevamos demasiado tiempo aquí abajo y aún nada...
Su voz temblaba. No de miedo, sino de desesperación.
—Como esa asquerosa nos haya mentido... juro que la reviento —masculló Rikhart.
Erika encendió otra cerilla y sus dedos temblaron. El fuego iluminó brevemente sus azules ojos, donde el cansancio empezaba a mezclarse con un brillo de ansiedad.
De pronto, Kiru se giró hacia ellos, con el rostro tenso, las venas marcadas en las sienes.
—Rikhart. Separémonos.
El cazador dio un paso atrás, sorprendido por su propuesta.
—¿Estás seguro? No sé si eso es buena idea... —replicó con un tono que sonaba extrañamente sensato.
—¡NO HAY TIEMPO! —gritó Kiru, con el eco rebotando como un rugido en la piedra—. ¡Lucien podría estar viviendo una pesadilla ahora mismo!
Dio un paso hacia ellos, pero se detuvo de golpe, respirando con violencia. Erika se sobresaltó y se colocó instintivamente al lado de Rikhart.
La sombra del cazador la cubrió.
Kiru soltó un suspiro largo, intentando no añadir más fuego al incendio.
—Lo siento... —murmuró Kiru, bajando la cabeza un instante—. Es solo que... cada minuto que pasa podría ser el último para él.
—Lo entiendo... —Asintió Rikhart, tras unos segundos de silencio—. Cada minuto cuenta.
Kiru levantó la mirada con la decisión tallada en sus ojos.
—Erika, quédate con Rikhart. Yo soy más rápido. Si encontráis algo, usa uno de tus petardos. Vendré en cuanto lo escuche.
—Kiru... —susurró Erika con la voz temblando como la llama de su mano—. Por favor... Ten cuidado.
Él no respondió. Giró y se internó en una bifurcación más oscura, tragado por la negrura como una sombra que se disuelve en la noche.
Erika se quedó mirando el pasadizo vacío, con el corazón oprimiéndole el pecho.
Rikhart la observó en silencio unos segundos. Algo en sus ojos se movió. Algo parecido a la preocupación.
—Bien... en marcha, renacuaja. Kiru tiene razón. Cada segundo podría ser el último.
—Sí... Vamos —respondió ella, encendiendo otra cerilla mientras caminaban en la dirección opuesta a la que había tomado Kiru.
Kiru corría solo. El agua chapoteaba bajo sus botas, y cada eco sonaba como un grito lejano.
Los túneles eran un laberinto vivo, húmedo, asfixiante. El olor a podredumbre y hierro oxidado le quemaba la garganta.
«¿Dónde estás...?»
Su mente era un rugido. Sus pasos, latidos.
«¿Dónde...?»
De repente, se detuvo en seco. Unos murmullos se filtraban desde la lejanía, mezclados con el sonido constante del agua corriendo bajo sus pies.
No eran simples ecos: eran gemidos... débiles, quebrados, como si alguien agonizara con la garganta abierta en silencio.
Kiru contuvo la respiración. No podía asegurarlo por la distancia, pero su instinto le alertaba.
Había encontrado algo.
Avanzó, cada paso más lento, guiado por un resplandor rojizo que palpitaba al fondo del pasadizo. Con el corazón golpeando en sus costillas, se pegó a la pared y se asomó con cuidado.
Los oyó con claridad.
Susurros ahogados provenían de todas partes: del techo, de las grietas, del suelo... como si las paredes respiraran dolor.
Aquello no era un lugar. Era una condena. Un agujero donde el sufrimiento tenía voz.
Kiru saltó desde el borde del túnel, cayendo sobre una losa húmeda que resonó bajo su peso.
Y entonces lo vio.
Una vasta cámara subterránea se extendía ante él, devorada por sombras que danzaban al compás de las antorchas. No eran llamas normales: ardían con un rojo intenso, enfermizo, tiñendo el aire con un resplandor de pesadilla.
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Editado: 26.04.2026