Los Príncipes Del Sol
Horas antes de que Kiru y los demás llegaran a Velanthir...
En un bosque cubierto por una neblina espesa, dos jinetes avanzaban a toda velocidad entre los árboles. El sonido de los cascos golpeando la tierra húmeda se mezclaba con el murmullo del viento entre las ramas desnudas.
El primero de ellos, de porte heroico y figura esbelta, montaba un corcel blanco como el mármol. Su postura erguida, el cabello oscuro ondeando al viento y la determinación en su mirada lo hacían parecer una figura sacada de una leyenda solar.
Adel.
A su lado, otro jinete lo seguía con ritmo firme y calculado, montando un caballo azabache que contrastaba con el brillo del otro. Su presencia era más serena y más contenida, pero no menos imponente.
Eryndor.
Ambos lucían igual que el día en que dejaron Solarondo atrás, con esa elegancia innata que solo los Vandarion podían portar.
A su paso, los animales huían entre la maleza. El bosque parecía estremecerse con el galope de los caballos, mientras un grupo de caballeros con armaduras blancas y blasones de soles dorados trataban de seguirles el ritmo, jadeando bajo el peso del metal.
Adel soltó una risa breve, casi arrogante, mientras miraba atrás antes de voltearse hacia su hermano.
—No entiendo por qué padre nos ha obligado a que nos escolten estos hombres... —dijo, elevando la voz sobre el retumbar de los cascos—. Con nosotros dos bastaría de sobra.
Eryndor lo miró sin perder la compostura con su tono tranquilo como el filo de una espada limpia.
—Aldebrant es sabio, hermano. —Respondió sin dejar de mirar al frente—. Por muy autosuficientes que seamos, iremos a negociar con un reino que posee un buen ejército y quizá usuarios de Essentia notables. Somos demasiado valiosos para Solarondo como para arriesgarnos demasiado.
Adel bufó con evidente fastidio, rodando los ojos.
—Cada vez hablas más como padre —replicó con desdén—. Estos hombres solo servirán de estorbo, y lo sabes.
Eryndor ladeó el rostro con una sonrisa hacia Adel.
—Puede que tengas razón. —Su mirada se desvió hacia el espeso mar de árboles—. Pero no olvides que en este bosque tus poderes están limitados.
Adel alzó el mentón con orgullo, esbozando una sonrisa excesivamente confiada.
—¿Limitados, dices? Solo me bastaría con elevarme por encima de los árboles y estaría como nuevo. —Rio con un aire heroico mientras el viento le despeinaba su elegante cabello, antes de suavizar su tono—. Aunque reconozco que el Manto Gris me resulta... asfixiante.
Alzó la vista hacia los cielos cubiertos por los espesos árboles y grisáceas nubes.
—Solo espero que Brumport haya buen tiempo, para variar.
Tras unos minutos galopando sobre aquella tierra húmeda, el príncipe alzó la mano.
—Bien, muchachos, pararemos unos diez minutos. Dejad que los caballos respiren —anunció Adel, desmontando con una sonrisa resplandeciente.
El aire olía a musgo y madera mojada.
Los hombres exhalaron aliviados.
—¡Mu-muchísimas gracias, mi príncipe! —respondió el abanderado, enderezando la espalda mientras sostenía el estandarte con orgullo—. ¡Ya lo habéis oído, diez minutos y retomamos!
Los caballeros desmontaron entre murmullos y crujidos de armaduras.
Eryndor, algo apartado, se apoyó contra el tronco retorcido de un roble moribundo. Sus atentos ojos azules recorrían el bosque minuciosamente. En uno de los árboles frente a él, distinguió unas marcas profundas: tres surcos anchos y desiguales que habían rasgado la corteza como si fuera papel.
Pero antes de que pudiera teorizar algo, Adel se posó en el mismo árbol que él, viendo con una sonrisa piadosa al pelotón.
—Míralos... —dijo con tono divertido, observando a los soldados descansar—. Pareciera que podrían perderse ellos mismos en este bosque. Sin ellos ya estaríamos de vuelta en Solarondo disfrutando de unas copas, ¿no crees, hermano?
Eryndor ni siquiera giró la cabeza.
Adel, al percatarse de que estaba disperso, se puso entre él y el árbol de la marca, bloqueando su campo visual con una sonrisa descarada.
—Dime, Eryndor... —dijo mientras le daba un golpecito en el hombro con el dorso de la mano—. ¿Qué pasaría si ahora mismo apareciera un fuerte usuario de Essentia? ¿Crees que todos esos hombres armados hasta los dientes servirían de algo?
Eryndor le dio la espalda con un suspiro mientras ocultaba una sonrisa traicionera.
—Para eso estamos nosotros, hermano. Ellos nos guardarían las espaldas contra una emboscada, y nosotros los protegeríamos si alguien realmente peligroso apareciera.
Se acercó de nuevo al tronco y pasó los dedos por los surcos, midiendo su profundidad.
«¿Qué clase de animal pudo hacer algo así?»
Mientras tanto, Adel, que se quedó por unos segundos pensativos, se encogió de hombros cerrando los ojos con despreocupación.
—Sigo pensando que seríamos más eficientes solos.
Entre los caballeros, algunos bebían vino mientras otros masticaban pan tierno o mordían frutas frescas. Las armaduras tintineaban suavemente cada vez que alguno se movía.
Uno de ellos, tras apurar hasta la última gota de su cantimplora, exhaló con alivio y se acercó a su compañero, que devoraba una manzana de tono violáceo.
—Eh, Yugo, voy a mear. No os vayáis sin mí, ¿eh? —le dijo dándole un par de toques en el hombro.
—¿Quieres que te la sujete también? —bufó Yugo, apartándole la mano de un manotazo—. ¡Vamos, joder, no tardes! —añadió entre dientes, con una sonrisa irónica.
El soldado soltó una risita y se alejó dando zancadas torpes, balanceando la cabeza.
Poco a poco, el sonido del grupo se fue apagando tras él.
La niebla se espesaba entre los troncos, deslizándose como un velo húmedo. Aun así, aquella parte del bosque parecía curiosamente más despejada que el resto: el silencio era total, sin ningún rastro de cantos de pájaros.
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Editado: 19.07.2026