Portadores De La Llama I

CAPÍTULO 17

Sombras Y Ataduras

La noche había sido fría y húmeda.

Los cuatro descansaron sobre improvisadas camas de hojas, con la fogata reducida a un puñado de ascuas que respiraban un calor débil, como un corazón moribundo.

La primera luz del amanecer se filtraba entre las ramas desnudas, dibujando sombras largas y frías sobre el suelo.

Kiru fue el primero en abrir los ojos.

Se incorporó en silencio, dejando atrás el tibio abrazo de las hojas, y descubrió que estaban rodeados por ruinas que la oscuridad de la noche había ocultado. Eran restos de piedra ennegrecida, muros derrumbados y arcos partidos que emergían como huesos blanqueados de la tierra. Todo parecía pertenecer a una ciudad colosal, una metrópolis devorada por siglos de abandono.

Avanzó despacio entre columnas partidas, hasta detenerse ante lo que quedaba de una enorme estructura. La fachada, erosionada y partida, todavía conservaba un aire majestuoso, como si alguna vez hubiera sido un palacio que tocaba el cielo.

—Qué madrugador... —dijo Kaelis, rompiendo el silencio al descubrir a Kiru estudiando aquel esqueleto de piedra.

Kiru no se giró. Seguía con la mirada fija en las cicatrices del edificio.

—Yo... desperté en un lugar no muy lejos de aquí. —Su voz sonaba distante—. Estaba rodeado de ceniza... y bajo una estructura enorme, como esta.

Kaelis se acercó despacio, sus pasos apenas crujían sobre la grava húmeda.

—Cuando los Portadores de la Llama resucitamos por voluntad de la Llama Primigenia, lo hacemos en el lugar donde ocurrió nuestro último aliento... —dijo en voz baja y tranquila—. No importa que quemen nuestro cuerpo o lo arrojen a las profundidades del mar... siempre despertamos allí. Kiru... donde murió Kael siglos atrás fue el mismo lugar donde tú despertaste por primera vez...

Kiru se dio la vuelta, mirándola con duda.

—Y... ¿por qué resucitamos?

Kaelis bajó la mirada, jugueteando con los dedos, como si acariciara un recuerdo frágil.

—Como ya sabes... Somos creación de Kaelzar de la Primera Luz. Él portó la Llama Primigenia durante eones. Pero cuando cayó en la Guerra de las Llamas hace más de tres siglos, la llama se fragmentó en dos. —Hizo una pausa—.

Cuando Kaelzar vivía, podía devolvernos a la vida en menos de un día si así lo deseaba. Pero tras su muerte y la fractura de la Llama... el tiempo se ha vuelto cruel: ahora pasamos siglos dormidos antes de volver a abrir los ojos.

Su voz se volvió más grave, pero a la vez, un susurro:

—Kiru... si morimos... perderemos a todos los que conocemos. Erika. Rikhart... todos.

El silencio se espesó entre las piedras viejas. Kiru apartó la mirada hacia el horizonte.

—Inmortalidad... —murmuró—. Menuda maldición.

Kaelis levantó la mirada con asombro.

—¿Maldición? Cualquier ser vivo la vería como una bendición.

Kiru negó despacio.

—¿De verdad lo llamarías una bendición? Sentir cómo los rostros que amas se borran, uno a uno sin ni siquiera notarlo, hasta que sólo quede el polvo de sus nombres... Si muriera hoy y despertara dentro de siglos, ¿qué me quedaría? Nada, salvo un mundo extraño, sin hogar ni memoria. Y entonces... no sería más que un fantasma condenado a caminar entre los vivos.

La dureza en sus palabras hizo que Kaelis esbozara una pequeña sonrisa, casi melancólica.

—¿Sabes? Eres el segundo portador que habla así de nuestra inmortalidad.

Kiru entrecerró los ojos.

—¿Segundo? ¿Quién es el otro?

Kaelis abrió la boca para responder... pero una voz interrumpió el momento. Entre las ruinas, Rikhart y Erika aparecieron, sacudiéndose las hojas de la ropa.

—Qué noche más tranquila... —murmuró Rikhart, estirándose con un bostezo que rompió el silencio matinal—. Te lo dije, Kiru, en el bosque se duerme mejor que en cualquiera de esos antros de la ciudad.

—¿Qué hacéis aquí tan temprano? —preguntó Erika, frotándose un ojo.

—Os estábamos esperando. —Kaelis habló como si la respuesta no tuviera misterio alguno—. Vamos a Varkhalem. Si nos damos prisa, llegaremos antes del anochecer.

Rikhart alzó una ceja.

—¿A qué ritmo?

La sonrisa de Kaelis fue tan leve como peligrosa.

—Al ritmo de unos usuarios de Essentia.

—¡JA JA! ¡ESO ES! —exclamó Rikhart con una carcajada estruendosa, antes de rodear la cintura de Erika con un brazo y levantarla como si fuera un saco de grano—. ¡Prepárate, niña! ¡Llegaremos en un suspiro!

—¡Suéltame, bruto! —protestó ella, agitando las piernas en vano—. Esto es vergonzoso... —Su voz se apagó en un gruñido, colgando sobre el hombro del espadachín como un gato resignado.

—¡Vamos, Kiru! —Rikhart ya se preparaba para la carrera haciendo caso omiso a Erika—. ¡Quien llegue primero será el nuevo líder del grupo!

Sin esperar respuesta, se lanzó hacia el horizonte como una flecha negra.

Kiru, sin embargo, permanecía quieto con la mirada fija en las ruinas que se alzaban a la distancia, como si le susurraran algo que no podía comprender.

Kaelis se acercó y le posó la mano en el hombro, suave como un soplo.

—¿Vamos? No podemos permitir que Rikhart comande el grupo, ¿no?

Kiru asintió lentamente.

—Sí... Kaelis... me contaron que en este bosque existió un reino, devorado por los siglos. Tú eres una Portadora... has vivido más de lo que cualquier humano puede imaginar. ¿Sabes qué ocurrió aquí?

Ella bajó la mirada. La luz que filtraban las hojas jugó con su expresión, y por un instante pareció más un recuerdo que una persona.

—Lo siento, Kiru... Lo cierto es que yo también perdí la memoria una vez. Y si alguna vez supe lo que era este lugar, ya no lo recuerdo.

Kiru endureció su expresión.

—¿Perdiste tus recuerdos? Pero... se supone que cuando un Portador renace con amnesia, tarde o temprano los recupera. Que yo era el único que había roto esa norma.




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