El silencio que quedó en el laboratorio fue antinatural.
—Han desaparecido —dijo Bruja Carmesí, rompiendo la quietud.
—¿Y ahora qué sucederá? —preguntó Belladona, con la voz tensa.
Dark Sword avanzó un paso, su presencia llenó la sala.
—Ustedes morirán.
—¿Qué quieres decir? —replicó Águila de Plata.
—¿Acaso no es obvio? —intervino el Espantapájaros con una sonrisa torcida.
—Créanme, no es personal —añadió Annabelle—, pero no permitiremos que nos encierren.
El Comepecados alzó la voz, sereno.
—Un momento… ¿no han pensado que si nos matan jamás regresarán a la Tierra?
Dark Sword lo miró sin interés.
—Si hubiera otra opción, tal vez. Pero no la hay. Ataquen.
Los tres se lanzaron contra los héroes que aún permanecían en el laboratorio, pero antes de que el choque se produjera, Quimera se interpuso.
—Hazte a un lado, muñeca —gruñó Dark Sword.
—Lo siento, no puedo —respondió ella con firmeza—. Si quieren pasar, tendrán que derrotarme.
Dark Sword alzó su arma.
—Así que eso quieres… ataquen.
El golpe que estaba por caer fue detenido cuando El Comepecados se interpuso.
—Apártate —espetó Dark Sword—.
—No —respondió él—. Tú pelearás conmigo.
Pandora avanzó también.
—Yo lucharé.
—Pero Pandora… —intentó decir Belladona.
—Váyanse —ordenó ella—. Jack el Loco activó explosivos. Este lugar va a colapsar. Si no salen ahora, morirán aquí.
—¿Y ustedes? —preguntó Águila de Plata.
—No se preocupen —dijo El Comepecados—. Estaremos bien. Váyanse.
Bruja Carmesí apretó los dientes.
—Si no nos vamos, su sacrificio no servirá de nada. ¡Retirada!
Los héroes corrieron mientras la fortaleza comenzaba a estremecerse. Tras ellos, el estruendo crecía.
—Tú serás mi pareja de baile —dijo El Comepecados, encarando a Dark Sword.
—Insolente hasta el final —respondió él—. Te mataré.
—¿Y yo con quién? —preguntó el Espantapájaros.
—Conmigo —dijo Quimera—. He esperado este momento.
Pandora observó a Annabelle con desconfianza.
—No deberías subestimarme —dijo la muñeca.
Annabelle desapareció y reapareció detrás de Pandora, golpeándola por sorpresa.
—Rayos… —gruñó Pandora.
—Te lo advertí.
—De acuerdo —respondió Pandora, erguida—. No volveré a subestimarte.
Mientras tanto, los héroes huían por los corredores cuando soldados armados bloquearon su paso.
—Excelente —murmuró Bruja Carmesí—. Más obstáculos.
Desató su poder y una tormenta giratoria arrasó con los soldados. Hidrón avanzó después.
—Si sus armas explotan al disparar… aumentemos la presión.
Las armas estallaron en manos de los atacantes. Sobrevoltaje liberó descargas que inutilizaron el resto, mientras Banshee y Orador contenían la ofensiva.
Cuando parecía no haber salida, una llamarada roja cruzó el pasillo.
—Aliento de Dragón Rojo.
—No puede ser… —susurró Belladona.
—Estoy bien —dijo Ryuji, exhausto—. Solo… muy débil.
De vuelta en el laboratorio, los combates continuaban. Dark Sword y El Comepecados cruzaban espadas sin ceder terreno. Quimera resistía al Espantapájaros con una determinación feroz, negándose a caer. Pandora, rodeada por muñecas invocadas, reunió toda su energía espiritual.
—Tu poder es impresionante —admitió—, pero esto termina ahora.
Fue entonces cuando la fortaleza cedió.
Las explosiones lo consumieron todo.
Los héroes lograron escapar… excepto Pandora, El Comepecados y Quimera.
—¡No salieron! —gritó Belladona.
Águila de Plata la sostuvo.
—No… no creo que hayan muerto.
—Me temo que sí —dijo Razor con gravedad—. No percibo nada… solo oscuridad.
El pánico se apoderó de ellos.
—Tranquilos —dijo una voz burlona—. No es necesario desesperarse.
—¿Quién dijo eso? —preguntó Ryuji.
—Sus amigos viven… pero no están en este mundo.
—No juegues con nosotros —exigió Belladona.
—Si quieren respuestas —continuó la voz—, sigan el camino amarillo.
Ante ellos apareció un sendero brillante que los condujo hasta una isla envuelta en neblina, donde una cabaña los aguardaba.