El Despertar
El silencio que siguió a la explosión era sepulcral... y, sin embargo, todo vibraba. La cámara subterránea, antes lúgubre, ahora ardía bajo un resplandor antinatural: llamas negras que devoraban la luz.
El fuego se dispersó lentamente, dejando tras de sí un humo espeso, cargado de ceniza y olor a hierro. En medio del vapor ardiente, una figura emergió, erguida como un dios nacido del abismo.
Aquella figura estaba envuelta por llamas negras que fluían con lentitud por todo su cuerpo, como si fuesen parte de él. Su cabello era largo, negro como el carbón, cayendo hasta la cintura, moviéndose sin cesar con las sacudidas de la energía ardiente.
De sus orejas colgaban múltiples cuchillas finas como hojas, usadas como pendientes, que tintineaban entre ellas con un sonido metálico y casi musical. También llevaba varias cadenas con un aire arcaico, colgando de su cuello sobre su pecho desnudo, y en sus muñecas y tobillos lucía una especie de esposas de cuero negro.
Y esos ojos... dos pozos ardientes, negros como carbón fundido, perforando el mundo.
Y, sin embargo... alguien allí lo reconoció.
—¿Kiru? —susurró Erika, sin poder ocultar el asombro de ver a su amigo transformado en esa cosa.
Rikhart la miró perplejo.
—No... No puede ser él. ¿Qué demonios... le ha pasado?
Kiru no respondió ni una palabra. Solo caminó lento, hacia Saethar. Cada paso resonaba como un golpe de martillo, arrancando polvo de las piedras.
Su expresión era calma. Demasiada calma. Pero en lo profundo de esos ojos ardía algo primitivo e insondable.
Saethar, en cambio, sonrió como un niño frente a un juguete prohibido.
—ESPLÉNDIDO. —Su voz se quebró en carcajadas histéricas—. Jamás... Jamás en mi vida he visto algo así.
Se llevó una mano al pecho, extasiado, como si el espectáculo lo hiciera temblar.
—¿Qué te ha ocurrido, Kiru? No... no me lo digas. Lo averiguaré yo mismo—. Y, con un movimiento fluido, desplegó tres bisturís entre sus dedos, brillando bajo la luz rojiza.
Entonces, el tiempo se quebró.
Un destello negro. Un zumbido seco. Y en el siguiente parpadeo, Saethar salió disparado contra la pared, aplastado como un insecto. La piedra se fragmentó en una lluvia de escombros.
El médico no pudo esquivarlo.
—¡...! Interesante... —Tosió, con una sonrisa torcida, antes de que una sombra cayera sobre él como un relámpago.
Kiru se abalanzó con ambos puños, envolviendo el conducto en un infierno negro que desgarró la roca. El estruendo sacudió toda la cámara.
Agua hirviendo brotó en un chorro cuando el canal se partió en dos.
Saethar logró rodar a un lado, esquivándolo, con una sonrisa macabra.
—Magnífico... ¡MAGNÍFICO! —gritó, con los ojos desorbitados—. Esto... esto es más que un cambio... ¡Es un despertar!
Se incorporó, limpiando la sangre de sus labios, y giró el bisturí en su mano con un chasquido metálico.
—Oh, Dios... —susurró, con la voz impregnada de lujuria psicótica—. Va a ser tan... increíblemente satisfactorio diseccionarte.
Kiru, que lo había dejado hablar por unos segundos, se abalanzó de nuevo sobre él con una potencia desgarradora.
Pero Saethar esta vez reaccionó con mayor agilidad, esquivando con facilidad.
—Qué lástima... —musitó, aterrizando con una pirueta elegante, como un bailarín macabro—. Tus habilidades han aumentado, sí... Pero tu estilo... sigues siendo una bestia rabiosa e irracional. Qué aburrido.
Acto seguido, lanzó los tres bisturís a la velocidad de una serpiente, directos a la espalda de Kiru.
El primero se hundió en la carne, después el segundo y el tercero.
Pero Kiru ni se inmutó. Giró la cabeza, lento, como un cadáver reanimado... y los arrancó uno por uno, con un crujido húmedo.
Saethar sonrió aún más, extrayendo otra docena de bisturís de la nada, como si brotaran de su carne. Los giró en los dedos, emitiendo destellos carmesí bajo la luz enferma.
La presión en la cámara se volvió insoportable. Las piedras crujían. El agua hervía. El aire pesaba como plomo.
—¿Cre-crees que estará bien... Kiru? —preguntó Erika con inquietud.
Rikhart tragó saliva con los ojos clavados en la figura envuelta en fuego oscuro.
—N-no lo sé... —balbuceó, con la respiración temblorosa—. Jamás había visto algo así. Las únicas criaturas que cambian tan drásticamente su aspecto son las bestias de Varkhalem... pero Kiru aún habla... y no... no se ha convertido en una de ellas...
Las palabras se ahogaron en el estruendo que vino después.
Kiru se movió.
No hubo aviso. Ni un rugido previo.
Solo desapareció ante sus ojos.
Saethar apenas alcanzó a reaccionar, esquivando el primer golpe.
Una ráfaga de puños atravesó el aire, cada impacto dejando un arco negro y blanco que quemaba el oxígeno.
El médico giraba, rodaba, retrocedía, evitando todos los golpes de aquella tormenta de violencia.
—Vamos, vamos... —jadeó, riendo entre dientes mientras esquivaba otro golpe que pulverizó una columna—. ¿Eso es todo? ¿Un poco de rabia con llamas? No soy precisamente un prodigio del combate, ¡pero eres tan predecible...!
Entonces algo cambió.
La cadencia de los golpes se volvió irregular. Imposible de anticipar. La velocidad aumentaba. La agresividad crecía. Las llamas rugían con un tono más grave, como si cobraran vida propia.
Por primera vez, Saethar sintió un pinchazo incómodo en el pecho.
«¿Qué está pasando? Cada vez me cuesta más esquivar sus golpes... ¿Me estaré cansando? No... No es eso. Es él. Está aumentando su velocidad... pero... ¿de qué está hecho este tío? ¡Lo lógico sería que estuviera exhausto después de fallar tanto! Esto no es normal...»
Y entonces ocurrió.
Un puñetazo de Kiru se incrustó brutalmente en la mejilla de Saethar, enviándolo por los aires hasta el otro extremo de aquella sala de horrores.
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Editado: 26.04.2026