Portadores De La Llama I

CAPÍTULO 8 (L2)

Eclipse Dorado

«¡¿Qué he hecho?!»

Su mente era un torbellino.

Los recuerdos se mezclaban con la imagen aún fresca del cuerpo de Adel cayendo al suelo.

«He traicionado su promesa... Me he traicionado a mí misma... No puedo perdonármelo... Pero, no podía morir. No todavía. Ellos... me esperaban.»

Durante un segundo, el rostro de Kiru y Rikhart cruzó por su mente, casi como un destello de calor en medio del frío que la devoraba.

«Aun así... no tengo derecho... ¿Por qué lo hice? ¿Por qué?»

¡¡ZHHRRAAA–BOOOMM!!

Una explosión devastadora rompió el aire.

Eryndor estaba de pie en el centro del claro, con su cuerpo irradiando destellos dorados y rojizos como una estrella contenida.

Poco antes lanzó una serie de chispas luminosas hacia Rikhart que intentaba estabilizarse.

Pero la detonación no la recibió el espadachín.

Cuando se disipó el polvo, Kiru permanecía en pie, delante de Rikhart, tambaleante, con el cuerpo cubierto de quemaduras, la ropa hecha jirones y la piel llena de heridas abiertas.

Su respiración se volvió irregular, pero su mirada era firme.

—¡KIRU! —gritó Rikhart, jadeando y acercándose a él.

Eryndor observó la escena, genuinamente sorprendido.

«¿Se ha... interpuesto? ¿Para proteger a un humano? ¿Por qué...?»

Rikhart lo sostuvo antes de que cayera.

—Eh... ¿estás bien? ¡Mírame, idiota!

—No... te preocupes, Rikhart... —jadeó—. Aún puedo...

Pero sus piernas cedieron.

Casi se desplomó, y Rikhart lo sostuvo antes del impacto, dejándolo sentado en un árbol junto al bosque.

—¡No! No puedes... ¡Déjamelo a mí, joder! —rugió, interponiéndose entre su amigo y el enemigo.

Kiru apretó los puños, furioso consigo mismo.

«¿Qué me pasa? ¿Por qué no puedo despertar mi núcleo? Si no lo hago... Rikhart va a...»

Frente a ellos, Eryndor relajó la postura.

Su mirada, antes llena de concentración experta, ahora era una mezcla de duda y juicio.

—Antes... dijisteis que ibais en contra de los vuestros —dijo con serenidad, como si buscara una razón para no exterminarlos allí mismo—. Explicaos ahora.

Rikhart parpadeó, incrédulo.

«¿A qué viene esto ahora?»

—¡¿Estás de farol o qué?! —gruñó, con la katana en alto.

Eryndor elevó una mano, con el pulgar y el índice listos para chasquear.

Su energía volvió a encenderse, ondulando a su alrededor como llamas contenidas.

—No os daré más tregua —sus ojos se estrecharon—. Os estoy dando una oportunidad para hablar.

Rikhart retrocedió medio paso, percibiendo la Essentia que emanaba de él.

—¡Espera! Yo... verás... —balbuceó, intentando explicarse torpemente.

Entonces, el aire se congeló.

Una brisa helada cruzó el campo de batalla, arrastrando consigo copos diminutos que brillaban como cristales.

Eryndor y Rikhart se giraron al mismo tiempo hacia la espesura.

De entre los árboles emergió una silueta tambaleante.

Su cuerpo estaba cubierto de escarcha y sangre seca. Su cabello celeste caía en mechones desordenados, y el vapor gélido que emanaba de su piel teñía el aire de neblina.

Kaelis.

Cada paso dejaba una huella helada sobre el suelo ennegrecido por las explosiones.

Rikhart fue el primero en reaccionar.

—¡Kaelis! ¡Lo has hecho! —gritó con una sonrisa enloquecida, alzando su puño hacia el cielo—. ¡Sabía que contigo nadie nos detendría! ¡JAJAJAJA!

Su risa resonó, desentonando con el aire denso y el silencio que siguió.

Kiru giró su cuerpo maltrecho con un hilo de alivio en los labios, apenas sosteniéndose en pie.

Pero Eryndor no compartía aquella reacción.

Su expresión se agravaba con cada segundo.

Un sudor frío comenzó a perlar su frente.

—Tú... —susurró con voz ronca, clavando los ojos en ella antes de elevar la voz—. ¡¿Qué has hecho con Adel?!

La pregunta cayó como un golpe.

No había gritos, no había ira abierta... solo la incredulidad de alguien que temía ya conocer la respuesta.

Kaelis alzó la mirada.

Su respiración agitada se entrecortó, y por un instante, el tiempo pareció detenerse entre ellos.

Sus ojos, de un azul opaco y húmedo, reflejaban pura tristeza.

Luego bajó la vista y contempló sus propias manos manchadas de sangre, con una culpa casi tangible en el temblor de sus dedos.

Eryndor desvió la mirada al suelo.

La sombra de sus cabellos dorados cubrió su rostro. Hasta que, lentamente, su expresión cambió. Su mandíbula se tensó, su ceño se frunció, y sus guantes de combate se cerraron en un puño.

—Ya veo...

El suelo vibró.

Una corriente invisible recorrió el claro.

Rikhart lo sintió antes que nadie: la presión aumentaba como si el aire se espesara, y una ráfaga abrasadora barrió las hojas del suelo.

Una Essentia inmensa comenzó a emanar del cuerpo del príncipe: dorada y roja, entrelazándose como dos llamas vivas. Vapores candentes ascendían en espirales, deformando el aire a su alrededor.

—Eh... ¿De qué vas? —balbuceó Rikhart, retrocediendo un paso—. ¡¿No dijiste que querías hablar?!

Eryndor lo miró con mirada asesina, como si lo que acabara de decir fuera una burla cruel.

—¿Como te atreves...? —Alzó la mano rápidamente, dejando ver el brillo de la tela de sus dedos.

Acto seguido, posicionó su mano para el chasquido.

Kiru, con una rodilla en el suelo, levantó la cabeza y sintió un presentimiento.

Su voz ronca estalló como un rugido desesperado:

—Rikhart... ¡VETE!

El espadachín tragó saliva.

Dio un paso hacia atrás... y luego otro, hasta que la amenaza le hizo girar.

Pero no llegó lejos.

¡CLICK!

Kaelis se impulsó hacia ellos con total velocidad, pero ya era tarde.

Eryndor había chasqueado los dedos y múltiples centellas salieron disparadas hacia el espadachín.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.