Portadores De La Llama I

CAPÍTULO 27

Al Borde Del Abismo

Varkhalem se mantenía igual de caótica que siempre: bestias envueltas en llamas desbocándose por las calles, campesinos con rostros endurecidos por el hambre y la ira, callejones tan estrechos y sombríos que parecían tragarse a cualquiera que se atreviera a entrar en ellos.

Pero esa vez había algo distinto que modificaba el paisaje.

Las nubes se disolvían poco a poco hacia el norte, empujadas por el viento, y el sol comenzaba a arrancar destellos de luz sobre los tejados puntiagudos de la ciudad, como si la oscuridad estuviera siendo arrastrada a la fuerza.

—¿Adónde vas? —preguntó Kaelis al darse la vuelta y ver a Rikhart intentando torpemente ponerse en pie.

El albino forcejeaba con la chaqueta con el brazo inmovilizado en escayola y el cuerpo cubierto de vendas.

—¿Tú qué crees? Voy tras él —respondió con brusquedad.

Kaelis lo observó un instante, y al ver lo inútil que resultaba su esfuerzo, se acercó sin decir nada para ayudarlo.

—Eh, ¡eh! No soy un discapacitado... puedo arreglármelas solo —protestó él, pero la voz le salió más débil de lo que hubiera querido.

Kaelis no replicó.

Con paciencia, deslizó la prenda sobre su hombro sano, acomodando las mangas y alisando el tejido con manos firmes pero con tacto delicado.

Su sonrisa era triste, casi maternal.

Rikhart se quedó quieto, dejando que el silencio lo envolviera, hasta que ella habló:

—Sé que no lo dijo en serio... —murmuró al terminar de colocarle la chaqueta, todavía a espaldas de él—. No quiero ni imaginar lo que estará pasando por su cabeza ahora mismo. Yo apenas la conocí comparado con él... y aun así, Erika se ganó mi afecto...

El albino bajó la mirada, con una expresión rara en su rostro, un peso que pocas veces dejaba ver.

—Yo... también siento lo mismo. Si hubiera sabido que esto pasaría... —empezó, pero la voz se le quebró y ya no pudo continuar.

Kaelis le apoyó suavemente la mano en la espalda.

Él permaneció quieto unos segundos, hasta que se apartó con un movimiento brusco y agarró su katana recostada contra la pared.

—La última vez le vino bien estar solo —dijo en voz baja, como intentando convencerse—. Cuando pasó lo de Saethar y Lucien. Pero ahora... Ahora no lo sé. Necesito comprobar que está bien.

Giró la cabeza hacia ella, con un destello de falsa energía en los ojos, y forzó una sonrisa.

—Haré que espabile, ¡ya lo verás! —exclamó con ímpetu impostado, antes de abrir la puerta y marcharse.

El eco de sus pasos desapareció en el pasillo, y Kaelis se quedó sola en aquella habitación teñida de silencio. Un silencio demasiado pesado.

Entrecruzó las manos sobre su regazo y se permitió cerrar los ojos un instante.

«No quería que esto terminara así... Yo solo quería detener a los demás Portadores, retrasar la guerra antes de que nos tragara a todos. Era mi responsabilidad».

Su mente se inundó de recuerdos: el primer encuentro con Kiru y Erika en aquella iglesia derruida, la risa de ambos resonando en el castillo de Varkhalem, los pequeños momentos de calma entre tanta tragedia.

«Soy una Portadora. Una inmortal. No debería sentir nada de esto... ¿Acaso es así cómo se sintió Cryssandra...? Justo antes de...»

Sus pensamientos se deshicieron al recordar a una figura femenina lamentandose de rodillas. Estaba envuelta en fuego violeta oscuro, cruzando su mente como una sombra.

«¿Qué habría hecho ella en esta situación?»

Kaelis abrió los ojos con determinación.

Se levantó despacio, tomó su vieja túnica marrón con capucha y caminó hasta la pequeña terraza.

Desde allí, la ciudad se extendía como un cadáver aún palpitante: chimeneas derramando humo, calles encharcadas, estructuras retorcidas que parecían resistirse al paso del tiempo.

—Se acabó —susurró con firmeza, casi como un juramento—. No volveré a mirar hacia otro lado mientras ellos arriesgan su vida... No volveré a esconderme para retrasar lo inevitable.

Con un gesto decidido, arrojó la túnica al aire. El viento la atrapó de inmediato, arrastrándola entre los edificios hasta perderla de vista. El atuendo que había simbolizado su huida, su anonimato, su prudencia, incluso su miedo, desaparecía al fin.

Kaelis apoyó la mano contra el marco de la ventana, mirando el horizonte iluminado por el sol que se abría paso entre las nubes. Sus labios se curvaron en una leve sonrisa amarga.

—Vaya, es curioso... Este egoísmo es más propio de ellos... —murmuró.

Por primera vez en siglos, Kaelis sintió que aquello no era una condena, sino un inicio.

✦ ✦ ✦

Poco tiempo después, en el extremo oeste de Varkhalem, Kiru permanecía sentado sobre una roca puntiaguda que sobresalía del precipicio. A sus pies se abría un vacío oscuro que descendía hacia las profundidades de la ciudad.

Abajo, donde alguna vez existieron las ruinas de Kharlem, solo quedaban llanuras negras, calcinadas hasta el hueso de la tierra.

Aun así, el sol que rompía las nubes le arrancaba un brillo inesperado al paisaje.

Aquella devastación ardiente, más allá, se fundía con las verdes praderas que aún sobrevivían en la lejanía. Un contraste cruel, pero hermoso.

Kiru apretaba entre sus manos la bufanda de Erika, el tejido ondeando bajo el viento como si aún conservara el calor de ella.

Su mirada estaba fija en el horizonte, perdida, como si buscara respuestas en un lugar demasiado lejano para alcanzarlas.

El nombre de Erika hizo que su memoria empezara a encenderse con recuerdos:

⟡ ⟡ ⟡

—Pero ahora... gracias a ti... empiezo a comprender algo. Aunque suene extraño, gracias Erika.

—Kiru... Ya sabes que no me gustan las promesas, pero... prométeme que atravesaremos el Muro. ¡Juntos!

—Te lo prometo, Erika.




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