Susurros antes de la tormenta
—¿Quién es este? —preguntó Rikhart, alzando una ceja y sacando pecho con despreocupación, mientras la luz cálida de una farola bañaba la figura de Zaster, proyectando su sombra larga sobre los adoquines.
Kiru lo observó unos segundos, sorprendido por volver a verlo tan pronto.
—Eh... es alguien que he conocido hoy —respondió. Avanzando hacia él con paso seguro, seguido de Rikhart y Erika.
—Rikhart, Erika... este es Zaster, es un... astrólogo.
Se estrecharon las manos uno a uno.
—Encantada —dijo Erika con una sonrisa ligera, después de que Rikhart le diera la mano en silencio, con su habitual gesto despreocupado.
—Así que estos son tus amigos, Kiru... —comentó Zaster, ladeando la cabeza con un tono cordial—. Los que estaban entrenando fuera de la ciudad, ¿no?
Kiru asintió, aunque lo miró con cierta duda.
—Zaster, ¿qué haces aquí? ¿Estás interesado en la academia?
El pelirrojo echó un vistazo a la imponente estructura que se alzaba ante ellos. Sus ojos recorrieron las torres y cúpulas iluminadas, y sin apartar la mirada, sonrió con calma.
—No, qué va... solo estaba paseando y conociendo esta gran ciudad.
—¿Te gusta? —intervino Erika con energía, dando un ágil salto para apoyarse en los hombros de Kiru—. Aquí me crié yo.
—La verdad... —dijo Zaster, mirando alrededor con una serenidad casi meditativa—, los rumores sobre Velanthir no mienten. Tiene aires de una ciudad libre, viva... incluso enigmática.
—Sí, bueno... eso porque no has pasado suficiente tiempo aquí —refunfuñó Rikhart, con un tono cortante.
Kiru, todavía con Erika posada sobre sus hombros, dio un paso más hacia Zaster.
—Oye, ¿por qué no vienes con nosotros? Vamos a visitar a la Oráculo. Es capaz de responder casi cualquier pregunta... ya la hemos probado, y no son solo rumores.
Zaster los miró a los tres, intrigado.
—Vaya... la gran Oráculo de Velanthir. Así que existe de verdad...
Durante un momento, quedó en silencio, llevándose el dedo índice al mentón y alzando la mirada al cielo estrellado, como si evaluara algo que iba más allá de la simple invitación.
—Está bien —dijo al fin, con una sonrisa tranquila—, ¿por qué no?
Kiru sonrió de vuelta, y Erika, entusiasmada, se dejó caer desde sus hombros con un giro ligero.
—¡Genial! Así veremos más respuestas... ¡y sin gastar más!
Los cuatro se adentraron en la academia, pero algo no encajaba. El pasillo infinito de la entrada se extendía sin fin bajo sus pies nuevamente.
—Esto... ¿Es normal? Llevamos caminando un buen rato y no llegamos al final. Es como si fuera una ilusión —dijo Zaster, con una leve sombra de preocupación en la voz.
—Sí... desgraciadamente, es normal. Creo que son los poderes de la Oráculo... —respondió Rikhart, molesto—. Personalmente, es una pérdida de tiempo.
«Sí, es normal... pero la última vez no tardó tanto. Llevamos como tres minutos y aún nada... ¿A qué se debe, Oráculo? ¿Nos estás investigando otra vez? ¿O tal vez...?» pensó Kiru, clavando una mirada inquisitiva en la figura de Zaster.
De pronto, una luz atravesó el túnel, cegadora y súbita.
—¡Ya está! ¡Ya hemos llegado! —exclamó Erika.
El grupo avanzó hacia la sala de la Oráculo, comentando entre risas y asombro la arquitectura del lugar, mostrándosela a Zaster como si estuvieran guiándolo por un museo vivo.
Atravesaron la última puerta y entraron en una estancia sin ventanas, cubierta de estanterías que trepaban hasta un techo invisible.
En el centro, sobre el suelo frío, estaba la Oráculo, con su atuendo extravagante como siempre que parecía beber de mil épocas y culturas distintas.
—Bienvenidos de nuevo, Kiru, Rikhart y Erika —saludó con voz profunda—. Veo que tenemos un nuevo invitado, ¿no es así?
Zaster inclinó la cabeza en señal de respeto, pero la Oráculo levantó una mano para detenerlo.
—Tranquilo, chico. Ya te he estudiado minuciosamente durante tu travesía por la entrada infinita... No tienes por qué presentarte.
Zaster se irguió, manteniendo su porte elegante, aunque en su mirada asomó un matiz de inquietud, rápidamente sofocado.
—Veo que le gustan los astros, ¿no es así? —preguntó, desviando sutilmente la conversación.
La Oráculo bajó la vista hacia sus mangas adornadas con constelaciones y asintió.
—Muy observador, Zaster... No esperaba menos de un... astrónomo —dijo, con una pausa que dejaba abierto algo.
—¿No era un astrólogo? —dijo Erika provocando que Zaster se tensara a duras penas.
—Bueno, vayamos al grano —interrumpió Rikhart, descargando de su espalda dos grandes sacos de monedas y dejándolos caer con un golpe sordo frente a la Oráculo—. ¡Hemos venido aquí por sus servicios, ¿no?!
Zaster suspiró... pero la calma duró poco.
De la oscuridad detrás de la Oráculo emergió una figura que se abalanzó sobre Rikhart, derribándolo al suelo.
—¡¿Cuántas veces tengo que decir que traten a la Oráculo con más respeto?! —bramó una joven, presionando en el cuello de Rikhart un kunai de hoja larga y delgada que brillaba como plata bajo la luz de las velas azules.
—Naerah, ya basta —ordenó la Oráculo sin abrir los ojos.
La joven retrocedió de inmediato, incorporándose detrás de ella.
—Perdóneme, mi señora... pero me saca de quicio la mala educación de este chico.
Rikhart se levantó, frotándose el cuello con furia.
—¡LA PRÓXIMA VEZ NO TENDRÉ PIEDAD Y RESPONDERÉ A TU ATAQUE, ¿OÍSTE?!
—Está bien, está bien... —intervino Kiru, moviendo las manos en un gesto conciliador, con una sonrisa tranquila y los ojos entrecerrados, mientras Erika se cubría la boca para reír en silencio detrás de él.
—Tsk... como sea. ¿Empezamos con las malditas preguntas de una vez? —dijo Rikhart, bajando el tono a regañadientes.
Naerah lo fulminó con la mirada mientras la Oráculo encendía su icónica pipa, dejando que el humo ascendiera como hilos de neblina hacia lo alto.
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Editado: 20.05.2026