Parches en Velanthir
Barro. Hierbas que se enredaban en raíces negras. Árboles gigantescos, algunos muertos y otros rebosantes de vida. Una niebla espesa cubría todo el bosque, tiñéndolo de un aire lúgubre y opresivo.
Era, sin duda, el Bosque del Manto Gris.
El silencio era sepulcral, roto solo por el golpeteo frenético de unas pezuñas negras que surcaban la tierra húmeda.
A toda velocidad, aquella criatura zigzagueaba entre los troncos, esquivando cada obstáculo con una agilidad.
El aire cortaba su piel, el corazón rugía en su pecho, y su respiración se volvía un jadeo animal.
Estaba cazando. O tal vez, siendo cazada. Su instinto le gritaba que siguiera corriendo, pero el bosque parecía cerrarse sobre ella, cada rama, cada sombra… acechando.
Y entonces…
SSHRKAAATT
Todo se partió.
Su campo de visión se desgarró en dos mitades sangrientas antes de caer al suelo. Su cuerpo tembló una vez más, hasta que la oscuridad se tragó su conciencia. Pero antes de perderla por completo… vio una figura.
Un chico albino que sonreía con euforia, de uniforme oscuro, con una katana aún chorreante de sangre.
—Presa… aniquilada.
Rikhart guardó su katana con un giro elegante y seco. Su respiración era tranquila, casi decepcionada, como si acabar con aquel ciervo le hubiera parecido un simple trámite.
De entre la niebla, Kiru emergió caminando despacio, con la mano apoyada en la frente y los ojos cerrados en clara resignación.
—Vamos, Rikhart, esto es solo nuestro desayuno.
Una tercera voz se unió a la escena.
Kaelis apareció entre los árboles, con su habitual serenidad y una sonrisa cálida que contrastaba con la violencia recién desatada. Alzó un dedo como si corrigiera a un par de niños.
—Técnicamente también es una presa. Y nosotros la hemos cazado.
Rikhart ladeó la cabeza con una sonrisa maquiavélica, mientras Kiru soltaba un leve suspiro y lo miraba de reojo.
—Touche —murmuró.
Los tres conservaban casi la misma apariencia desde los sucesos de Varkhalem.
Kiru llevaba al cuello la bufanda roja de Erika, un trozo de recuerdo que el viento movía como una llama viva.
Rikhart, por su parte, había perdido una de sus katanas; su cuerpo aún estaba cubierto de vendas, sobre todo el brazo derecho, que estaba llena de estas tras la fractura que le causó Kaor.
Y Kaelis permanecía idéntica a días atrás… salvo por un detalle: esta vez no ocultaba su rostro bajo ningún trapo arcaico. Su expresión al descubierto parecía más humana, aunque sus ojos seguían siendo un reflejo del invierno.
Kiru encendió una hoguera con un suave chasquido de su llama negra, y el fuego danzó en tonos cálidos que iluminaron sus rostros.
El olor de la carne asada comenzó a llenar el aire húmedo del Bosque, hasta que los tres se sentaron en un círculo alrededor del fuego, rompiendo el silencio solo con el crepitar de las brasas.
Kaelis fue la última en comenzar a comer. Observó con calma cómo Kiru y Rikhart devoraban la carne con las manos, sin el más mínimo recato.
Con un suspiro casi maternal, extendió una mano y, al instante, de su palma nacieron cubiertos creados con un hielo puro.
—¿Queréis esto? —preguntó con una leve sonrisa, alzando un tenedor cristalino mientras pinchaba un trozo de carne sobre la fogata.
—¿Mmhh? —gruñó Rikhart, levantando la cabeza con la boca llena y gesticulando con su mano izquierda, abriéndola y cerrándola—. Etah herramientah eh mah praticah.
Kiru la miró también, con una costilla en la mano y las mejillas infladas de comida y se encogió de hombros con los ojos bien abiertos, como si fuera inocente.
Kaelis no pudo evitar reír. Una risa breve, contenida, tapándose la boca como si estuviera en una mesa real.
⟡
Tras un rato, el fuego chisporroteaba, y el aire mañanero comenzaba a enfriar los bordes del claro.
Kaelis se limpió los labios con una fina capa de escarcha que formó con un simple roce de dedos, mientras Kiru terminaba un último trozo de lomo. Rikhart yacía tumbado al lado, con la chaqueta abierta y una mano sobre el estómago.
—Buah… cómo echaba de menos ponerme hasta arriba de carne —dijo con un suspiro satisfecho, antes de mirar de reojo a Kiru, que seguía comiendo—. Oye, Kiru. ¿Qué le vamos a preguntar a la Oráculo esta vez? La última vez tuvimos que improvisar.
Kiru tragó su último bocado, se giró apenas hacia él, y su mirada brilló por un instante con un deje de ilusión.
—Fácil. Esta vez tenemos bastantes preguntas —respondió, con un tono más vivo—. Le preguntaremos dónde podemos conseguir aliados fuertes, cómo podríamos hacernos más poderosos, y quizás algo sobre las ruinas de este bosque, que aún me intrigan.
Su voz bajó un tono y su mirada se volvió más dura al recordar unos ojos anaranjados como el magma.
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Editado: 19.07.2026