Portadores del rencor

Capitulo 1: Errores cronometrados

—¿Estás completamente segura de esto? —preguntó una joven pelinegra, su voz temblando ligeramente. Sus manos se aferraban nerviosamente a las mangas de su suéter gris, como si buscaran algo sólido en medio de la incertidumbre—. Si nos descubren, estaremos perdidas, nuestros padres no nos dejarán volver a ver la luz del sol.

Su acompañante no respondió de inmediato. Sus ojos verdes, iluminados por la luz de la luna llena, se fijaron en la alta valla que rodeaba el jardín de la casa de su amigo. Respiró hondo, sintiendo el aire frío de la noche llenar sus pulmones. No estaba segura de nada, pero no podía permitirse dudar ahora.

—No te preocupes Teerla —dijo finalmente, con una confianza que no sentía del todo—. Será rápido. Apuesto a que en cuanto abramos su jaula, el dragón huirá. No querrá quedarse aquí. Además te dije que si algo salía mal me echarás la culpa a mi.

Teerla frunció el ceño, incómoda. Sabía que su mejor amiga, Devyáty, no estaba siendo completamente honesta. No se trataba solo de liberar al dragón; se trataba de Russell. Devyáty había estado hablando de esto durante semanas, obsesionada con la idea de que su amigo estaba siendo forzado a seguir los pasos de su padre, un coronel militar y antiguo jinete de dragones. Russell ya no era el mismo. Ya no salía con ellas, ya no reía como antes. Devyáty estaba convencida de que liberar al dragón lo liberaría a él también. Después de todo, ser jinete de uno de los últimos dragones en el país era una responsabilidad demasiado grande.

—No lo creo —replicó Teerla, elevando un poco la voz—. Ese dragón ya lleva aquí dos meses. Ya debe de sentirse como en casa.

—Cállate, Teerla —siseó Devyáty, lanzándole una mirada de advertencia—. Russell no quiere esto. Su padre lo está obligando a ser algo que no es. Es por su bien.

Teerla no respondió. Sabía que discutir con Devyáty era inútil cuando tenía esa mirada de determinación en los ojos. Aun así, no podía evitar sentir que estaban metiéndose en algo mucho más grande que ellas.

Con un ágil movimiento, Devyáty saltó la valla, cayendo suavemente sobre el césped húmedo. Teerla vaciló por un instante, sus piernas temblaban ligeramente, antes de imitar a su amiga con un poco de esfuerzo. A pesar de su lealtad, la energía impetuosa de Devyáty siempre la intimidaba un poco.

El silencio de la noche era casi absoluto, solo roto por el lejano ulular de un búho. Se movieron con cautela entre los arbustos, evitando las ventanas iluminadas de la casa. Finalmente, llegaron a una gran ventana con barrotes, sin vidrio, que daba a la habitación del dragón. A través de la misma, Teerla pudo ver la imponente figura del animal, acurrucado en un lecho de paja. A pesar de ser un ejemplar joven, su tamaño era comparable al de un caballo. El suave ronquido del dragón llenaba la habitación.

—Vigila —susurró Devyáty, con la voz apenas audible. Extendió una mano hacia los barrotes de la ventana, y una tenue llama comenzó a danzar entre sus dedos. El metal comenzó a brillar al rojo vivo.

—Rápido, Devy —murmuró Teerla, con la mirada danzando entre todas las direcciones desde dónde podía venir alguien—. No estoy segura de que el hechizo que usé para dormir a los vecinos funcione por mucho más tiempo.

—¿Qué? ¡Dijiste que era uno de tus mejores hechizos! —susurró Devyáty, sin apartar la vista de los barrotes que se derretían lentamente—. Concéntrate, Teerla.

—Recuerda que no soy una erudita en la magia como tú, deberías estar feliz de que pueda dormir a tantas personas —respondió Teerla en voz baja, sintiendo un nudo en el estómago. Devyáty suspiró; su amiga tendía a subestimarse sin motivo.

El calor del metal fundido y el ligero crepitar de las llamas despertaron al dragón. Sus párpados se abrieron lentamente, revelando unos ojos dorados y brillantes que se fijaron en las intrusas. Un gruñido bajo y profundo resonó en la habitación, haciendo eco en el silencio de la noche.

—¡Oh, miren quién despertó! —exclamó Devyáty con sarcasmo; un tono juguetón.

—¿Qué hacemos? —preguntó Teerla, con la voz temblorosa—. No creo que tenga ganas de salir a dar un paseo.

—¿Qué no es obvio? —respondió Devyáty con impaciencia—. Usa tu hechizo de teletransporte para sacarnos a las dos, junto con el dragón.

—¡¿Qué?! —exclamó Teerla, abriendo los ojos con sorpresa—. ¡Eso es imposible! ¿Tienes idea de lo difícil que es ese conjuro? Apenas puedo teletransportarme yo misma unos metros ¡Debiste decirme que ese era tu magnífico plan!

Devyáty suspiró, frustrada. Sabía que Teerla era tan poderosa como ella, pero su amiga simplemente no se esforzaba. Sacó un trozo de carne cruda de su suéter negro, ofreciéndoselo al dragón a través del espacio que dibujaban los barrotes derretidos.

—Vamos, amigo —dijo con una sonrisa forzada—. Seguro que quieres un poco de esto.

—¡Puaj! ¿Cómo es que traías eso encima? —Dijo Teerla, cubriéndose la cara con sus manos cubiertas por guantes de cuero blanco, en señal de asco .

—Guarda silencio, tu no lavas mi ropa.

El dragón, atraído por el irresistible aroma, se acercó a los barrotes y olisqueó la carne con avidez. Olvidando su desconfianza inicial, empujó la reja con su hocico, doblando el metal, aún caliente, y haciendo posible salir de su recinto por allí. Tropezó con Teerla en su camino, tirándola al suelo con un golpe sordo.

—Lo sabía —pensó Devyáty con una sonrisa de suficiencia mientras observaba al dragón devorar la carne—. Aunque sea un dragón, es aún muy joven.

El dragón levantó la vista hacia Devyáty, con restos de carne aún pegados a su hocico. Sus ojos dorados brillaban con una intensidad hambrienta, esperando más. Devyáty cambió su expresión de inmediato, volviéndose hacia Teerla, que se levantaba del suelo, sacudiéndose el polvo de la ropa.

—Duérmelo —ordenó Devyáty, con un tono impaciente.

—Está bien, lo haré —respondió Teerla, quién se levantaba del suelo y se sacudía el polvo, aunque su voz temblaba ligeramente. Extendió una mano y murmuró las palabras del conjuro. Una neblina con un leve tono morado comenzó a formarse a su alrededor, extendiéndose hacia el dragón. Sin embargo, el hechizo pareció no tener ningún efecto en la criatura. Un chispazo azul anuló el hechizo. El dragón parpadeó un par de veces, pero sus ojos permanecieron bien abiertos.




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