Portadores del rencor

Prólogo: Los niños en las ruinas

El frío de la noche, afilado como un cuchillo, traía consigo el hedor espeso de la muerte; ceniza y una podredumbre poco sutil que hacía que el aire mismo doliera al respirar. Las ruinas de la fortaleza enemiga, antes imponente, ahora eran solo vestigios de piedra humeante y retorcida, donde la magia lloraba en silencio.

El coronel Haildann avanzaba penosamente entre los escombros. Su uniforme, desgarrado y empapado de sangre tan oscura que parecía absorber la poca luz lunar, se pegaba a sus heridas. El sabor metálico en su boca y el olor nauseabundo del aire eran recordatorios tempranos del monstruo de fuego maldito que acababan de derribar. A su lado, el hechicero de contratos Dein Reichmall jadeaba, su rostro pálido y marcado por la fatiga y el dolor posteriores al combate se tensaba con cada respiración. En su mano derecha, sostenía algo que, a primera vista, parecía una simple piedra. Pero ante la luz espectral que se filtraba entre las nubes de tormenta, el objeto reveló su verdadera naturaleza: un huevo de dragón.

—Dein, esto es una locura —gruñó Haildann, escupiendo un coágulo oscuro. El denso humo le quemaba la garganta—. No podemos quedárnoslo. Tenemos que entregarlo. Es… lo correcto.

Dein levantó una mirada firme, sus ojos verdes brillando con una determinación implacable que contrastaba con su agotamiento.

—Si lo entregamos a los superiores, todo lo que hemos luchado… todo será en vano, Haildann. Zakwell lo sabía. Sin los dragones, el equilibrio mágico se desmoronará, y esta tierra se pudrirá desde adentro. El daño ya está hecho. Este huevo… es la única esperanza que nos queda. Y es la única forma de proteger a tu hijo.

Las palabras, cargadas con el peso de la verdad y una urgencia terrible, parecieron congelar el aire entre ambos. Haildann no respondió de inmediato. Sabía que Dein no hablaba a la ligera; había visto toda la agonía que Zakwell había desatado, la Plaga Dracónica que se extendía como un cáncer, una pandemia sin igual. Y sabía, con un escalofrío que recorría su espina dorsal, lo que el general maldito le había hecho a su linaje, a su primogénito.

Entre los escombros, el cadáver de Zakwell Remain yacía grotescamente retorcido. Al morir, algo dentro de su cuerpo pareció brotar al aire: una maldad desconocida. Su rostro, congelado en una sonrisa macabra, parecía burlarse incluso en la muerte, un monumento a la retorcida victoria del rencor. Aún sus ojos parecían brillar con locura. Sin embargo, lo verdaderamente aterrador no era su fin, sino lo que había dejado atrás.

Una pared parcialmente derrumbada lucía símbolos escritos con sangre. La magia que se conjuraba con runas era rara, e igualmente poderosa. Cada trazo parecía vibrar con un odio tangible, una malevolencia tan pura que sentía que corroía el aire a su alrededor. Haildann instintivamente se tocó el cuello, donde minutos antes esas mismas marcas ardían en su piel, una maldición eterna sobre su sangre como castigo dado por el mundo por haber erradicado el corazón mismo de la maldad que Zakwell había intentado instaurar.

—El sello que usé sobre la maldición no durará para siempre —masculló Dein, observando la pared con expresión sombría. La luna plateada resaltaba la intensidad de los símbolos—. Zakwell vertió toda su voluntad de destrucción en ese último conjuro. Con el tiempo, mi sello se debilitará, y la impureza que ahora ensucia este país… lo consumirá. Sin los dragones el equilibrio no se puede mantener.

—¡Para! —La voz de Haildann era un rugido ahogado por la desesperación. Cerró los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en las palmas—. Lo sé... Nuestro juramento nos impide dejar estás tierras, no tengo más opción… ¡Maldita sea!

Dein asintió sin más que decir. Con movimientos rápidos y precisos, hundió la punta de su daga en la cáscara del huevo. Pero no para destruirlo.

La cáscara se quebró con un sonido agudo que se sintió demasiado fuerte en el silencio desolado, revelando destellos de escamas plateadas que parecían limpiar el aire viciado a su alrededor. Un chillido agudo y sorprendentemente vital rasgó la noche, seguido de un aliento tibio cargado con un mistisismo sobrenatural. Ante ellos, un dragón recién nacido —no más grande que un gato— se enroscó en las manos de Dein. Sus ojos dorados y penetrantes parecieron comprender demasiado para su corta existencia, posándose por un instante en los símbolos malditos antes de volver a mirar a Dein.

—Realmente es un Dragón de Ala Fastasmal, debe ser el último —susurró Dein, una leve y extraña sonrisa sombría dibujándose en su rostro—. Lo vincularemos a Russell. Con el tiempo, el sello cederá, y deberá aprender a controlar la maldición por su cuenta… con la ayuda de este dragón. Nadie debe saber su origen.

Haildann sintió un nudo formarse en su garganta, una mezcla de temor y una incipiente esperanza nacida en la desesperación. Pero antes de que pudiera protestar o preguntar más, el sonido seco de pasos resonó en un corredor cercano.

—¡Alister! ¡¿Dónde estás?! —la voz de un niño hizo eco entre los muros derrumbados.

—¿Quién…? —intentó articular, pero Dein ya recitaba el conjuro de teletransporte, su magia azulada envolviendo al pequeño dragón y sus cuerpos con una prisa febril. El mago resitaba con prisa, no debían ser vistos por nadie con el dragón. Era huir o matar a los testigos.

Mientras las llamas azules los envolvían, la mirada de Haildann se encontró con algo moviéndose entre los escombros, más allá del lugar donde yacía Zakwell. La figura de un niño.

El último pensamiento que lo desgarró antes de ser tragado por el hechizo no fue solo una pregunta, sino una agonía silenciosa:

¿Realmente estamos haciendo lo correcto?




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