Portadores De La Llama I

CAPÍTULO 7 (L2)

Nieve Bajo El Sol

El aire vibraba.

No por el viento… sino por él.

Nadie podía articular palabra ante la abrumadora presencia de Adel Vandarion. Su mera energía distorsionaba el ambiente: las piedras temblaban, el polvo flotaba suspendido, y cada respiración se volvía más pesada.

Caminaba con paso firme hacia Rikhart y Kiru. Cada paso parecía aumentar la presión invisible que emanaba de su cuerpo.

—E-espera… por favor… —logró murmurar Kiru, con la voz quebrada. Sangre y sudor le resbalaban por la barbilla mientras trataba de mantenerse en pie—. Nosotros también… queremos acabar con los planes de los Portadores.

Adel se detuvo a apenas tres metros de ellos. Colocó ambas manos en la cintura, erguido como si estuviera enfrente a dos villanos atemorizados, y dejó escapar una carcajada franca, limpia, pero cargada de ironía.

—¡Hah hah hah hah! ¡Mira esto, hermano! —exclamó girando el rostro hacia él, mientras los señalaba con el pulgar por encima del hombro—. ¡Los mismísimos dioses intentando sabotearse entre ellos! ¡Esto sí que no me lo esperaba!

Su sonrisa se ensanchó.

Y entonces… desapareció.

Un parpadeo. Un destello.

Nada.

—¡¿Qué…?! —exclamaron Kiru y Rikhart al unísono, abriendo los ojos de par en par mientras se ponían en guardia.

Pero ya era tarde.

Adel reapareció justo frente a ellos, envuelto en un resplandor cegador. Sus puños trazaron dos arcos perfectos, impactando simultáneamente en los estómagos de ambos cazadores.

¡BBBWWOOOOMMM!

Una explosión de luz estalló en el punto de contacto, lanzándolos como proyectiles.

El suelo se agrietó bajo sus pies y un rugido sónico barrió el aire.

—¡¡Ughhh!! —los gritos ahogados de los dos se perdieron en la vibración lumínica.

El golpe había sido tan brutal que el aire mismo pareció fragmentarse.

Ambos cayeron a varios metros, arrastrándose por el suelo por la inercia mientras Adel se incorporaba con la misma calma de alguien que ajusta su traje tras una reunión.

—Sinceramente, me habéis decepcionado —dijo mientras caminaba hacia ellos con las manos en los bolsillos—. Pensé que los dioses tendrían al menos algo de orgullo. Pero veo que hasta ellos pueden llegar a sentir miedo.

Se detuvo frente a los dos cazadores, ahora arrodillados y jadeando.

Giró el hombro con un movimiento suave, haciendo crujir la articulación, y arqueó una ceja con su clásica sonrisa de superioridad.

—Aunque claro… —añadió con un brillo peligroso en la mirada—. ¡¡YO… no me trago vuestras mentiras!!

El aire volvió a vibrar. Su brazo se tensó con una energía cegadora se concentró en torno a su puño… y entonces avanzó.

¡¡BWOOMM–SHHRRK-KRAASHH!!

Una ola de fuerza arrasó el suelo.

Pero el impacto no llegó a su destino.

Un sonido cortante y cristalino, quebró la onda expansiva.

Una guadaña helada se interpuso entre el puño de Adel y los cazadores que se levantaban con dificultad. Cristales de escarcha volaron en todas direcciones, congelando el polvo en el aire.

Kiru alzó la vista, con el rostro cubierto de sangre y luz reflejada en sus ojos.

—Kaelis… —susurró con una sonrisa débil pero esperanzadora.

Frente a ellos, la figura de la Portadora se mantenía firme, con su guadaña atravesando el aire y con un leve destello azulado mientras que sus cabellos celestes ondeaban bajo el aura gélida que emanaba de su cuerpo.

Adel, aún en pie, frotó su muñeca con una mueca de sorpresa que se convirtió en una sonrisa fascinada.

—Vaya, vaya… ¿de qué está hecha esa guadaña? —preguntó con tono burlón, aunque su mirada denotaba auténtico interés.

Pero su sonrisa se borró en cuanto vio lo que surgía de entre los dedos de Kaelis al girar el arma.

Pequeñas llamas de un azul gélido, tan puras que el aire se helaba a su alrededor.

—¡Recomponeos! —ordenó Kaelis mientras se interponía entre el príncipe y los cazadores.

El fulgor que emanaba de sus manos heló aún más el aire a su alrededor y el suelo se cubrió por la escarcha que se extendía en círculos desde sus pies.

Desde la distancia, Eryndor apretó los dientes.

«¿O-otra Portadora?!» pensó, sintiendo el pulso de su energía.

El resplandor azul que brotaba de ella era distinto al de Kiru.

Era puro y afilado.

—¡Adel! ¡Esto es demasiado peligroso! ¡Debemos acabar con esto rápido! —gritó, con su voz rompiendo la tensión.

Adel levantó la vista con parsimonia, escuchando a Eryndor sin dejar de sonreír.

—Ya lo sé, hermanito… —murmuró, girando apenas el rostro hacia el sol que se filtraba entre las copas de los árboles.




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