CAPÍTULO 5
La Anomalía En La Realidad
El cielo se extendía como una herida abierta.
Oscuro, inmenso, sin una sola estrella que lo redimiera.
Solo una luna roja y espesa colgaba sobre el mundo como un ojo vigilante.
A sus pies se alzaba un laberinto imposible: muros descomunales, pasadizos interminables y callejones que se retorcían sobre sí mismos, desafiando toda lógica humana.
Era un lugar muerto o quizá algo peor… un reflejo cruel de la realidad.
Al horizonte se extendían distintos edificios de distintas épocas; edificios góticos, renacentistas, incluso… estructuras contemporáneas.
Aquel oscuro lugar no pertenecía a ningún tiempo.
Y, en medio del laberinto, algo se movía.
Un muchacho.
Kiru.
Caminaba desnudo y encorvado, con la respiración entrecortada.
El agua turbia le llegaba hasta las rodillas; tenía un tono rojizo, aunque era imposible saber si por la luz de la luna o por algo que corría mezclado en ella.
Cada paso producía un eco lento y hueco, como si el propio laberinto respirara con él. Sus manos se apoyaban contra los muros húmedos. El sudor le perlaba la frente, deslizándose por su cuello hasta perderse en aquellas turbias aguas. Sus ojos estaban abiertos, pero ausentes, como si no recordara dónde estaba… ni quién era.
Durante un largo rato, solo se escuchó el chapoteo débil de su avance. Hasta que un zumbido lejano quebró el silencio.
Kiru se detuvo en seco.
Alzó la mirada y giró sobre sí mismo.
Nada.
Solo aquel pasillo interminable, empapado en un rojo que parecía moverse.
El zumbido persistió, ganando volumen, más agudo... más insoportable.
El Portador retrocedió un paso, pegando la espalda al muro. Su mano lo recorrió a tientas, buscando sostén.
Pero detrás de él… algo se agitó.
Cada ladrillo que rozaba su piel temblaba ligeramente, como si respondiera a su contacto.
Y entonces empezaron a cambiar.
Uno tras otro, los bloques de piedra se deformaron, hundiéndose hacia adentro hasta abrir huecos húmedos.
De ahí, ojos comenzaron a brotar. Cientos de ellos. Miradas sedientas, pulsantes, y vivas. Seguían a Kiru en silencio, reflejando su propia imagen distorsionada.
Entonces la voz llegó.
—Eres un error.
La frase resonó en todas direcciones a la vez.
Una voz serpenteante, carente de cuerpo, que vibraba en el aire como si el propio laberinto respirara.
Kiru apretó los dientes mientras el sudor frío comenzaba a recorrerle el rostro.
—¿Qui-quién… ? —murmuró con voz apenas audible.
—Eres una anomalía… Un desacierto en la realidad… No deberías existir…
El sonido no provenía de un punto concreto: salía de las paredes, del agua, del aire mismo.
Aquellos innumerables ojos parpadearon todos a la vez, como si la voz los hubiese alterado.
Kiru se paralizó con el sudor ahora perlando todo su cuerpo, goteando poco a poco en el agua carmesí que cubría sus piernas.
El agua bajo sus pies comenzó a agitarse. Ondas concéntricas lo rodearon.
Retrocedió, con la respiración desbocada y con el corazón golpeándole el pecho como un tambor. Cada latido parecía resonar en todo el laberinto.
El chico vio algo. Una luz rojiza. Pequeña al principio y temblorosa, apenas un reflejo en el fondo del pasadizo infinito. Pero, poco a poco, fue creciendo, delineando una figura que emergía de la distancia como si atravesara un velo líquido.
Las paredes del laberinto comenzaron a desplazarse, retrocediendo en direcciones anormales.
No era la figura la que se acercaba, era aquel extraño mundo el que se contraía hacia ella, arrastrando a Kiru con su geometría retorcida e ilógica.
—¿Qué…? ¿Qué está pasando…?
Intentó girarse, huir, pero algo le sujetó los tobillos con una fuerza antinatural.
Manos.
Cientos de manos de color sepia, emergiendo del agua turbia con dedos delgados y fríos como piedra mojada, que se enroscaron en sus piernas, inmovilizándolo.
El chico forcejeó, golpeando aquellas manos con desesperación. Su respiración se volvió aún más violenta a la vez que el pánico empezaba a secuestrar su cuerpo.
—¡No! ¡Suéltenme!
El chapoteo y los jadeos llenaban el túnel, mezclados con aquel zumbido que ahora era un rugido grave y constante, que hacía vibrar los huesos.
Y entonces, eso llegó.
La figura cruzó la distancia como un espectro, deteniéndose a un palmo de su rostro.
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Editado: 08.08.2026