Sangre Bajo La Lluvia
La antigua aldea olvidada de Kharlem, desbordada de edificios derruidos y praderas extrañamente apacibles, era sacudida por un rugido monstruoso.
Tras la carcasa ennegrecida de la vieja cárcel abandonada, una bestia gigantesca se erguía como un monstruo arrancado de una pesadilla.
Frente a ella, dos siluetas: una danzando con katanas, la otra bañada en un resplandor de llamas negras, se movían al ritmo con el rugido salvaje de la criatura, como si el combate fuera una coreografía brutal sobre un escenario de ruinas con pradera.
—¡Oh! ¡Ha-habéis encontrado a la bestia! —La voz chillona del cura Anselm los tomó por sorpresa al irrumpir detrás de Erika y Kaelis.
—¡S-si...! —balbuceó Erika, llevándose la mano al pecho, aún sobresaltada—. La están cazando...
El sacerdote la observó con una mirada larga.
—¿Y vosotras...? ¿No participáis? Juraría que erais cazadoras.
Kaelis permaneció quieta con los ojos fijos en el duelo frente a ella. Fue Erika quien respondió, nerviosa pero sincera:
—No... yo aún no lo soy. Quizás algún día... aunque todavía no estoy segura—. Agachó la cabeza, avergonzada.
Anselm ladeó la cabeza.
—Qué curioso... —musitó, acomodándose tras ellas—. Entonces, si no os molesta, me quedaré aquí a contemplar cómo cae la criatura que tantos años ha sembrado terror en estas tierras.
Kaelis, por un segundo, miró de reojo al cura con una chispa de desconfiada.
Mientras tanto, la batalla estallaba. Cada impacto hacía temblar el aire.
—¡Es muy fuerte! —jadeó Kiru, retrocediendo tras un intercambio brutal.
—¡Sí que lo es... por eso es perfecto! —rio Rikhart, con esa sonrisa enloquecida que lo hacía parecer un fanático más que un cazador.
El monstruo soltó un rugido ensordecedor y vibrante.
El miedo instintivo recorría sus huesos, pero en los ojos de ambos jóvenes ardía algo distinto: el hambre de superarse.
Kiru retrocedió varios metros, clavando sus botas en la tierra, y una sonrisa determinada asomó a su rostro.
—Bien... —susurró, tomando aire.
Su puño derecho comenzó a arder con una llama oscura y densa que se condensaba hasta deformar el aire. La escondió tras su cintura, mientras adelantaba la otra mano con la palma ligeramente abierta en dirección a la bestia, concentrando solo en aquel objetivo.
—¿¡Vas a probar algo!? —gritó Rikhart desde la distancia, emocionado—. ¡Ja! ¡Pues yo no pienso quedarme atrás!
Corrió directo hacia Kiru, atrayendo a la bestia con su furia y alaridos.
«No encontraba un enemigo digno... pero ahora... Este es el momento. Una técnica que requiere preparación a cambio de un impacto brutal. O al menos, esa es la idea.»
—¡Perfecto, Rikhart! ¡Atráemela! —clamó Kiru, eufórico, mientras la energía negra seguía compactándose en su mano, ya convertida en una esfera oscura que latía como un corazón hambriento—. ¡Esta es... mi primera técnica de Essentia!
Desde la distancia, Kaelis lo observaba en silencio, con los labios tensos.
«Esto no es parte del entrenamiento... ¿Qué estás tramando, Kiru?»
—¡Aquí está tu regalito, Kiru! —rugió Rikhart, girándose en el último segundo para colocarse tras él, dejando que la bestia se lanzara de frente hacia el chico.
El suelo retumbó bajo el peso del monstruo que se precipitaba directo a su puño envuelto en tinieblas.
—¡EXPANSIÓN... ABISMAL!
¡¡¡FWOOOOOOOOOOOSH... BWOOOOOOOOOOOOOOOOOOM!!!
El puño de Kiru, envuelto en llamas negras comprimidas hasta el límite, se estrelló contra la mandíbula de la colosal criatura que intentaba devorarlo.
El golpe la catapultó hacia arriba con una violencia brutal; su quijada se desencajó como si fuera de barro quebrado.
El estruendo sacudió la prisión entera. Una onda de choque recorrió los muros agrietados, desprendiendo polvo y cascotes.
Todos quedaron atónitos. El aire aún vibraba tras el golpe, y entre todos, la más impresionada era Kaelis.
«Impresionante... Ha sacrificado movilidad y defensa para acumular Essentia y llamas en un solo punto, desatándolas en un solo golpe. Una técnica que parecería torpe e ineficaz... pero lo que yo no contemplé es que las llamas abismales no conocen límites. Puede convertir lo sencillo en devastador. Brillante.»
Antes de que la bestia pudiera estrellarse contra el suelo, Rikhart ya corría a toda velocidad hacia ella, desatando una risa nerviosa y eufórica.
—¡Dije que no me quedaría atrás... y no lo haré! —rugió, con los ojos encendidos de locura mientras flexionaba las piernas, concentrando su Essentia en ellas hasta que chisporrotearon.
Saltó.
—¡CRUZ DE LA NOCHE!
La criatura apenas tuvo tiempo de rugir.
Dos látigos de sangre en forma de cruz emergieron violentos de su torso después de impactar sobre la hierba húmeda.
Rikhart descendía como una flecha, clavando sus katanas en el pecho de la bestia, rematándola.
¡¡¡GRAAAAAK-SHHTHRRRAAAAKKHH!!!
Rikhart se irguió sobre él, jadeante, con una mueca de victoria, bañándose en su sangre que aún disparaba de su pecho.
—Presa... aniquilada...
Kaelis se aproximó con calma, evaluando a ambos.
—Buen trabajo, chicos. No esperaba ese nivel de compenetración aún... —sus ojos se clavaron en Kiru, brillando de interés—. Y esa técnica, Kiru... me dejó ciertamente impresionada. Sencilla, pero en ti encaja a la perfección.
—¡¿Eh?! ¿Y lo mío qué? —protestó Rikhart, casi celoso.
Kaelis ni se inmutó.
—Ya la mostraste en la catedral, Rikhart. No comenté nada porque es una técnica básica. Concentras Essentia en tus espadas en el último instante y... ya. Incluso más simple que la expansión abismal de Kiru. Sin muchas desventajas ni innovación... Nada que comentar.
Rikhart se cruzó de brazos, exagerando un gesto ofendido.
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Editado: 12.06.2026