Portadores De La Llama I

CAPÍTULO 9 (L2)

La Luz Del Horizonte

Todo se volvía a repetir.

Un laberinto sin fin se extendía bajo un cielo umbrío, donde una luna carmesí lo observaba todo como un ojo inmenso y despiadado.

«¿Otra vez este lugar? No... no puede ser» pensó Kiru, jadeando y desorientado, mientras se incorporaba con esfuerzo.

El agua turbia que cubría el suelo le lamía las piernas, tibia y espesa como sangre diluida.

La gigantesca luna derramaba una luz más roja que nunca, bañando los muros con un resplandor infernal.

Las sombras temblaban y se alargaban como si aquel lugar respirara con él.

El cuerpo desnudo de Kiru temblaba, pero su mirada ardía de determinación.

—No... esta vez no... —murmuró con una mezcla de rabia y miedo.

Apoyó las manos en las rugosas piedras del muro y comenzó a trepar, decidido a alcanzar la cima.

Pero, a medida que ascendía, notó que las piedras se movían. Que vibraban bajo sus dedos.

Y de pronto, el muro cobró vida.

Miles de ojos se abrieron en la roca, húmedos y parpadeantes, observándolo desde todos los ángulos.

—¡Aaaahhh! —gritó, soltándose instintivamente.

Cayó de espaldas al agua con un chapoteo sordo, empapado de aquella cosa que apestaba a óxido y a podredumbre.

Se incorporó con torpeza, jadeando.

Todas esas miradas seguían fijas en él.

Ni uno pestañeaba.

Y entonces, lo oyó.

Este es tu lugar... —susurró una voz que sonaba como mil al mismo tiempo y en todas partes—. El lugar reservado para las anomalías de la existencia.

Kiru se quedó helado.

El eco de esa frase le atravesó el pecho como un cuchillo.

El líquido detrás de él comenzó a agitarse, a hervir, y algo emergió lentamente, desafiando toda lógica.

Aquella figura espectral se alzó del abismo rojo: cuatro brazos largos y delgados, piel podrida color sepia enfermiza, cuatro espejos flotando a su espalda y una máscara de porcelana agrietada.

Las cuencas vacías de la máscara sangraban oscuridad.

—No... tú otra vez... —susurró Kiru, retrocediendo mientras el "agua", empezaba a cubrirle la cintura.

Los brazos se movieron como serpientes y lo apresaron con una fuerza implacable.

Kiru forcejeó, gritando:

—¡Suéltame! ¡SUÉLTAME!

Pero la criatura no se inmutó.

Lo alzó en el aire, con el reflejo de la luna resbalando por su piel de carne muerta.

Acercó su rostro vacío al suyo, y habló con aquel eco demoníaco que parecía venir de todos los lugares del tiempo a la vez:

Ahora serás el espectador... de una vida que no te pertenece.

Kiru dejó de luchar.

Su respiración se quebró.

Porque entonces lo vio.

En las cuencas vacías de la máscara se reflejaba algo imposible de creer: su propio cuerpo, moviéndose, mirando a Kaelis mientras veía sus llamas negras emerger de sus propios brazos.

Era su cuerpo, su vista, pero esta vez no tenía el control.

Ahora ese control le pertenecía a Kael.

Y Kiru, suspendido en aquel infierno onírico, comprendió con terror que lo había perdido.

⊹ ⊹ ⊹

En la realidad, Kael permanecía erguido, abriendo y cerrando su puño ensangrentado con calma, escuchando el crujir de sus propios huesos envueltos en un leve resplandor oscuro mientras con la otra mano se arrancaba lentamente la bufanda que adornaba su cuello, dejándola ir con el viento que provocaba su presencia.

—Ah... —exhaló con deleite, inclinando el cuello con los brazos abiertos, dejando escapar una carcajada suave—. Qué bien se siente volver a respirar aire real.

Eryndor no esperó más.

Levantó la mano, apuntando con los dedos temblorosos hacia aquella figura oscura.

«Este es mi momento» pensó, sudando.

«Lo haré estallar en mil pedazos antes de que vuelva a moverse...»

Pero su decisión vaciló.

Algo lo estaba quebrando desde dentro.

Kaelis se hallaba a tan solo un metro de Kael, inmóvil, con los ojos desbordados de temor e incredulidad.

«¿Por qué...?» pensó Eryndor, apretando los dientes mientras el sudor le recorría la sien.

«¡¿Por qué estoy dudando ahora?!»

Entonces, Kael giró apenas su rostro.

Su mirada lo atravesó.

El príncipe se paralizó, sintiendo un frío que no había sentido jamás.

La mueca que curvó los labios del Portador Abismal era una daga bañada en oscuridad.

Eryndor retrocedió un paso sin darse cuenta.

Kael, en cambio, desvió su atención hacia Kaelis.

Avanzó un paso.

Luego otro.

Cada movimiento resquebrajaba los diminutos copos de nieve que los rodeaban.

Cuando quedó a un palmo de ella, inclinó el rostro, observándola con la curiosidad de un dios que contemplaba una flor antes de aplastarla.

—Jamás imaginé que serías la primera en caer ante mí —susurró, con una expresión lacerante junto a un hilo de sangre—. Siéntete halagada.

Un instante después, algo se quebró.

¡¡¡THRRAAAAAAMM!!!

Kael la tomó por los hombros con una brutalidad monstruosa y la estampó contra el suelo, levantando una onda expansiva que barrió polvo, piedras, hielo y sangre.

Se colocó sobre ella, inmovilizándola con una facilidad humillante.

La tierra se fracturaba bajo su presencia, y Kaelis, aturdida, apenas podía mover los labios. Sus ojos ya no expresaban temor, sino comprensión: entendía que resistirse en aquel estado contra él era inútil.

—¡KAELIS! —rugió Rikhart, lanzándose a correr hacia ellos.

Pero la presión se volvió impensable, como si una montaña entera cayera sobre su espalda.

Kael inclinó la cabeza hacia él, con sus pupilas blancas brillando con una intensidad sobrenatural.

—Vaya —dijo con fingida sorpresa—. Pero si es el espadachín.

Su sonrisa se amplió, con un deje de diversión.

—Ahora mismo estoy ocupado. Por favor... —le señaló con un dedo— espera tu turno.




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