Kharlem, El Origen De La Metrópolis
La noche había caído sobre Varkhalem.
En las calles, los ecos de disparos lejanos y gritos ahogados recordaban que incluso en la oscuridad había cacerías.
La ciudad respiraba caos distante mientras que, en la habitación del burdel olvidado, los cuatro descansaban en camas abandonadas, intentando reunir fuerzas para lo que vendría al amanecer.
O, al menos, eso parecía.
Kiru abrió los ojos a medianoche, con el cuerpo pesado de sueño.
Algo lo inquietaba.
La puerta de la pequeña terraza estaba entreabierta, y por la rendija entraban ráfagas de aire frío que mecían suavemente las cortinas.
Intentó volver a dormir, pero la curiosidad terminó empujándolo a levantarse.
Al salir, se encontró con un espectáculo silencioso:
Desde allí, Varkhalem se desplegaba en todo su sombrío esplendor: torres oscuras, humo serpenteando en la distancia, hogueras devorando criaturas nocturnas en calles vacías.
Realmente era una ciudad impresionante y moribunda al mismo tiempo.
Kiru se quedó absorto unos instantes, hasta que un crujido de tejas le hizo alzar la cabeza. Al lado del balcón había una vieja escalera que ascendía al tejado. Movido por el instinto, subió.
Y entonces la vio.
—¿Observando el paisaje? —murmuró con una sonrisa.
Erika estaba encogida sobre sí misma, abrazando las rodillas mientras contemplaba el cielo estrellado. La brisa le agitaba suavemente el cabello bajo el firmamento.
—¡Kiru! —se sobresaltó, girándose hacia él—. Deberías estar descansando.
Él la observó con calidez antes de acomodarse a su lado, dejándose caer en el inclinado tejado.
—Lo mismo podría decirte yo a ti —dijo mientras se recostaba hacia atrás, mirando el mismo cielo.
El prolongado silencio que siguió no fue incómodo; más bien, tenía un aire tranquilo, como si el mundo entero se hubiera detenido un instante para ellos dos.
Erika rompió la calma sin apartar la vista de las estrellas.
—Oye... ¿realmente tienes ganas de ver lo que hay más allá del gran muro?
Kiru bajó la mirada y apoyó el brazo sobre su rodilla doblada.
—Sí... Realmente sí. Al principio quería hacerlo para que cumpliéramos tu sueño. Pero ahora... —inspiró hondo, dejando que las palabras salieran con calma—. Ahora que he renunciado a mis recuerdos, lo único en lo que pienso es en crear los míos propios. Vivirlos al máximo junto a las personas que realmente aprecio.
Erika lo miraba en silencio. Sus ojos brillaban con una mezcla de sorpresa e ilusión.
—Antes de conocerte... —dijo, volviendo a dejarse caer sobre las tejas, mientras sus ojos se perdían en las estrellas —pensaba que estaba condenada a caminar sola. Que mis sueños no eran más que juegos de una niña tonta. Imaginaba que mi vida no sería más que robar, ocultando mi rostro tras una capucha, emboscando campesinos en los matorrales. Me sentía invisible.
Giró el rostro hacia él, con un destello frágil en la mirada.
—Gracias, Kiru.
El Portador se irguió, sentándose con solemnidad y los ojos fijos en ella.
—No vuelvas a sentirte así. Vive como quieras vivir y si necesitas mi ayuda, pídela, sin dudarlo—. Su voz se quebró apenas un instante antes de suavizarse—. Gracias a ti sigo siendo... yo. Eso es un hecho.
Ella sonrió con melancolía y desvió su mirada hacia el horizonte.
—Vivir como quiera... —susurró—. ¿Sabes? Desde hace un tiempo sueño con un lugar tranquilo, sin muros ni bestias. Estábamos solos, bajo un gran árbol en medio de un prado. ¡Estoy segura de que ese lugar es el exterior del muro de hielo!
Erika se incorporó de golpe, girándose hacia él con los ojos brillantes, más viva que nunca.
—Ya sabes que odio las promesas, pero... prométeme que atravesaremos el Muro—. Tendió la palma de su mano hacia él, firme y temblorosa al mismo tiempo—. ¡Juntos!
Kiru se quedó sin aliento, atrapado en esa pureza que irradiaba.
Pero finalmente, sonrió y estrechó su mano con la suya.
—Te lo prometo, Erika.
En la habitación, Rikhart roncaba como si llevase semanas sin dormir.
En la otra cama, Kaelis permanecía despierta, tumbada de lado, con los labios curvados en una sonrisa tenue, mezcla de calidez y una extraña melancolía.
Luego, cerró los ojos despacio, guardando silencio.
Los minutos se estiraron bajo las estrellas de Varkhalem.
Dos figuras seguían reposando en el tejado, cada vez más lejanas en el rumor de sus voces, cada vez más efímeras frente al vasto cielo.
—Es hora de volver. Necesitamos dormir algo —dijo Kiru incorporándose.
—¡Sí!
Ella se levantó ágilmente, y mientras Kiru bajaba por las antiguas escaleras que lo llevarían hacia la habitación, su voz lo detuvo a medio paso.
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Editado: 19.07.2026