Promesa vacía
Los cuatro se adentraron aún más en aquel palacio de alfombras rojizas, ahora marchitas y ennegrecidas por el polvo y el peso de los años.
El eco de sus pasos los guio hasta el salón central: la sala del trono real.
La estancia era imponente, con un suelo ajedrezado de mármol blanco y negro que parecía reflejar las figuras que lo atravesaban, y un trono de piedra oscura, elevado sobre una plataforma de varios escalones, con reposabrazos tallados en rosas ennegrecidas y el respaldo cubierto por alfombras carcomidas.
Columnas inmensas enmarcaban la sala hasta perderse en la penumbra, y gruesas cortinas carmesí colgaban de los muros, algunas rasgadas, otras apenas entreabiertas.
La luz tenue se filtraba a través de vitrales aún intactos, proyectando manchas rojizas que se extendían como sangre sobre el mármol frío.
Los cuatro se detuvieron justo frente al trono, contemplando en silencio aquel escenario que parecía congelado en el tiempo.
Kiru pasó la mano por el reposabrazos pulido del asiento real, con una sonrisa melancólica.
—¿Cómo debería sentirse uno al ser de la realeza...? —murmuró, más para sí mismo que para los demás.
Rikhart soltó un bufido, metiéndose el meñique en la oreja con total desparpajo.
—Pues aburrido, imagino... Pasarte el día rodeado de guardias y viejos gordos hablando de política. Una vida de mierda.
Erika se acercó y le dio un golpecito amistoso en el brazo de Kiru.
—¿Para qué fantaseas con ser rey si ya eres un dios? —le dijo, guiñándole el ojo—. Seguro que la gente trata mejor a los dioses que a los reyes.
Kiru se quedó callado, pero Kaelis se adelantó un paso, con una expresión amarga.
—No creas, Erika —sacudió la cabeza con cierta gravedad—. No llegué a conocer demasiado a Kael, pero lo sé bien: nosotros no somos dioses. Somos solo Portadores de la llama del Dios verdadero, Kaelzar. Por lo tanto, no somos más que unos dioses menores, o semidioses, como lo llaman algunos.
Su voz se quebró apenas un instante.
Bajó la mirada, y en sus ojos brilló un reflejo de memorias demasiado dolorosas para poner en palabras.
—Éramos... herramientas —prosiguió casi en un susurro—. Nada más que sucias armas para la voluntad de Kaelzar. No había gloria, ni grandeza... Solo obediencia. Y ahora, aunque Zhalgor lo derrotara, se ha convertido en lo mismo. Un líder tirano. Todos inclinan la cabeza ante él. Todos... menos yo. —Alzó la mirada, endureciéndola—. No volveré a ser esclava. Nunca más.
Un silencio áspero se extendió entre ellos. La respiración de cada uno parecía resonar en la inmensa sala vacía.
Rikhart lo rompió, rascándose la nuca con indiferencia forzada.
—Bah... imagínate. Ser un semidiós y tener que recibir órdenes de otro semidiós. Patético.
—No es tan simple —Kaelis suspiró, mientras reanudaban el paso hacia las habitaciones tras el trono—. Los Portadores somos todos obstinados, con voluntades difíciles de domar. Y, aun así, Zhalgor los tiene sometidos. No puede ser solo respeto. Debe haber algo más... algo que los obliga a obedecerlo.
Kiru apretó los puños.
La luz rojiza y azulada de los vitrales caía sobre su rostro, remarcando la sombra que se tensaba en sus facciones.
—Qué más da los motivos. Hay que detenerlos. Ya ha sufrido mucha gente por su culpa —sus ojos se endurecieron—. Si esa guerra que planean se desata, los reinos sufrirán. Y junto a ellos... inocentes que nada tienen que ver.
Las palabras envolvieron a los tres con un peso de hierro.
Erika no pudo evitar pensar en sus padres y en Lettiel, bajando la mirada inconscientemente antes de reincorporarse con una falsa emoción.
Kaelis la miró de reojo, sorprendida por la convicción que desprendía.
—No esperarás... ¿enfrentarte a ellos? —su voz cargaba incredulidad y temor.
Kiru se giró hacia ella con cierta seriedad.
—¿Y qué propones entonces? ¿Escondernos? ¿Dejar que arrasen con todo y todos? —Su voz creció como un filo—. ¿Por qué me ayudaste a resistir a Kael? ¿Solo para retrasar lo inevitable? ¿Solo para ganar tiempo?
Kaelis contuvo el aire, incapaz de sostenerle la mirada. Bajó la cabeza lentamente, como si en ese gesto se transparentara la verdad que había estado evitando.
Kiru, decidido, se posicionó al lado de Rikhart y Erika.
—Bien, Kaelis... ¿Quieres detener lo que planean hacer nuestros compañeros?
La chica de cabello celeste los observó en silencio.
Allí estaban: Kiru, con la mirada firme de alguien que tenía un propósito claro; Rikhart, que sonreía con euforia, casi vibrando de ganas de luchar; y Erika, que le devolvía una sonrisa genuina y sincera, como si quisiera convencerla de que todo era posible.
Kaelis suspiró, bajando apenas los párpados.
—Supongo que... tenéis razón. —Su voz se quebró un instante antes de recuperar su frialdad habitual—. Pero que quede claro: no aceleraremos la guerra. Aún seguiré oculta durante un tiempo. Necesitamos prepararnos, entrenar, mejorar nuestras habilidades... y conseguir más aliados. No os engañéis: no podemos plantar cara con solo dos Portadores contra ocho. Nos superan en número y, con creces.
#2787 en Fantasía
#1055 en Personajes sobrenaturales
#977 en Joven Adulto
aventura epica, terror fantasia oscura misterio suspenso, fantasía osura
Editado: 08.08.2026