Portadores De La Llama I

CAPÍTULO 24

Cuando los Dioses Sangran

Los truenos estallaban sobre Varkhalem como bombas, iluminando el cielo nublado con destellos blancos que desgarraban la oscuridad.

Kaelis corría sin aliento, deslizándose entre charcos y sombras hacia el burdel abandonado donde deberían estar Kiru y Rikhart.

Cuando llegó, se le encogió el corazón. En la entrada, varios sacos de oro estaban abiertos, con monedas desparramadas por el suelo, como si alguien los hubiera dejado caer.

—Rikhart... Kiru... ¿Dónde estáis? —susurró con voz quebrada.

Su mirada se detuvo en algo: una especie de trapo, una túnica marrón con capucha tirada sobre los escalones, empapada por la lluvia.

La levantó con manos temblorosas.

El tejido aún conservaba el peso de haber sido usado recientemente.

«No... no, por favor... dime que no son ellos...», pensó, apretando la tela con fuerza, con miedo en los ojos y la garganta cerrada por un nudo.

Kaelis tragó saliva y, sin dudar más, siguió el rastro, internándose en la ciudad maldita con la tormenta como único testigo.

❂ ❂ ❂

Dos horas antes.

En la entrada del burdel, Kiru y Rikhart permanecían inmóviles, atrapados bajo el peso de una presencia que los aplastaba.

La figura encapuchada frente a ellos no mostraba más que una sonrisa torcida, pero su increíble Essentia era un látigo invisible y violento que apenas los dejaba respirar.

—¿Qué pasa, Kael? ¿Se te ha comido la lengua un perro? —soltó el encapuchado con desdén, ladeando la cabeza como quien se burla de un niño perdido.

Kiru tragó saliva y dio un paso atrás.

—No... no soy Kael... soy... Kiru —su voz temblaba, casi tartamuda.

El extraño soltó una carcajada profunda, como si le hubieran contado el peor chiste del mundo.

—Vamos... no me jodas. ¿Ese es tu numerito? ¿Ese es el "papel" que has decidido interpretar? No me digas que me tienes miedo... —añadió encogiéndose de hombros exageradamente.

Su tono cambió bruscamente a una calma teatral.

—Lo cierto es que estoy de misión extraoficial. Zhalgor no tiene ni idea de que estoy aquí. Pero cuando vuelva contigo, créeme, no le importarán los métodos.

Levantó la mirada hacia las torres derruidas de la ciudad, como quien contempla un cuadro antiguo. Un destello iluminó su rostro bajo la lluvia.

Sus labios se curvaron en una sonrisa ancha, casi eufórica.

—Y mira qué suerte la mía... Esta ciudad está podrida, hecha cenizas desde hace años. Así que, si no entras en razón por las buenas, no creo que a Zhalgor le moleste si me descontrolo un poquito.

—¿Quién eres? —replicó Kiru, apretando los puños con fuerza—. ¿Eres un Portador de la Llama?

La figura se inclinó hacia él, sujetándose la barbilla como un crítico que evalúa una obra incompleta.

—Mmh... Vaya... ¡Pero si lo dices en serio! —chasqueó la lengua y rio entre dientes—. Joder, sí que es verdad... has vuelto a perder la memoria.

Por un instante, en sus ojos brilló sorpresa. Pero la expresión se rompió enseguida en un éxtasis creciente.

—¡Dios, sí! ¡Eso significa que tendré que arrancarte a Kael a hostias! —dio un paso hacia atrás, abriendo los brazos como un lunático que saludara a la tormenta—. Hehehe... hahaha... ¡HAHAHA! ¡Esto va a ser glorioso!

Con un movimiento lunático, se llevó las manos a la capucha y la retiró de golpe, dejando que la lluvia empapara su rostro.

La máscara del misterio se deshizo en un segundo.

Kaor.

Su cabello, de un rojo intenso, parecía un incendio contenido: mechones desordenados, erizados, con puntas agudas que daban la ilusión de llamas danzantes.

Sus ojos, anaranjados y afilados, chispeaban con una hostilidad desafiante, como brasas al borde de estallar.

Vestía un atuendo oscuro, elegante y con un marcado aire marcial. Una túnica negra, ajustada al torso, se abría en la parte inferior como una capa dividida. Bordes de rojo vivo recorrían la prenda, con una franja vertical descendiendo desde el cuello hasta el final.

Sobre ella, una capa amplia, negra con forro carmesí, ondeaba al compás de la tormenta; estaba adornada con motivos de llamas incandescentes, especialmente en los hombros, donde en el izquierdo parecía arder de verdad. Un cinturón ancho, rojo oscuro, con una hebilla dorada ceñía su cintura. Guantes negros ajustados, brazales oscuros ribeteados en oro con patrones flamígeros y unas botas altas reforzaban la imagen de un guerrero preparado para matar.

—¡E-ESPERA! —gritó Kiru, desesperado al reconocer quién tenía delante.

Kaor alzó una ceja, relajando un poco el cuerpo con una mueca de duda.

—¿Qué mierda pasa ahora? —dijo, arrastrando la voz con burla.

Kiru, empapado por la lluvia y con el sudor confundiéndose en su rostro, respondió:

—Intentaré liberar a Kael. Pero antes debemos ir a un sitio en esta ciudad... de lo contrario, no podré dejarlo salir.

Kaor lo observó con ojos penetrantes, ladeando la cabeza como si analizara la propuesta.

Tras unos segundos, soltó un suspiro exasperado.

«Mierda... me muero por reventar a estos dos idiotas ahora mismo... Pero ya me imagino al imbécil de Zhalgor dándome un castigo "ejemplar" por dejar la ciudad hecha polvo aunque le entregue a Kael en bandeja. Maldito Portador... Algún día hundiré mis llamas en tu propio fuego.»

—¡Está bien! —estalló de repente, con un ademán exagerado, extendiendo los brazos—. Llevadme a esa localización... y allí charlaré con Kaelito—. Sonrió mostrando los dientes y, acercándose a ellos con pasos pesados—. Pero os lo advierto: cualquier movimiento en falso será vuestro primer y último error.

El aire se volvió más espeso al instante.

La Essentia que emanaba Kaor hacía que respirar doliera, como si cada bocanada de aire se llenara de brasas.

Kiru y Rikhart apenas pudieron tragar saliva, pero asintieron.




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