Portadores De La Llama I

CAPÍTULO 12

Mente Fragmentada

Pasaron los días en Velanthir, y aunque la ciudad comenzaba a reconstruirse lentamente, en las calles aún resonaban susurros sobre la gran explosión que devastó los acueductos subterráneos. Nadie sabía con certeza qué había ocurrido bajo sus pies... pero todos sabían que no fue un simple accidente.

A raíz del suceso, algunos reinos convocaron una asamblea extraordinaria en una fortaleza remota, punto neutral entre las Tierras Interiores. Reyes, altos cancilleres y emisarios de cada nación acudieron con gesto grave y mirada inquisitiva.

El aire en la sala era denso, cargado de preocupación.

—¿Qué información tenemos sobre el incidente de Velanthir? —preguntó en voz firme uno de los regentes con su capa de terciopelo rojo arrastrándose tras su silla tallada en ébano.

Un emisario de la ciudad se puso en pie, con expresión tensa:

—Nuestros informes confirman una explosión de gran magnitud. Por fortuna, hasta ahora no se han reportado víctimas civiles... aunque los daños estructurales son exorbitantes.

Un murmullo se extendió entre los presentes, pero fue silenciado por la voz cortante de un duque del norte:

—Me importa poco si hubo muertos o no. Lo que nos preocupa es si esto fue provocado. ¿Tenemos pruebas de una mano detrás del desastre?

Otro dirigente, de barba plateada y tono diplomático, tomó la palabra:

—En el mejor de los casos, hablamos de un fenómeno natural... aunque altamente improbable. En el peor, ha sido obra de alguien con un poder devastador. Y si ese es el caso... podríamos estar al borde de una crisis mayor.

Los murmullos se intensificaron. Un rey del este, de expresión severa, se inclinó hacia adelante y golpeó levemente la mesa con su anillo de sello:

—Velanthir no es solo una ciudad libre. Es un bastión neutral entre nuestros reinos, una pieza clave en la estabilidad de estas tierras. Si ha sido atacada... es un acto de agresión que no podemos ignorar.

—Es sin duda un delito de guerra —afirmó otro monarca, alzando la voz con convicción—. No permitiremos que el equilibrio se rompa sin respuesta.

—Reúnan toda la información posible. Si existe un responsable... debe ser localizado y juzgado antes de que vuelva a actuar —concluyó el rey del este, mirando uno por uno a los presentes.

Los asistentes asintieron en silencio. El nombre de Velanthir se grabó en cada agenda diplomática, y la sombra de una amenaza aún invisible empezó a extenderse por todo el continente.

✦ ✦ ✦

El alba asomaba en Velanthir.

El cielo, aún vestido de sombras, comenzaba a teñirse de un azul tímido, como si dudara en iluminar una ciudad aún marcada por el desastre.

En una habitación silenciosa, dos ojos oscuros se entreabrieron tras días de inconsciencia.

—¿D-dónde... estoy? —murmuró Kiru, cubierto de vendas, la voz rota por la sed y la confusión.

Al girar la cabeza, la vio.

Erika, encogida en una silla junto a la cama, dormía con la cabeza apoyada en sus brazos sobre una mesa. Una pequeña flor casi marchita colgaba de su cabello enmarañado.

—E-Erika... —susurró, apenas audible.

Entonces los recuerdos regresaron.

«Q-qué he hecho... Perdí el control... Estaba siendo devorado por esas cosas... y Saethar... estaba allí, con ese maldito bisturí... riéndose de mí...»

Se incorporó con dificultad, jadeando por el dolor que se escondía bajo las vendas.

La carne aún ardía, pero nada como la culpa.

«Oh no... Kael... Recobré la memoria al fin... pero ¿a qué costo? ¡Casi los mato! A Rikhart... a Erika... ¿Qué he hecho?»

Sus pies descalzos tocaron el suelo frío mientras avanzaba hacia la ventana, tambaleándose, como si cada paso fuese una penitencia.

«Si no me hubiera desmayado... si no me hubiera detenido a tiempo... ¿qué habría hecho? Dios... sólo de pensarlo...»

Apoyó una mano temblorosa en el marco y se cubrió la boca con la otra.

El amanecer de Velanthir se extendía ante él, hermoso y silencioso, ajeno a la devastación que dormía bajo sus pies.

—Soy un monstruo... —susurró.

Y por primera vez, creyó en aquellas palabras.

Saethar había ganado más de lo que parecía.

Detrás de él, un murmullo suave rompió el silencio.

Erika, despertando con los ojos entrecerrados, apenas alzaba la voz:

—K-Kiru...?

—¡Erika! —exclamó él, girándose con torpeza.

Sin decir una palabra más, Erika corrió hacia él y se lanzó a sus brazos, rodeándolo con fuerza por el abdomen.

—Creí que te habíamos perdido para siempre... —susurró, con los ojos vidriosos y las mejillas sonrojadas.

A pesar del dolor en sus costillas, Kiru la abrazó con ternura.

—Erika... lo siento tanto... Perdí el control. Estuve a punto de... de haceros algo horrible, a ti y a Rikhart... —dijo, con la voz a punto de quebrarse.

Pero Erika alzó la cabeza y negó suavemente.

—No pasó nada —respondió con una sonrisa cálida, aunque sus ojos seguían empañados—. Al final... conseguimos nuestro objetivo, ¿no? Saethar recibió su merecido, tú estás aquí y todos estamos bien.

—Erika...

Antes de que pudiera continuar, una voz burlona sonó detrás de él, proveniente de la ventana.

—¡Vaya, vaya! Pero qué tenemos aquí... ¡La Bella Durmiente por fin despierta! ¡JAJAJA!

Rikhart.

Estaba de pie en el alféizar de la ventana. Lucía una nueva chaqueta negra con el interior y botones blancos... aún así, la tenía desabrochada como de costumbre.

Sostenía sus katanas en mano, vendajes frescos cubriendo su torso y brazos, y el sudor resbalando por su rostro.

—¡Rikhart! ¿Estás bien? —preguntó Kiru, aliviado y preocupado al mismo tiempo.

El cazador lunático enfundó sus katanas y entró despreocupadamente por la ventana, como si nada.

—Deberías verte tú primero, chaval... Estás hecho polvo. Yo al menos ya puedo entrenar, pero tú... —hizo una pausa, señalandolo— llevas dormido cuatro noches.




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