Encuentro
Un sol radiante bañaba el Manto Gris. Un hecho casi insólito conociendo el habitual clima de aquel lugar. Los rayos descendían entre las copas de los árboles, rozando ruinas antiguas que la naturaleza había reclamado hacía siglos.
En un pequeño claro del bosque, un grupo de caballeros desmontaba de sus corceles, dejando que los cascos de los animales descansaran sobre la hierba húmeda. Las armaduras relucían tímidamente bajo el filtro irregular del follaje.
Adel bebía de una cantimplora metálica, dejando que unas gotas le resbalaran por la barbilla antes de limpiarlas con el dorso de la mano. Su capa blanca ondeaba con la brisa y una sonrisa relajada descansaba en su rostro.
A su lado, emergiendo entre las sombras de los árboles, apareció Eryndor. Su capa negra y deshilachada, raída en los bordes, se agitaba como un estandarte.
—¿Quieres un poco? —preguntó Adel, ofreciéndole la cantimplora.
Eryndor negó con la cabeza y tomó asiento sobre una roca cubierta de musgo. Su mirada, tranquila pero profunda, se perdió entre los árboles.
—Hermano... —murmuró sin mirarlo—. ¿De verdad crees que ganaríamos esta posible guerra? Ya sabes que conmigo no tienes por qué fingir.
Adel soltó una risa baja, ladeando la cabeza con una expresión de suficiencia.
—¿Crees que estaba actuando cuando hablé con padre? Vamos, Eryndor. Hasta yo sé cuándo estoy siendo dramático, y te aseguro —dio un leve golpe con los nudillos contra su pecho— que ese momento no lo era.
Eryndor entrecerró los ojos con el peso de los siglos pasados reflejado en ellos.
—Entiendo, pero... las Tierras Interiores no sufren una crisis así desde hace casi trescientos años. Y por si fuera poco solo tenemos experiencia combatiendo contra hombres o contra algunas criaturas no humanas, no contra... semidioses.
Los caballeros reacomodaban equipo a unos metros, el ambiente estaba cargado de cansancio.
Adel cruzó los brazos, observándolos fijamente.
—¿Crees que los hombres de hace trescientos años si tenían experiencia en ese tipo de guerras? Vamos, Eryndor. Ya sabes cuál fue el resultado.
Eryndor se levantó poco a poco con un ligero brillo de convicción en su mirada.
Adel sonrió, amplia y arrogantemente, como si ya viera el futuro escrito.
—Y nosotros no seremos menos. Cuando llegue el momento no quiero que te escondas detrás de números, historia o probabilidades. —Le dio un ligero empujón en el hombro—. Quiero ver a mi hermano luchando a mi lado.
Eryndor cerró los ojos con una expresión cansada.
—Tú siempre tan confiado...
—Bueno, alguien tiene que mantener alta la moral —replicó Adel, posando las manos en su marcada cintura—. Además, dudo que los hombres de hace tres siglos tuvieran a dos Vandarion prodigios luchando por ellos.
La luz, filtrada entre las hojas, cayó sobre su figura, como si el bosque aplaudiera su declaración.
Eryndor bajó la cabeza y sacó su cantimplora vacía, observándola con una sonrisa apagada, casi melancólica.
—Sí, bueno... también es cierto que seguramente no tenían a alguien que heredara la Técnica Milenaria del Sol Dorado —murmuró mientras comenzaba a caminar hacia los árboles con pasos silenciosos sobre la hojarasca.
Adel entrecerró los ojos, captando ese matiz extraño en su voz.
—¿A dónde vas, hermano?
Eryndor no se detuvo. Giró levemente la cabeza, mirándolo de reojo.
Alzó la cantimplora vacía y dijo, con un tono que sonaba a evasión más que a broma:
—De pronto, me dio algo de sed. —Alzó la voz para que lo escuchara—. Sé que hay un río cerca. Vuelvo enseguida.
Y se perdió entre la espesura con la sombra de los árboles tragando su figura.
Adel lo siguió con la mirada un instante, su expresión se suavizó a duras penas.
Entonces una voz temblorosa lo sobresaltó.
—Pe-perdone, mi príncipe —Un joven caballero se inclinó torpemente ante él—. Queríamos preguntar si... podría contarnos aquella batalla contra Rox, el Mata-Gigantes. Los chicos... eh... están deseando oírla.
Adel parpadeó, y la preocupación que quizá asomaba por su mirada desapareció bajo una sonrisa radiante.
—¿Contaros la experiencia de esa gloriosa batalla? —levantó una ceja, dejando caer un brazo sobre los hombros del soldado—. Por supuesto. No nos vendría mal un poco de historia para aprovechar este pequeño descanso —rio con satisfacción—. ¡Vamos, muchachos, preparaos para conocer cómo se recuerda un combate de verdad!
El grupo lo rodeó con expectación y Adel levantó una mano dramáticamente, como si fuera a invocar el sol mismo.
Risas, murmullos y admiración.
Mientras el bosque volvía a tragarse el silencio tras el paso de Eryndor.
El príncipe de cabellos dorados se inclinó sobre el río, llenando su cantimplora con movimientos lentos. El agua cristalina resbalaba entre sus dedos, reflejando destellos de luz sobre su rostro serio y perdido en pensamientos.
La corriente murmuraba, arrastrando hojas y pequeños pétalos río abajo, como si se llevara consigo preocupaciones y recuerdos enterrados.
La mente de Eryndor se hundió en esa corriente.
⟡ ⟡ ⟡
—¡Vamos, Eryndor! —exclamó Aldebrant, empuñando una espada de madera como si fuera acero real.
El patio real se extendía bajo un sol cálido, adoquines relucientes y árboles podados a la perfección.
Un pequeño Eryndor, de no más de ocho años, luchaba por ponerse en pie con el polvo pegado a su piel sudorosa.
—Aunque tu destino no sea ser el futuro monarca de Solarondo —continuó Aldebrant con voz firme como un juramento— sigues siendo un Vandarion.
El pequeño tenía un ojo cerrado por el esfuerzo mientras se levantaba apoyándose en su espada de entrenamiento y respirando de forma irregular.
—P-pero... yo no soy tan fuerte como tú...
Aldebrant miró aquellos azules ojos fijamente y, con dureza, luego suspiró mientras que poco a poco su mirada se iba suavizando.
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Editado: 31.08.2026