Portadores De La Llama I

CAPÍTULO 19

Diez veces el precio

Rikhart recogió la antorcha caída, y la llama temblorosa iluminó el origen de aquella voz extraña.

Lo que se desplegaba ante ellos parecía un cuadro macabro: un océano de bestias en lenta descomposición, sus cuerpos desgarrados y petrificados bajo una resplandeciente escarcha gélida que cubría cada piedra del piso superior de la catedral.

Al fondo, enmarcado por los vitrales oscuros, se alzaba la figura de un anciano pequeño, con gafas redondas que brillaban con la luz del fuego. Vestía una extravagante túnica blanca bordada en oro, un atuendo que evocaba a un cura... o quizá a un pontífice olvidado en la penumbra de su propio santuario.

—No sabéis cuánto os lo agradezco... —dijo con voz trémula, mientras el sudor frío resbalaba por su frente—. Esta catedral... estaba infestada de esas criaturas surgidas del mismísimo Averno.

Kaelis se cubrió con su capa, ocultando sus facciones antes de que la luz del candelabro revelara más de lo debido.

Rikhart envainó sus katanas con un gesto brusco mientras bajaba del torso de la bestia albina.

—¿Quién eres? ¿Y dónde demonios te ocultaste todo este tiempo?

El anciano se inclinó levemente, torpe pero con cortesía.

—Oh, cierto, mis modales... Soy el padre Anselm, antaño servidor de esta catedral. Durante semanas me refugié en la azotea, encerrado con llave, hasta que logré contactar con vuestro administrador. Y por los cielos... menos mal que habéis puesto fin a esta pesadilla.

Kiru avanzó con pasos lentos sobre el hielo quebradizo que Kaelis había generado. La escarcha crujía bajo sus botas, como si caminara sobre un lago a punto de romperse.

—Pues... de nada —le dio la espalda pasando tras él, marcando con su gesto que el grupo debía seguirle.

El cura, sin embargo, contuvo el aliento cuando sus ojos se posaron en el rostro de Erika. Algo en su expresión se tensó: un instante fugaz de reconocimiento, de miedo... o de cálculo.

Antes de que los cazadores descendieran hacia el primer piso para marcharse, se atrevió a intervenir.

—A-aguardad... —su voz vibró nerviosa, rompiendo el aire helado.

El grupo se detuvo. Kiru lo miró de reojo, con un deje de desconfianza.

—¿Qué ocurre?

Anselm tragó saliva y sonrió con una mueca forzada.

—Veréis... podría proponeros otro encargo, si estáis dispuestos, claro. —Rió nerviosamente, como si se excusara de antemano—. Conozco un lugar donde mora una bestia aún más monstruosa que la albina que acabáis de abatir... Y ese lugar... es sagrado para gran parte de los ciudadanos de esta ciudad.

Rikhart resopló, cruzándose de brazos con desdén.

—No nos interesa, viejo. Solo aceptamos encargos del Administrador. Es el código de los cazadores.

Pero el cura no se rindió. Sus ojos tras las gafas destellaron con una intensidad casi febril.

—Lo sé, conozco ese código... pero si os prestaseis, resolveríais un mal mayor. Esa criatura ha segado incontables vidas de fieles que acudieron allí con el corazón lleno de fe. Las cosas que han visto las paredes de ese santuario son... desoladoras.

Las palabras resonaron en el pecho de Kiru. Había algo en su tono que lo obligaba a pensar, a dudar, como si el anciano supiera tocar las cuerdas correctas.

—¿Es que aún no lo entiendes, viejo? —interrumpió Rikhart, ya irritado—. No es no. Agradece que sigas con vida en lugar de intentar colarnos otra maldita cacería.

El padre Anselm bajó la cabeza, fingiendo resignación, aunque la sombra de una sonrisa curvó apenas sus labios.

—Está bien, está bien... Qué lástima. Realmente iba a recompensaros en oro por librarnos de esa bestia. —Su tono, cargado de falsa desilusión.

Los ojos de Rikhart chispearon. En un parpadeo se abalanzó sobre el anciano, sujetándolo por los hombros con fuerza y acercándose a su oído.

—Dime... ¿de cuánto estamos hablando?

Anselm no titubeó.

—Diez veces más de lo que ya he entregado a vuestro administrador por esta cacería.

El espadachín abrió los ojos con brillo avaricioso.

—¡Kiru! —gritó con una sonrisa torcida, alzando una mano para llamar su atención—. ¡Creo que he cambiado de idea, jejeje!

Los demás se acercaron. Kiru lo miró con desconcierto por la repentina volatilidad de su compañero.

—¿Estás seguro, Rikhart? ¿No decías que aceptar esto iba en contra del código de los cazadores?

Rikhart formó un círculo con los demás, dejando al cura fuera, para hablar en voz baja.

—Este loco quiere recompensarnos diez veces más por matar a otra bestia...

—¿Y tú le crees? —dijo Erika.

Entonces Rikhart se giró hacia el anciano.

—¡Eh, tú! ¿Cómo sabemos que puedes pagarnos lo que dices?

El cura, sorprendido por la pregunta, titubeó apenas un instante.

—B-bueno... La Iglesia posee grandes riquezas. Y si logro convencerla de que unos cazadores han derrotado a la bestia que guarda desde hace años aquel lugar sagrado... os aseguro que pagará sin condiciones.

Rikhart volvió a cerrar el círculo, con un gesto convencido.

—¿Veis? Yo lo veo bastante razonable.

Kiru lo miró con confusión.

—Pero no lo entiendo. Nunca fuiste propenso al dinero. Incluso rompiste tu contrato antes de cobrar la recompensa de la bestia del bosque, cuando nos conocimos.

El espadachín dudó unos segundos, como si decidiera entre callar o hablar.

—Tengo mis razones... —respondió, apartando la mirada—. Cuanto antes juntemos el dinero necesario para una embarcación, antes podremos zarpar hacia el exterior del Gran Muro.

Erika lo miró en silencio por un momento, ligeramente sorprendida. Su expresión desconfiada se deshizo.

—Rikhart... no pensaba que a ti realmente te importara ir al exterior.

Rikhart se rascó la nuca, incómodo.

—Y-yo... bueno... ya me conocéis —soltó una risa forzada, exagerando un gesto con la mano—. ¡Solo lo hago por mí! ¡Para volverme más fuerte! ¡JA, JA!




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