Portadores De La Llama I

CAPÍTULO 14

El Astrólogo Y El Cazador

Mientras Erika y Rikhart entrenaban y descubrían, paso a paso, qué era realmente la Essentia, Kiru decidió alejarse. Sus heridas todavía ardían bajo la piel, y la ciudad le ofrecía un respiro... o, al menos, un lugar donde perderse en sus pensamientos.

«Dios... me duele todo...» masculló para sí, sintiendo cómo cada paso era una protesta de su propio cuerpo.

La calle estaba viva: el murmullo de las conversaciones, el golpeteo de los herreros, el aroma a pan recién horneado mezclado con el humo de las forjas. Sin embargo, su atención se quebró al encontrarse, de pronto, frente a un vacío que dominaba el centro de Velanthir.

Un cráter enorme, desgarrando el suelo como si algo hubiese arrancado de cuajo un pedazo de la ciudad. Aún se veían los boquetes que descendían a túneles subterráneos, donde el agua caía sin fin hacia la oscuridad.

«Aquí fue donde... todo pasó.»

Su mano se posó en su propio mentón, como si necesitara anclar su mente a un punto concreto.

«¿De verdad soy capaz de algo así? ¿Cuánto poder hay encerrado en mí... y qué pasará si se descontrola otra vez? ¿Y si la próxima vez... son Erika o Rikhart los que paguen las consecuencias?»

El nudo en su estómago se apretó con fuerza.

«Si hubiera causado una catástrofe real... con víctimas... no sé qué sería de mi... No quiero ni pensarlo.»

Un toque en el hombro lo arrancó de ese pozo de pensamientos.

—¿Estás bien, amigo? —La voz era calmada, agradable—. Pareces tenso... y estás cerca del borde.

Kiru giró la cabeza.

Ante él había un chico de piel casi pálida, cabello rojizo que, aunque estaba ligeramente erizado, dejaba caer un flequillo espeso que rozaba las cejas. Sus ojos... azules de tono apagado, sereno, como un amanecer velado por nubes.

Vestía una camiseta ajustada azul de manga corta; tenía un diseño con un borde claro que formaba un contorno en forma de marco alrededor del torso y los hombros, con cuello abierto en una forma sutilmente puntiaguda, una gran estrella de ocho puntas dorada en el pecho y líneas del mismo color descendiendo por el torso.

Un pantalón del mismo color que la camiseta descendía hasta llegar a las botas de cuero negro, todo ceñido por un cinturón blanco con hebilla en forma de estrella de cuatro puntas azul.

Había en él una mezcla difícil: elegancia sin ostentación y autoridad sin esfuerzo.

—Sí... Perdona, me había perdido en mis pensamientos —respondió Kiru, todavía un poco alterado.

El pelirrojo le dedicó una sonrisa breve, apenas una curvatura medida en los labios.

—Es un gran cráter, ¿verdad? —comentó, sin apartar la vista del vacío—. Algunos dicen que fue natural. Otros, que es el primer signo de una guerra que se avecina... Y unos pocos murmuran que fue obra de los dioses.

Kiru sintió un leve cosquilleo en la nuca.

—Bu... bueno, la gente habla mucho... —intentó restarle importancia.

—Eso es cierto —admitió el chico, inclinándose hacia el borde como si buscara algo en lo más profundo del abismo—. Pero, dime... ¿qué crees tú?

Kiru se inclinó también, quizá por simple reflejo, aunque no dejaba de sentir una incomodidad latente.

—Tal vez... ¿un meteorito? —propuso, más como una salida que como una convicción—. Solo algo así podría haber hecho esto, ¿no?

El pelirrojo lo miró de reojo y sonrió, esta vez con un brillo sutil en los ojos.

—No lo creo. He visto impactos de meteoritos... siempre dejan polvo estelar y fragmentos de hielo. Esto es distinto. —Pausó, como si degustara cada palabra antes de pronunciarla—. Algunos aseguran que vieron llamas negras que subían al cielo... y que el suelo tembló como si la tierra misma tratara de huir.

El pulso de Kiru se aceleró.

—¿Quién eres? —preguntó, intentando que no sonara como un desafío—. ¿Y por qué sabes tanto?

El chico se incorporó. Su sonrisa era cálida... pero algo en ella hacía que resultara imposible saber si estaba frente a un amigo... o a un enemigo.

—Me llamo Zaster —dijo el chico, estrechando la mano de Kiru con una firmeza medida—. Y vengo de tierras lejanas... ¿Sabes? Lo que ha ocurrido en Velanthir ha resonado en todas las Tierras Interiores.

—Yo soy Kiru, soy un cazador... —lo miró con cautela—. ¿Qué eres realmente? ¿Y qué te ha traído aquí?

—Sencillo: la curiosidad—. Su voz sonó como quien comparte un secreto que en realidad no piensa explicar del todo—. Verás, soy astrólogo. Estudio el cielo, el firmamento, las estrellas... —sus ojos se alzaron hacia las nubes como si allí pudiera leer respuestas—. Quería asegurarme de que esto no fuera obra del cielo. Y como ya te he dicho... es imposible.

—Lo siento... Debió ser un desperdicio viajar desde tan lejos solo por esto —comentó Kiru, intentando acortar la distancia con aquel extraño.

Pero Zaster negó levemente con la cabeza.

—Para nada. En realidad, lo prefiero así. Si hubiera sido obra de un meteorito, el misterio se habría acabado antes de empezar... Y no me gustan las historias sin sorpresas.

Guardó silencio un momento, luego señaló con el mentón hacia el otro extremo del cráter.

—¿Ves a esa gente? —susurró—. Son enviados de los gobiernos y de los reinos interiores. Todos están investigando la causa de este... fenómeno.

Kiru giró la cabeza. Entre el murmullo de la ciudad, distinguió hombres trajeados hablando en voz baja junto a caballeros con armaduras impecables. Un ceño fruncido se formó en su rostro.

—¿Y tú qué crees, Zaster? ¿Qué lo provocó?

Zaster sonrió con una calma inquietante antes de responder:

—Lo tengo claro. Esto no es natural... —sus dedos hicieron un leve gesto hacia el vacío—. Y dudo mucho que sea humano.

Kiru tragó saliva.

—Sospecho —continuó el pelirrojo, con la convicción de quien ha estudiado los cielos y sus silencios— que esto es obra de un dios.




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