Portadores De La Llama I

CAPÍTULO 22

Promesa cumplida

La lluvia no cesaba. Golpeaba con furia los desnudos cuerpos inertes de los padres de Erika, como si el cielo quisiera borrar cualquier rastro de humanidad en ellos.

El agua corría sobre sus rostros vacíos, arrastrando sangre, tierra y recuerdos, mientras los relámpagos parecían dictar sentencia desde lo alto.

Erika estaba de rodillas, hundida en el barro con las manos aún aferradas a la bufanda que jamás llegaría a recibir como regalo. Sus hombros temblaban, cada sollozo apenas un quejido sofocado, como si incluso el dolor hubiera perdido la fuerza para gritar.

Kiru, Rikhart y Kaelis se mantenían inmóviles, petrificados ante aquella escena. Ninguno se atrevía a romper el silencio. Ninguno encontraba palabras que pudieran sostenerla.

Solo el padre Anselm, con la boca curvada en una sonrisa nauseabunda, parecía disfrutar del espectáculo. Su rostro era el de un buitre ebrio de carroña, un sacerdote danzando en el altar de la desesperación.

—Pa... papá... mamá... —susurró Erika.

Su mirada se perdió en los ojos muertos de sus padres, pero su mente huyó hacia recuerdos lejanos: noches en la azotea de Lettiel, plegarias a dioses en los que nunca creyó, suplicando con voz infantil aquello imposible.

«"Por favor... Dios... dioses... lo que sea... déjenme verlos una vez más... Solo una vez..."»

Ahora los tenía delante. Sí. Pero estaban rotos. Despojados de todo. Y esa era la burla más cruel.

Entonces, la carcajada de Anselm desgarró el aire:

—¡Ah, cazadores, no tenéis idea! ¡Lo que descubrí es oro puro! —vociferó, extendiendo los brazos como un falso mesías. Sus ojos delirantes brillaban con la chispa de un psicópata—. ¿Y si las bestias pudieran ser domesticadas? ¡Ja! ¡Me tildaron de loco! Pero yo sabía... que con el detonante adecuado... un recuerdo lo suficientemente poderoso... ¡esa chispa perdida podía ser la respuesta!

Rikhart crujió los puños hasta blanquear los nudillos. La rabia hervía en silencio.

Anselm prosiguió, cambiando su tono a un falso lamento antes de estallar en una risa crispada:

—Cuando limpiasteis mi catedral... me sentí vacío, miserable. ¡Aniquilaron a mis creaciones! —gritó, y luego torció el gesto en un alarido de júbilo—. Yo cazaba cazadores... ¡Qué ironía divina! Los inexpertos eran carne fresca para mis criaturas. Quedaban al borde de la muerte... y entonces yo... ¡yo los convertía en nuevas bestias para mi colección! Y ese forastero... ¡me pagaba por ello! Un círculo perfecto y un negocio redondo.

El filo de la espada de Rikhart brilló bajo la tormenta cuando dio un paso al frente, pero Kiru lo frenó con una mano firme contra su pecho.

—¡Apártate, Kiru! —rugió Rikhart, con un tono que jamás había usado contra él.

—No —respondió Kiru, clavándole la mirada—. Antes... quiero escuchar. ¿Qué hacías realmente, monstruo? —preguntó volviendo la mirada al anciano con un odio contenido que vibraba en el aire—. ¿Cómo consigues crear a esas bestias?

El cura arqueó una ceja, y una risita desquiciada brotó de su garganta.

—¿Quieres saberlo? ¡Claro que quieres! —vociferó, girando sobre sí mismo como un bufón blasfemo—. El suero granate... sigue siendo el causante. Aunque... a veces algunos resisten. Y esos... ¡ah, esos me divierten más! A ellos hay que quebrarlos... subir la dosis, atormentarlos hasta que sus gritos se fundan con la nada. Cuando se rinden... cuando dejan de ser humanos... entonces, ¡sí! Entonces nacen mis sagradas criaturas.

Su sonrisa se ensanchó, y sus ojos se posaron en los cadáveres bajo la tormenta, como un verdugo orgulloso de su obra.

Kiru contuvo un espasmo de rabia. Las marcas, las cicatrices, los cuerpos deformados que había visto antes... todo encajaba. «Monstruo...» murmuró en su mente.

Erika se levantó entonces. Sus rodillas cubiertas de lodo, su ropa empapada, su cuerpo tembloroso... todo pesaba como cadenas.

Anselm extendió un brazo hacia ella, como un profeta enloquecido ofreciendo salvación envenenada:

—Hagamos un trato, cazadores... Vosotros os marcháis... y yo me encargo de la niña. —Su risa brotó como un cuchillo rasgando carne—. ¡Sí! ¡Sí, miradla! Está vacía, sin voluntad... apenas un cascarón. Será un acto de piedad convertirla en bestia irracional... ¡Así podrá reunirse con sus padres! ¡Ghu-ha-ha-ha!

Ese fue el límite.

Rikhart ya no se contuvo, y esta vez Kiru no movió un dedo para detenerlo.

El espadachín se lanzó sobre el cura con la furia de un lobo herido.

—¡ERES ESCORIA! —rugió, hundiendo la espada en el hombro de Anselm.

El chillido del sacerdote no sonó humano; fue un aullido que desgarró la tormenta.

Rikhart descargó un segundo tajo, rebanándole el brazo. La sangre oscura se mezcló con la hierva y la lluvia, formando un lodazal carmesí.

Algo cayó entonces al suelo: la fotografía gastada de Erika con sus padres, arrastrada lentamente por el charco rojo que se extendía bajo la tormenta.

—¡Rikhart!

La voz quebrada de Erika lo detuvo en seco.

El espadachín se giró, y vio esos ojos húmedos que lo miraban con el peso de un mundo roto.

—Pa... para... no quiero ver más... no mas muertes... por favor... —murmuró, con un hilo de voz que parecía a punto de deshacerse.

Rikhart apretó la espada con rabia, temblando.

—Pero... él...

—Lo sé... —susurró ella, bajando la mirada hacia la bufanda roja empapada que sujetaba con manos entumecidas—. Solo... ya no más sangre... no puedo más.

Anselm, tambaleante, se levantó en medio del barro, riendo con una risa quebrada, casi animal.

—¡Este es mi día de suerte!

—¡LÁRGATE, MALDITA RATA! —bramó Rikhart, la voz rota de ira.

El sacerdote retrocedió, lanzando carcajadas nerviosas mientras se sostenía el vacío que quedó en su brazo, hasta perderse entre las ruinas, como una sombra que ni la muerte quiso reclamar.




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