Portadores De La Llama I

CAPÍTULO 18

Varkhalem, La Ciudad Maldita

El aire del lugar cambió apenas pusieron un pie en las inmediaciones de la ciudad. Un olor metálico y denso se filtraba entre los árboles del Manto Gris.

Rikhart aspiró profundamente y abrió los brazos como un lunático que recibiera un regalo divino.

—Dios... añoraba cazar algunas bestias descerebradas... —rio con los dientes apretados y la mirada encendida—. Desde aquí puedo oler la sangre...

—Lo que dice Rikhart no es una corazonada —murmuró Kaelis, seria, clavando sus ojos gélidos en el horizonte—. Esta ciudad está impregnada de sangre.

Kiru se adelantó un paso, con gesto calculado.

—¿Qué harás, Kaelis? ¿Te quedarás en el bosque?

Ella inclinó ligeramente la cabeza, pensando bien en qué hacer.

—Bueno... realmente puedo acompañaros siempre y cuando no note nada extraño. Si hay algún portador siguiéndote la pista, lo más lógico es que lo haga en Velanthir. Pero... —sus ojos se entornaron con una chispa de hielo— no tardarán en extender la búsqueda a ciudades cercanas como esta.

De pronto, Kaelis alargó la mano a su cintura. Entre sus dedos apareció un bloque de hielo cristalino, un cuadrado perfecto del tamaño de su palma con algo en su interior. Con un movimiento apenas perceptible, el hielo se evaporó en la nada, sin dejar rastro de agua.

En su lugar, emergió una capa de campesino, áspera y marrón, con capucha raída.

—Guau... —Erika quedó boquiabierta con los ojos brillando en asombro al contemplar el dominio absoluto de su Essentia.

Kaelis se cubrió los hombros con la prenda y suspiró.

—Está bien... ¿Qué es la vida sin riesgos? —dijo con una sonrisa casi irónica al ajustarse su nuevo atuendo—. Iré con vosotros así, por ahora.

Kiru asintió, dejando entrever una sonrisa cordial, como si aquella decisión le aliviara.

Rikhart, por su parte, no pudo contener un rugido de entusiasmo.

—¡¡Bien!! ¡Con tu fuerza a nuestro lado, ninguna cacería se nos resistirá! —gritó, chocando los nudillos contra el mango de una de sus katanas.

Kaelis giró lentamente el rostro hacia él, arqueando una ceja con fría autoridad.

—No te confundas, Rikhart. Caminaré junto a vosotros, pero mi guadaña no saldrá a la luz. Y ocultaré mi Essentia en todo momento. Si nos ven a Kiru y a mí juntos, lo más probable es que decidan acelerar la guerra...

El espadachín frunció el ceño con decepción.

—Bah... qué aburrida.

Ella entrecerró los ojos y, con una sonrisa helada, dejó caer la última palabra como una advertencia velada:

—Puedo hacer la vista gorda si nos mantenemos ocultos... pero no te prometo nada, Rikhart.

Tras decirlo, se echó la capucha sobre la cabeza. Un silencio denso cayó sobre los cuatro.

A lo lejos, la ciudad respiraba como un corazón enfermo, latiendo muerte bajo sus muros de piedra ennegrecida.

—Bien —dijo Kiru, tomando la iniciativa con paso firme—. Vamos allá.

Al cabo de unos minutos, alcanzaron las entradas de Varkhalem.

De lejos imponía; de cerca, era inmensamente gigantesca.

Torres afiladas que parecían querer desgarrar el cielo, catedrales de bóvedas infinitas y calles angostas que oprimían como si los muros mismos fuesen tumbas de piedra. La neblina danzaba entre gárgolas de mirada rota, y un repicar lejano de campanas arrastraba consigo el eco de los difuntos.

Erika quedó boquiabierta, alzando la vista como si buscara estrellas que ya no existían entre tantas agujas de piedra oscura.

—No recordaba que fuera así la ciudad... —susurró, con un brillo extraño en los ojos.

Kiru, en cambio, se mantenía serio.

—Sí... realmente es imponente...

Rikhart, ligeramente sorprendido, desvió la mirada con desdén mientras arrancaba una vieja antorcha de un muro frío y húmedo.

—¿En serio os parece para tanto? Supongo que estoy acostumbrado a ver estas... jaulas de piedra.

Pero Erika no lo escuchaba. Sus ojos estaban llenos de fuego, como si hablara con el corazón en lugar de la boca.

—Tan solo... imaginaos cómo serán las ciudades que se esconden más allá del Gran Muro de Hielo... Si es que existen.

Kaelis la observó con ternura, deteniéndose para agacharse frente a ella.

—Sí que existen, pequeña. Allá afuera hay urbes inmensas que harían de esta un simple poblado. Yo he visto...

—Kaelis —le interrumpió Kiru con una voz firme, aunque sin dureza—. Déjalo ahí. Queremos descubrirlo por nuestra cuenta. Yo también quiero saber qué hay más allá... pero necesitamos verlo con nuestros propios ojos.

La Portadora asintió, sonriendo con calma.

—Como queráis. Pero creedme... deberíais interesaros más por lo que yace tras el segundo y el tercer muro. Incluso para mí, esos territorios son un misterio.

Erika apretó los puños con fuerza, sus palabras brotando como una promesa ardiente.

—Tranquila, Kaelis. Iremos allí también. Descubriremos lo que nadie jamás ha visto, romperemos los límites que existen... ¡Seremos los primeros en desvelar sus secretos!

Kiru y Rikhart la miraron en silencio; hasta el hosco cazador no pudo evitar que una mueca de complicidad se le escapara.

Kaelis, en cambio, sonrió con ternura.

«Erika... a pesar de haberte criado en la podredumbre de Velanthir... aún conservas esperanzas y sueños...»

Mientras avanzaban por la estrecha callejuela, una claridad rojiza comenzó a deslumbrarles desde el final del callejón. El titilar de unas llamas teñía las paredes de un resplandor sanguinolento, como si la piedra misma sangrara.

—¿Qué... es... esto? —murmuró Kiru, casi aterrado, sintiendo que la respiración se le helaba.

Erika se apretó la comisura de su ropa, también sobrecogida.

Kaelis dio un paso al frente, adelantándose a los tres.

Sus ojos gélidos recorrieron los alrededores con cautela, asegurándose de que nadie los observara. Entonces, alzó dos dedos con un movimiento apenas perceptible.




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