Portadores De La Llama I

CAPÍTULO 4 (L2)

El Diario De Ella

La noche era espesa en Velanthir.

Algunos mercaderes comenzaban a cerrar sus puertas tras el bullicio del día, mientras otros establecimientos apenas las abrían para recibir a los rezagados.

Las calles, húmedas por la llovizna reciente, respiraban un aire de piedra mojada y vino derramado. A lo lejos, se oían risas, pasos erráticos y el choque de algún barril rodando cuesta abajo.

Una figura solitaria caminaba entre la penumbra, guiada apenas por las farolas de aceite que colgaban de los viejos muros de piedra. El viento soplaba con un lamento que hacía bailar una tela roja que colgaba de su cuello.

Sus botas negras se detuvieron frente a un establecimiento lleno de vida.

Tras los muros gruesos se adivinaban risas, conversaciones y el sonido de copas chocando. Aun con las ventanas cerradas, la calidez del interior parecía filtrarse por las rendijas, como un recuerdo acogedor entre tanta oscuridad.

Un cartel de madera, envejecido y firme, pendía sobre la entrada.

“Taberna”

La figura que permanecía frente a aquel lugar era Kiru, que alzó la vista hacia el letrero y permaneció allí, inmóvil, mientras el viento le agitaba el cabello y la bufanda.

Su mirada se tornó melancólica, perdida entre las llamas de los recuerdos. Había calor detrás de aquellas paredes… y un vacío dentro de él que el ruido no podía llenar.

Una sonrisa fugaz, casi ausente, cruzó su rostro.

⟡ ⟡ ⟡

Unos minutos antes, poco después de despedirse de Naerah... Kiru, Rikhart y Kaelis caminaban por las calles de la ciudad.

El suelo empedrado reflejaba la luz temblorosa de las farolas, y un aire gélido rozaba los muros, arrastrando el olor a humedad del mar.

Kiru avanzaba en silencio, con la mirada perdida en la nada. Kaelis, a su lado, caminaba con los ojos bajos y los puños ligeramente cerrados. Rikhart, unos pasos detrás, los observaba con gesto serio.

—Bueno pues… —dijo al fin, rompiendo el silencio con un tono que intentaba ser animado—. Tendremos que aliarnos con los grandes reinos. ¿Me pregunto por dónde podríamos empezar?

Kaelis levantó apenas la mirada, con tono medido pero firme:

—Si… es una idea un tanto peligrosa —respondió, con el ceño levemente fruncido—. Pero si los humanos logran ejecutar su primer movimiento, podríamos ganar ventaja—. Hizo una pausa, mirando de reojo a Kiru, que seguía caminando con ausencia—. Aun así, debemos ser discretos al compartir información. Si descubrieran que somos parte de los Portadores de la Llama…

Su frase se cortó, como si el aire mismo hubiera pesado demasiado para terminarla.

Rikhart suspiró, adelantándose un poco hasta quedar frente a Kiru.

—Eh, Kiru… ¿Estás en tierra? —dijo agitando una mano frente a su rostro.

Kiru parpadeó, saliendo del trance. Lo miró con una sonrisa tenue, cansada pero sincera.

—Sí… lo estoy —murmuró con tono leve, casi para sí mismo—. Perdón… estaba un poco distraído.

Entonces los miró a los dos, con una mirada decidida pero que escondía un peso más profundo.

—Está bien, Kaelis tiene razón, es un plan arriesgado. Pero si nos sale bien, tendremos fuertes aliados.

Ella suavizó su gesto, dejando escapar un suspiro.

—Sí, así es. Ya sabéis que no podremos combatirlos solos. Pero si consiguiéramos aliados verdaderamente poderosos podríamos tener una oportunidad.

—¡Eso es! —interrumpió Rikhart, alzando su voz con entusiasmo contagioso—. ¡Y además seremos mucho más fuertes! ¡Para que esos Portadores no sean más que un chiste!

Desenvainó su katana con el brazo aún vendado, y un leve gemido de dolor escapó de su garganta pese a su intento de disimularlo.

Kaelis se acercó a él con calma.

—Tómatelo con calma, Rikhart —dijo, sujetándole el brazo con cuidado—. Aún tienes que recuperarte del todo.

Rikhart sonrió a medias, con una lágrima de dolor brillando en la comisura del ojo.

—Bah… No es nada —gruñó, intentando mantener el tono alegre—. Cuanto antes me recupere, antes podré seguir mejorando.

Kiru, que hasta ese momento ni siquiera se había girado hacia ellos, lo hizo al fin. Su sonrisa cálida era forzada, casi dolorosa.

—Perdonadme… —dijo con voz tranquila—. Seguid vosotros hasta el bosque. Os alcanzaré en un rato.

Los dos lo miraron con desconfianza y cierta preocupación.

Kiru notó sus miradas y exageró un gesto despreocupado, alzando una mano.

—¡Tranquilos! Estoy bien, en serio. Solo es que… recordé que aún tenía algo que hacer en Velanthir.

Rikhart levantó una ceja, pero enseguida pareció entender. Se giró, sujetó a Kaelis del cuello con su brazo sano y tiró de ella con un gesto exagerado.

—Vaaale, entendido, jefe. Te estaremos esperando a la entrada del bosque.




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