Tras la Oscuridad, el Alba
El tiempo siguió su curso, y la noche comenzaba a desvanecerse en Varkhalem. El viento, antes feroz y gélido, había enmudecido bajo la noche.
Kiru, Rikhart y Kaelis descendían hacia las profundidades, en dirección a lo que antes se conocía como Kharlem.
Sobre la ciudad maldita se extendía un cielo despejado con una luna acompañada de un manto de estrellas; derramaba una luz radiante que bañaba las ruinas con una pureza engañosa, como si la propia noche intentara redimir aquello que llevaba tantos años condenado a la corrupción.
—¿Sabéis...? —murmuró Rikhart con una mirada nostálgica, mientras señalaba el pasaje estrecho por el que descendían—. Cuando era un renacuajo solía pasar los días en este lugar para jugar con mis hermanos.
Sus pasos resonaban al bajar la escalinata que conducía a una pequeña plaza redonda. Allí, una fuente seca se alzaba en el centro como un cadáver de piedra, rodeada por edificios de estilo victoriano, abandonados y carcomidos por el tiempo.
—¡Es verdad! —respondió Kiru, girando hacia él con un destello de sorpresa en sus ojos—. Me había olvidado completamente de que tú naciste aquí.
Rikhart bajó la mirada. Una sonrisa débil se dibujó en sus labios y sus ojos se empañaron con una sombra de melancolía.
—Sí. Hace unos años este lugar... era acogedor.
Y entonces, como una llama que prende en la oscuridad, los recuerdos comenzaron a arder en su mente.
⟡ ⟡ ⟡
Dos pequeños niños, ninguno mayor de ocho años, corrían alrededor de aquella fuente que entonces rebosaba agua cristalina.
El murmullo de la corriente se mezclaba con las carcajadas y gritos, bajo la atenta mirada de las altas casas que aún se alzaban imponentes y orgullosas como mansiones intocables.
Hoy solo quedaban sus cascarones deshechos, pero en aquella época el lugar vibraba con vida.
—¡Eh, Rikhart! ¡Eso es trampa! ¡No puedes luchar con dos espadas! —protestó un chiquillo de melena albina, vestido con ropas humildes, oscuras pero cuidadas. Blandía un palo como si fuera la espada más poderosa del mundo.
El pequeño Rikhart, con unos harapos oscuros y portando dos palos como si fueran katanas, estalló en pequeñas carcajadas.
—¡JA, JA, JA! ¡Vamos, Godrik! ¿Acaso tienes miedo de que tu hermanito pequeño te supere?
Godrik entrecerró los ojos, pero en vez de molestarse, sonrió con una seguridad pícara, mostrando todos sus dientes.
—No... Eso es imposible. Porque yo voy a ser el mejor cazador del mundo.
Y sin esperar respuesta, se lanzó contra Rikhart, descargando una lluvia de golpes con su improvisada espada.
Rikhart respondió con la misma energía, bloqueando uno tras otro con sus dos palos, riendo como si aquel duelo fuera la cosa más seria y divertida de sus vidas.
—¡Ja! —rio con fuerza, desviando la última embestida—. ¡Eso lo seré yo!
—¡BASTA YA, LOS DOS!
La voz femenina retumbó como un rayo, deteniendo en seco la pelea.
Los dos hermanos se quedaron congelados, clavando la vista en la figura que se había interpuesto.
Era una muchacha de unos quince años, con un cabello largo y rizado, de un blanco puro que brillaba bajo la luz del sol.
Vestía un sencillo vestido níveo, y en aquel momento parecía un ángel descendido de los cielos para imponer orden en medio de la disputa.
—¡Gwyndralyn! —gritaron los dos hermanos al unísono, con la inocencia chispeando en sus ojos.
La joven se llevó una mano al rostro y suspiró con fastidio.
—Siempre con la misma tontería de ser el mejor... —murmuró, alzando luego la vista con fastidio—. ¿Es que no sabéis que la mayoría de cazadores acaban muertos en sus misiones?
Los dos hermanos se quedaron quietos, sorprendidos por aquel arranque.
Luego Rikhart desvió la mirada hacia ella y sonrió con descaro.
—¡Bah! No si eres tan bueno que nada ni nadie pueda matarte.
Godrik, más serio, le dio un golpe seco en la cabeza con el palo que llevaba.
—¡AH! —protestó, frotándose la cabeza con una mueca exagerada.
—Es verdad... —dijo Godrik, avanzando hacia la joven con un aire confiado—. Pero no me importaría morir haciendo algo que me gusta. Además, nuestro destino es algo que está en manos de los dioses, ¿no?
Gwyndralyn los contemplaba con un brillo extraño en sus ojos grises: Godrik, firme y desafiante, con la mirada proyectada hacia un futuro imposible; Rikhart, siempre detrás de él, con una competitividad ardiente en la sonrisa, como si toda su realidad pudiera convertirse en un juego entre hermanos.
—¡Gwyndralyn!
Otra voz femenina, más adulta, resonó desde la imponente estructura que rodeaba la plaza. Era cálida, firme y llena de vida.
—Diles a tus hermanos que la comida ya está lista.
Los dos muchachos se miraron entre sí.
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Editado: 31.08.2026