Portadores De La Llama I

CAPÍTULO 11

El Nacido Del Abismo

La noche aún era joven en Velanthir.

Las tabernas apagaban sus luces una a una; las calles dormían bajo un cielo cubierto de nubes pesadas, que olían a tormenta.

En una casa humilde, una niña de cabello oscuro estaba a punto de dormirse, cuando un temblor estremeció el suelo.

Las paredes crujieron, los vasos tintinearon con un sonido agudo, inquietante.

—¿Qué... qué pasa? —susurró, con la voz quebrada.

Corrió hacia la sala y halló a sus padres vistiéndose con movimientos torpes y urgentes.

—Mamá... ¿Qué está pasando?

—Cariño, escucha... tenemos que irnos —respondió la mujer, sonriendo con una serenidad forzada.

La niña los siguió hasta la calle, donde el aire estaba denso, impregnado de un zumbido extraño que parecía venir de todas partes. Un rugido apagado, profundo, como si algo gigantesco estuviera despertando bajo tierra.

—Mamá... tengo miedo... —murmuró, aferrándose con fuerza a la mano materna.

El padre la levantó en brazos, los músculos rígidos de terror.

—¡Al bosque! ¡Si salimos de la ciudad, estaremos a salvo! —gritó, la garganta arañada por el pánico.

El suelo vibraba. El aire olía a metal y ceniza, y bajo los pies, el temblor se volvió un latido.

En los túneles subterráneos, Rikhart y Erika también sintieron la sacudida.

El polvo se desprendía del techo en cascadas silenciosas, mientras el agua del canal oscilaba con violencia.

—¿Qué... qué es esto? —preguntó Erika, con la respiración entrecortada.

Su corazón lo sabía antes que su mente.

Rikhart apretó los dientes, inmóvil por un instante, hasta que la realidad lo arrancó de su trance. Sujetó a Erika por la cintura y comenzó a correr con fuerza brutal.

«¿Te has vuelto loco, Kiru...? Aunque acabes con Saethar así... ¡Todo esto se vendrá abajo!»

En la superficie, las aguas del lago artificial se agitaban como una bestia poseída. Olas frenéticas golpeaban las orillas, las compuertas retumbaban como tambores de guerra.

El cielo, ennegrecido, se iluminó por un instante con destellos blancos que parecían relámpagos... pero no había tormenta.

Y entonces...

¡¡¡ZRRRAAAAA-KHOOOOOMMMM!!!

Una explosión colosal desgarró el subsuelo.

El aire se volvió fuego.

El lago se evaporó en cuestión de segundos bajo la erupción de una columna de llamas negras con venas blancas que se alzó hacia las nubes como un obelisco demoníaco.

En la distancia, bajo la penumbra, una figura encapuchada observaba la devastación.

La tela ondeaba con la ráfaga ardiente; mechones de un rojo intenso se escapaban bajo la capucha.

—Al fin has despertado... —murmuró, con una voz cargada de un placer oscuro.

En otro punto, Kaelis contemplaba el cielo oscuro desde una terraza hecha añicos.

La luz negra y blanca se reflejaba en sus pupilas dilatadas.

—No... no puede ser...

Donde antes había agua, ahora solo quedaba un cráter inmenso.

Las piedras humeaban, el aire olía a hierro fundido.

Corrientes enteras se precipitaban hacia el abismo recién abierto, formando cascadas voraces.

En el borde, Rikhart y Erika luchaban por no perder pie.

—¿E-esto... lo hizo Kiru? —balbuceó ella con los labios temblando.

—Es... muy probable —contestó Rikhart, sin poder apartar la vista del agujero, donde algo se movía.

Una figura emergió desde el interior del cráter.

Ensangrentado, quemado, aferrándose a las piedras con manos casi carbonizadas...

Saethar escalaba con sus últimas fuerzas, dejando surcos sangrientos mientras subía, respirando con un silbido débil.

Su cabello verde estaba ennegrecido, cubierto de sangre y polvo.

Cuando por fin alcanzaba el borde, una mano lo tomó del brazo.

—¿Necesitas ayuda?

Saethar, cegado por la desesperación, se aferró sin pensarlo.

Y en el instante en que fue izado, lo vio.

El rostro que lo contemplaba no era humano.

Ojos como pozos negros, pupilas blancas incandescentes y un cabello largo, oscuro y erizado que ondeaba como lenguas de fuego vivo.

Cada gota que caía de su cuerpo ardía en el aire antes de tocar el suelo.

Fue lanzado con brutalidad.

El impacto destrozó una casa entera, levantando un huracán de polvo y astillas.

—¿Tan desesperado estás que aceptas la ayuda de alguien sin mirar su rostro?

Una sombra caminó entre el humo, con pasos que parecían marcar el pulso del mundo.

—Si te soy sincero, me has sorprendido, Saethar... —continuó, pronunciando el nombre como si fuera veneno—. Mi ataque anterior tenía un único propósito: reducirte a polvo junto a tus asquerosas criaturas. Pero mírate... aún respiras. Impresionante.

Saethar, jadeando, intentó incorporarse entre quejidos.

—¿Q-qué... qué cojones has hecho, Kiru?

La sombra inclinó la cabeza, como un depredador curioso.

Y en un parpadeo, ya no estaba delante.

La voz llegó desde detrás, rozando su oído:

—Veo que los mortales han olvidado cómo dirigirse ante sus dioses...

Saethar quedó paralizado por el terror.

Un instante después, aquel ser le agarró la cabeza y la estampó contra el suelo.

La tierra se quebró en ondas concéntricas y la tierra saltó como un géiser.

Saethar intentó gritar, pero la sangre ahogó el sonido.

—Primero... llámame por mi nombre —gruñó, con los dedos hundidos en su cabeza como garras de halcón—. Soy Kael. El Nacido del Abismo.

El golpe siguiente partió la roca.

El tercero la pulverizó.

Cada impacto era un trueno seco, implacable.

—Espero que lo recuerdes bien... —susurró, mientras el polvo flotaba como ceniza sobre ellos—. Porque será lo último que grabes en esa mente podrida.




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