El Día Del Sol Dorado
El sol reinaba con una intensidad casi divina. El cielo, limpio como un cristal recién pulido, reflejaba los destellos de los fuegos artificiales que estallaban sobre una ciudad que parecía brillar por sí misma.
Solarondo.
Sus infinitos edificios de mármol blanco y tejados dorados, resplandecían bajo el cielo despejado como si cada uno fuera un templo.
En el corazón de aquella colosal metrópolis se hallaba la construcción más majestuosa de todas. Un castillo tan vasto que parecía contener un mundo dentro de sí. Innumerables torres, cúpulas resplandecientes, escaleras que se perdían entre la luz. Aquel palacio no era solo una fortaleza: era un símbolo de grandeza.
Frente a la estructura, una multitud se congregaba. Nobles con túnicas bordadas en oro, caballeros con armaduras pulidas como espejos, y ciudadanos de todas las clases, todos esperando el inicio de un gran espectáculo bajo un elevado escenario. El aire vibraba con la música de una orquesta majestuosa y rítmica, casi como si aquel lugar fuera un concierto adelantado a su tiempo.
Entonces, un hombre vestido de negro, único contraste en aquel mar de luz, subió al escenario central. Su silueta elegante se recortaba contra el resplandor mientras tomaba un micrófono dorado.
—¡Que dé comienzo el Día del Sol Dorado! —proclamó.
Su voz resonó por todos los lugares de aquel inmenso lugar, fusionándose con el ruido de los fuegos artificiales y los vítores del público.
—Por desgracia —continuó—, este año no lo inaugurará nuestro gran Aldebrant. ¡Pero no os preocupéis, mi estimado público!
De pronto, las gigantescas y doradas cortinas que adornaban el fondo del escenario comenzaron a agitarse, como si un fuerte viento las estuviera moviendo. A su vez, una luz cegadora se filtraba a los pies de aquellas telas, haciéndose cada vez más intensa.
La música crecía.
El suelo temblaba.
El aire vibraba.
—Con todos ustedes… ¡el Heredero del Sol! ¡El prodigio de la familia Vandarion! ¡El futuro guardián de nuestro imperio dorado!
Finalmente, las cortinas salieron disparadas hacia el cielo, pero aún no se podía vislumbrar lo que había tras ellas. Entonces, justo cuando la música alcanzó su clímax… el presentador puso punto y final a su diálogo:
—¡¡¡DAD UN FUERTE APLAUSO A… ADEL VANDARION!!!
Un grandísimo impacto resonó en todo el lugar superponiendo a la música, a la multitud y al ruido de los fuegos artificiales.
Una persona había aterrizado desde el mismísimo cielo cortando toda la luz que antes no dejaba ver que se escondía en aquel escenario.
Allí estaba él.
Adel.
Con una rodilla y un puño posado en el suelo del escenario y el cabello oscuro azabache cubriéndole su rostro. Detrás suyo había decenas de bailarinas con trajes extravagantes de dorado, blanco y rojo.
El silencio se apoderó del público cuando Adel se incorporó lentamente. Su sombra se alargó bajo el resplandor del mediodía y finalmente, alzó su mirada con una expresión confiada, casi como si fuera un héroe de leyendas. Dejó entrever una sonrisa confiada y un brillo arrogante en sus dorados ojos mientras atrapaba al vuelo el micro que le había lanzado el presentador.
—¿Demasiada luz? —dijo con voz serena, mientras la multitud contenía el aliento—. Perdonad... a veces se me olvida apagar mi propio brillo.
Las respuestas fueron inmediatas.
Una ola de gritos, aplausos y vítores estalló en todo el escenario, haciendo temblar el aire. La orquesta rugió de nuevo en su momento más glorioso. Las bailarinas giraban como chispas humanas bajo una tormenta de luz, y el escenario se transformó en un mar de fuego dorado, humo aromático y destellos que se reflejaban sobre los rostros extasiados de la multitud.
—¡Eso es, así me gusta! —exclamó Adel, levantando el micrófono con una sonrisa encantadora mientras se movía con ritmo—. ¡Quiero escucharos más fuerte, Solarondo!
Llevó la otra mano a su oreja, inclinándose con fingido esfuerzo, como si quisiera oír aún más el rugido del público. Las ovaciones crecieron hasta hacerse ensordecedoras. Entonces, el joven dio un paso al frente, riéndose entre dientes y el espectáculo pareció girar a su alrededor.
Era un hombre de unos veintitantos, esbelto, pero con un cuerpo cincelado, vestido con un traje blanco de gala que combinaba la elegancia de un noble con la presencia imponente de un héroe. El conjunto estaba formado por una chaqueta blanca entallada de hombros marcados y filigranas doradas bordadas.
En su esbelto pecho portaba un símbolo de un sol dorado como si fuera una señal de un héroe. El cinturón, adornado con botones dorados y un emblema solar en el centro, hacía conjunto con una capa blanca a su espalda, ligera y fluida, hecha de un tejido tan fino que capturaba la luz y la devolvía en ondas.
Sus botas altas, del mismo blanco inmaculado, estaban reforzadas con placas doradas en los laterales. Su cabello negro, algo largo y descuidadamente perfecto, caía sobre un rostro de rasgos nobles y una sonrisa desarmante, la de un hombre que sabía exactamente el efecto que causaba.
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Editado: 22.09.2026