Cuerpo Y Alma
Todo volvía a repetirse.
Aquel recuerdo oculto en lo más profundo de su mente. La catedral colosal, bañada en llamas blancas y doradas, derrumbándose como un titán moribundo. El cielo ardía, los muros crujían y la bóveda se desplomaba en un estrépito silenciado por el recuerdo.
Pero esta vez, desde el suelo, impotente, Kiru contemplaba cómo una figura majestuosa avanzaba hacia él.
Antes de que la oscuridad lo reclamara, aquel hombre de porte divino se inclinó. Su silueta era borrosa, pero aun así era imponentemente majestuosa.
Cabellos largos y dorados caían como hilos de luz, enmarcando un rostro sereno y angelical. Sus ojos, dorados como el mismo sol, destellaban con una tristeza insondable. Sus labios se movieron... pero el recuerdo silenció las palabras, condenándolas al olvido.
Solo quedó grabada aquella última mirada, tan hermosa como imponente.
Oscuridad.
Silencio.
Vacío.
Nada.
Hasta que, en medio de ese abismo, algo resonó.
Una voz.
—¿Ya has caído, chaval? —ronca, grave, profunda, vibrante.
No era simplemente una voz: era un rugido en calma, la voz de una deidad oculta en la penumbra.
Kiru, en una inmensa oscuridad, giró la cabeza, pero allí no había nadie. El eco resonaba en todas direcciones, como si el mismísimo vacío hablara.
—¿Q-quién eres...? —preguntó con la garganta seca y el corazón palpitando con fuerza.
La risa que siguió fue lenta y despectiva.
—¿Quién soy? —la voz se tornó casi burlona, aunque cargada de un poder antiguo y absoluto—. Soy tú. Y tú... eres yo.
Un estallido de luz blanca, tan cegadora como mil soles, inundó el vacío.
Lo que vio lo dejó sin aliento.
Una explanada interminable de flores blancas que se mecían suavemente como un océano etéreo.
Sobre ellas, una luna gigantesca dominaba el cielo, tan cercana que parecía poder tocarse con las manos.
Entre aquel mar de blancura se alzaban ruinas de monumentos olvidados: tumbas infinitas, columnas derruidas que en otro tiempo fueron templos, iglesias erosionadas por la eternidad y castillos lejanos de arquitecturas distintas completamente cubiertos de grietas y musgo, dando la sensación de que aquel lugar, de algún modo, no pertenecía a ninguna época.
Entre las flores, árboles titánicos se erguían como guardianes antiguos, con sus copas perdiéndose en el cielo gris.
El aire mismo parecía estar vivo, impregnado de un perfume denso e inhumano.
Kiru tembló, paralizado, mientras sus labios apenas lograban pronunciar:
—¿E-estoy muerto...?
Y aquella figura que antes le había susurrado desde las sombras finalmente se mostró.
Era él.
El reflejo maldito.
Idéntico a Kiru en sus facciones, pero su mera presencia era otra cosa: profunda, antigua e indomable.
Llevaba apenas un pantalón oscuro, pero el resto lo cubrían signos de algo antiguo y blasfemo.
De su oreja colgaban pendientes de cuchillas plateadas, tintineando con cada paso.
Antiguas cadenas rodeaban su cuello, muñecas y tobillos, junto con esposas de cuero azabache, como si alguna vez hubieran intentado contener lo incontenible.
Kael.
—Bueno... —dijo con una sonrisa amplia de dientes afilados y con los ojos entrecerrados—. Me encantaría decirte que no... pero la cruda realidad es que sí.
—Tú... —susurró Kiru, helado, negando con la cabeza, como si rechazara la verdad—. No... no puede ser... yo he muerto... ¿Qué hago aquí? ¿Por qué respiro? ¿Por qué siento?
Kael se desvaneció y apareció de inmediato a su espalda, tan cercano que Kiru sintió un aliento helado en la nuca.
—¿Sabes? Al principio estaba furioso por perder el control de mi cuerpo... —su voz arrastraba un deje extraño, como seda contaminada de veneno—. Pero luego, me dio curiosidad. Creí que me desvanecería, o que me perdería en la mente de un mocoso inmaduro como tú. Y, sin embargo... —chasqueó los dedos suavemente, como marcando un compás invisible—, lo vi todo. Lo sentí todo. Como un espectador silencioso, sentado en primera fila observando nuestras vidas.
—Mi vida —espetó Kiru, girándose a medias, con una dureza crispada en el rostro.
Kael soltó una carcajada seca, que resonó como hierro contra piedra.
—Recuerda a quién pertenece el cuerpo, criajo. Tú eres el bicho raro, el error en la ecuación—. Su voz se tornó grave, antes de recobrar su sonrisa torcida. Con una lentitud teatral, se dejó caer sobre una tumba sobresaliente, en medio de aquel mar de flores marchitas mientras las cadenas tintineaban como campanas fúnebres—. Pero debo admitir que fue entretenido. Observar cómo un alma virgen se arrastra, tropieza y aprende dentro del cuerpo de un dios fue… interesante.
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Editado: 08.08.2026